Meditación:
Contemplando la Semana Santa
Hoy comienza el
Triduo Sacro con la celebración de la Pascua, de la Última Cena, donde
Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal y nos recuerda
el mandamiento del amor con su ejemplo en el lavatorio de los pies. Es un
día para contemplar su amor infinito hecho servicio, hecho un pedazo de pan,
hecho presencia continua entre nosotros.
La Última cena
Después de la Cena se va a Getsemaní con sus discípulos. Ahí en la presencia de su Padre pasa la noche velando en oración para prepararse para la hora definitiva, para la cruz. Un momento para acompañar a Jesús y velar con él.
Texto
sobre la Última Cena:
1.
“Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”
(Jn 13, 1).
Estas
palabras, recogidas en el pasaje evangélico que se acaba de proclamar, subrayan
muy bien el clima del Jueves Santo. Nos permiten intuir los sentimientos que experimentó Cristo “la
noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23) y nos estimulan a participar
con intensa e íntima gratitud en el solemne rito que estamos
realizando.
Esta
tarde entramos en la Pascua de
Cristo, que constituye el momento dramático y conclusivo, durante mucho tiempo
preparado y esperado, de la existencia terrena del Verbo de Dios. Jesús vino a
nosotros no para ser servido, sino para servir, y tomó sobre sí los dramas y
las esperanzas de los hombres de todos los tiempos. Anticipando
místicamente el sacrificio de la cruz,
en el Cenáculo quiso quedarse con nosotros bajo las especies del pan y del
vino, y encomendó a los Apóstoles y a sus sucesores la misión y el poder de
perpetuar la memoria viva y eficaz del rito eucarístico. Por
consiguiente, esta celebración nos implica místicamente a todos y nos introduce
en el Triduo sacro, durante el cual también nosotros aprenderemos del único
“Maestro y Señor” a “tender las manos” para ir a donde nos llama el
cumplimiento de la voluntad del Padre celestial.
2.
“Haced esto en conmemoración mía” (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, que nos
compromete a repetir su gesto, Jesús concluye la institución del Sacramento
del altar. También al terminar el lavatorio de los pies, nos invita a
imitarlo: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros,
también lo hagáis vosotros” (Jn
13, 15).
De este modo establece una íntima correlación entre la Eucaristía, sacramento
del don de su sacrificio, y el mandamiento del amor, que nos
compromete a acoger y a servir a nuestros hermanos.
No
se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar
al prójimo.
Cada vez que participamos en la Eucaristía, también nosotros pronunciamos
nuestro ‘Amén’ ante el Cuerpo y la Sangre del Señor. Así nos comprometemos a
hacer lo que Cristo hizo, ‘lavar los pies’ de nuestros hermanos,
transformándonos en imagen concreta y transparente de Aquel que ‘se despojó de
su rango, y tomó la condición de esclavo’ (Flp 2, 7).
El amor es la
herencia más valiosa que él deja a los que llama a su seguimiento. Su amor,
compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad
entera. JP II
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