Cristo vino al
mundo, trabajó en Nazaret, predicó e hizo milagros, se entregó a la Pasión,
resucitó, y está sentado a la derecha del Padre.
Cristo sigue
presente, como Salvador, en su Iglesia. Es decir, está presente en cada bautizado,
en sus obispos y sacerdotes, en los esposos, en quienes reciben diversas
misiones.
Todos los
católicos estamos llamados a hacer presente a Cristo. Primero, entre nosotros
mismos: necesitamos descubrir al Señor en mis hermanos.
Segundo, para
los que han abandonado su fe o nunca creyeron: a través de la caridad, la
esperanza, la escucha, quizá también con alguna palabra oportuna y respetuosa.
Muchos hombres
y mujeres, quizá sin darse cuenta, buscan salvación, esperanza, horizontes que
den sentido a sus vidas.
Lo que buscan
solo podrán encontrarlo en Cristo. Y a Cristo lo descubrirán como don (la fe es
gracia), también a través de la vida de aquellos bautizados con los que entren
en contacto.
Por desgracia,
en ocasiones no testimoniamos a Cristo. Quizá porque nos hemos ajustado a la
mentalidad de este mundo. Quizá porque nuestra fe es débil. Quizá porque hemos
empañado la esperanza. Quizá porque nos falta amor.
Entonces,
tenemos que pedirle al Maestro que aumente nuestra fe, que sostenga nuestra
esperanza, que nos encienda con el fuego de su amor, que purifique nuestras
mentes para que pensemos desde la Verdad.
Entonces
viviremos, según la enseñanza de san Pablo, con Cristo escondidos en Dios (cf.
Col 3,4). Seremos luz y fuego en un mundo cubierto de tinieblas, porque vibrará
en nuestros corazones la presencia del Señor, vencedor del pecado y de la
muerte... FP
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