La
actitud correcta, sancionada por las Escrituras, es clara: la sociedad ha de
excluir a los leprosos de la convivencia. Es lo mejor para todos. Una postura
firme de exclusión y rechazo. Siempre habrá en la sociedad personas que sobran.
Jesús
se rebela ante esta situación. En cierta ocasión se le acerca un leproso avisando
seguramente a todos de su impureza. Jesús está solo. Tal vez los discípulos han
huido horrorizados. El leproso no pide «ser curado», sino «quedar limpio». Lo
que busca es verse liberado de la impureza y del rechazo social. Jesús queda
conmovido, extiende su mano, «toca» al leproso y le dice: «Quiero. Queda
limpio».
Jesús
no acepta una sociedad que excluye a leprosos e impuros. No admite el rechazo
social hacia los indeseables. Jesús toca al leproso para liberarlo de miedos,
prejuicios y tabúes. Lo limpia para decir a todos que Dios no excluye ni
castiga a nadie con la marginación. Es la sociedad la que, pensando solo en su
seguridad, levanta barreras y excluye de su seno a los indignos.
Hace
unos años pudimos escuchar todos la promesa que el responsable máximo del
Estado hacía a los ciudadanos: «Barreremos la calle de pequeños delincuentes».
Al parecer, en el interior de una sociedad limpia, compuesta por gentes de
bien, hay una «basura» que es necesario retirar para que no nos contamine. Una
basura, por cierto, no reciclable, pues la cárcel actual no está pensada para
rehabilitar a nadie, sino para castigar a los «malos» y defender a los
«buenos».
Qué
fácil es pensar en la «seguridad ciudadana» y olvidarnos del sufrimiento de
pequeños delincuentes, drogadictos, prostitutas, vagabundos y desarraigados.
Muchos de ellos no han conocido el calor de un hogar ni la seguridad de un
trabajo. Atrapados para siempre, ni saben ni pueden salir de su triste destino.
Y a nosotros, ciudadanos ejemplares, solo se nos ocurre barrerlos de nuestras
calles. Al parecer, todo muy correcto y muy «cristiano». Y también muy
contrario a Dios. JAP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario