Muchos tenemos el deseo de controlar el presente y el futuro, y hacemos
todo lo posible para lograr esta meta.
Preparar bien los detalles de un viaje, ir a una revisión médica, hablar
con un experto de negocios para que nos ayude a invertir bien nuestro dinero,
evitar los peligros de un accidente o de un robo. Son actos que realizamos para
que no nos sorprenda un imprevisto, para que un mal paso no ponga nuestra vida,
débil, frágil, vulnerable, en situaciones que quisiéramos ver lo más lejos
posible de nuestro camino cotidiano.
Pero la vida nos sorprende.
Escapa y corre mucho más allá y más rápido que nuestras previsiones. Aquel
médico que nos dijo que todo estaba bien no pudo prever que al salir del
hospital caería sobre nosotros una garrapata de esas que provocan enfermedades
muy molestas. El psicólogo que certificó la salud emocional del hijo no había
sido capaz de descubrir lo que iba a iniciar cuando un grupo de amigos le
invitasen a aspirar un poco de hachís. El amigo que nos aseguró que este banco
era seguro al cien por cien no pudo imaginar que al ir a llevar nuestro dinero
a la sucursal nos iban a recibir no los cajeros, sino unos ladrones
‘profesionales’ y bien armados.
No se trata, desde luego,
de ver peligros en todas partes, ni de dejar de tomar precauciones para evitar
males que, con un poco de atención, podemos alejar de nuestras vidas. La
previsión y el análisis atento de la realidad son parte de la virtud de la
prudencia, esa virtud que los filósofos consideraban la reina de las virtudes,
pues todo lo demás depende de ella.
Pero también es parte de la
misma prudencia y del realismo de la vida el reconocer que hay una enorme
cantidad de eventos y de cosas que escapan a nuestro control. Como también es
realismo abandonar cualquier obsesión quisquillosa que nos paralice
precisamente porque queremos tener todos los hilos en la mano, todo bajo
control.
Hemos de reconocer esta
sencilla verdad: no podemos tener todo bajo control. La vida en la tierra, por
su misma naturaleza, nos lleva al riesgo y a la aventura, a lo imprevisible, a
lo inesperado. También, hay que decirlo, con sorpresas felices: aquella
enfermedad que para la medicina era incurable, de repente ha dejado de existir.
La falta de dinero en la familia se soluciona (a alguno le tiene que tocar) con
el premio de la lotería. Y un amigo nos avisa que están buscando un nuevo
empleado en esta empresa, precisamente dos días después de que nos dieron de
baja en nuestra oficina de trabajo.
Detrás de lo imprevisible,
detrás de las mil sorpresas de la vida, sigue la mano de Dios. Un Dios que es
Padre, que nos hizo, que nos llama, que arriesga mucho con cada vida humana. Un
Dios que me conoce y que me invita a la confianza. Aunque muchas cosas no
estén, según mi pobre punto de vista, bajo control.
Dios sabe por qué pasa lo
que pasa. A mí me pide poner lo que esté de mi parte para que todo salga de la
mejor manera posible, y confiar por completo en Dios para dejarle llevar
adelante el trayecto de mi vida.
La última palabra se
escribirá cuando el corazón se pare y llegue, irremediable, la muerte. Será una
palabra de amor y de esperanza, será un encuentro con un Dios que tenía “todo
bajo control”, discretamente, misteriosamente, con un amor que supera en mucho
todas las ilusiones humanas. FP
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