El
Bautista representa como pocos el esfuerzo de los hombres y mujeres de todos
los tiempos por purificarse, reorientar su existencia y comenzar una vida más
digna. Este es su mensaje: «Hagamos penitencia, volvamos al buen camino,
pongamos orden en nuestra vida». Esto es también lo que escuchamos más de una
vez en el fondo de la conciencia: «Tengo que cambiar, debo ser mejor, he de
actuar de manera más digna».
Esta
voluntad de purificación es noble e indispensable, pero no basta. Nos
esforzamos por corregir errores, tratamos de cumplir con nuestro deber con más
responsabilidad, intentamos hacer mejor las cosas, pero nada realmente nuevo se
despierta en nosotros, nada apasionante. Pronto el paso del tiempo nos devuelve
a la mediocridad de siempre. El mismo Bautista reconoce el límite de su
esfuerzo: «Yo os bautizo solo con agua; alguien más fuerte os bautizará con
Espíritu y fuego».
El
bautismo de Jesús encierra un mensaje nuevo que supera radicalmente al
Bautista. Los evangelistas han cuidado con esmero la escena. El cielo, que
permanecía cerrado e impenetrable, se abre para mostrar su secreto. Al abrirse,
no descarga la ira divina que anunciaba el Bautista, sino que regala el amor de
Dios, el Espíritu, que se posa pacíficamente sobre Jesús. Del cielo se escucha
una voz: «Tú eres mi Hijo amado».
El
mensaje es claro: con Cristo, el cielo ha quedado abierto; de Dios solo brota
amor y paz; podemos vivir con confianza. A pesar de nuestros errores y nuestra
mediocridad insoportable, también para nosotros «el cielo ha quedado abierto».
También nosotros podemos escuchar con Jesús la voz de Dios: «Tú eres para mí un
hijo amado, una hija amada». En adelante podemos afrontar la vida no como una
«historia sucia» que hemos de purificar constantemente, sino como el regalo de
la «dignidad de hijos de Dios», que hemos de cuidar con gozo y agradecimiento.
Para
quien vive de esta fe, la vida está llena de momentos de gracia: el nacimiento
de un hijo, el contacto con una persona buena, la experiencia de un amor
limpio... que ponen en nuestra vida una luz y un calor nuevos. De pronto nos
parece ver «el cielo abierto». Algo nuevo comienza en nosotros; nos sentimos
vivos; se despierta lo mejor que hay en nuestro corazón. Lo que tal vez
habíamos soñado secretamente se nos regala ahora de forma inesperada: un inicio
nuevo, una purificación diferente, un «bautismo de Espíritu». Detrás de esas
experiencias está Dios amándonos como Padre. Está su Amor y su Espíritu «dador
de vida». JAP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario