El
hombre moderno comienza a experimentar la insatisfacción que produce en su
corazón el vacío interior, la trivialidad de lo cotidiano, la superficialidad
de nuestra sociedad, la incomunicación con el Misterio.
Son
bastantes los que, a veces de manera vaga y confusa, otras de manera clara y
palpable, sienten una decepción y un desencanto inconfesable frente a una
sociedad que despersonaliza a las personas, las vacía interiormente y las
incapacita para abrirse al Trascendente.
La
trayectoria seguida por la humanidad es fácil de describir: ha ido aprendiendo
a utilizar con una eficacia cada vez mayor el instrumento de su razón; ha ido
acumulando un número cada vez mayor de datos; ha sistematizado sus
conocimientos en ciencias cada vez más complejas; ha transformado las ciencias
en técnicas cada vez más poderosas para dominar el mundo y la vida.
Este
caminar apasionante a lo largo de los siglos tiene un riesgo. Inconscientemente
hemos terminado por creer que la razón nos llevará a la liberación total. No
aceptamos el Misterio. Y, sin embargo, el Misterio está presente en lo más
profundo de nuestra existencia.
El
ser humano quiere conocer y dominar todo. Pero no puede conocer y dominar ni su
origen ni su destino último. Y lo más racional sería reconocer que estamos
envueltos en algo que nos trasciende: hemos de movernos humildemente en un
horizonte de Misterio.
En
el mensaje de Jesús hay una invitación escandalosa para los oídos modernos: no
todo se reduce a la razón. El ser humano ha de aprender a vivir ante el
Misterio. Y el Misterio tiene un nombre: Dios, nuestro «Padre», que nos acoge y
nos llama a vivir como hermanos.
Quizá
nuestro mayor problema sea habernos incapacitado para orar y dialogar con un
Padre. Estamos huérfanos y no acertamos a entendernos como hermanos. También
hoy, en medio de nubes y oscuridad, se puede oír una voz que nos sigue
llamando: «Este es mi hijo... Escuchadlo». JAP
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