Leo
en el periódico que, en un reciente proceso de divorcio, el juez ha concedido a
la esposa la custodia de los perros de la familia, y al marido, el derecho a
visitarlos cada quince días para sacarlos a pasear por el parque.
No teman
mis sufridos lectores. No voy a burlarme del amor a los animales, que, como
todo el mundo sabe, es signo inequívoco de cultura y sensibilidad. A mí también
me gustan los pájaros, y tal vez cuando sea viejo pueda tener un animal de
compañía –un centollo por ejemplo– con el que compartir las largas veladas de
invierno.
Sin
embargo me inquieta esa progresiva identificación animalito/niño, que empieza a
alcanzar cotas grotescas en los civilizados cerebros de bastantes
contribuyentes.
Pase
que algunas ancianitas solitarias llamen mi pichurrín a su gato y le besen en
el hociquito todas las noches antes de acostarse. Pase que otras, o las mismas,
dejen al minino herencias de millones de libras esterlinas y que obliguen a un
albacea de la especie humana a rendir cuentas al afortunado felino. Pase que,
en determinados países, se publiquen enternecedoras esquelas cuando fallece el
perro, el loro o el pez espada de la familia, dejando un vacío irreparable en
el hogar. Pero, por favor, que no me metan a los jueces en esto. Bastantes
problemas tiene ya la Audiencia Nacional.
Ocurre
además que, a medida que los animalitos se nos van convirtiendo en personitas,
da la impresión de que hay quien empieza a tratar a los niños como a
entrañables animales domésticos. Es lógico: el acercamiento entre las especies
es recíproco. De tanto mimar bichos, uno ya ni distingue. Y nace el niño de
compañía, el bebé gatito, el pichurrín humano, que disfruta de todos los
privilegios de sus compañeros irracionales: campa a sus anchas como un pez
tropical, es objeto de mil caricias como si de un gato persa se tratara, y
engorda como una foquita monje.
Me
encantaría estar completamente equivocado, pero temo que cada día hay más
padres que piensan en sus hijos, más como objetos de disfrute que como
personas.
Ahora
que tanto se habla –y con razón– de los niños maltratados, no olvidemos que hay
formas de maltrato más sutiles que las palizas convencionales, pero igualmente
perniciosas para el cuerpo y el espíritu. ¿Hay peor atropello, por ejemplo, que
tratar a un niño como a un animalito de compañía?
Valga
como síntoma esa peligrosa manía posmoderna de dividir a los bebés en deseados
y no deseados. La terminología, que algunos aceptan como inocua, es simplemente
estúpida; pero debajo hay algo más macabro. Los niños no son cachivaches de
adorno ni de consumo; tampoco son ratones colorados. Por tanto, no se les
desea, se les ama. De ahí que quienes clasifican en serio a sus hijos de esa
extraña forma, deban ser catalogados como padres indeseables. (Bien sabe Dios
lo que me ha costado escribir esta frase).
Tan
peligrosa mentalidad ha creado un tipo de niño que cabría definir como ‘bebé
valium’. Me refiero a aquellas criaturas que vienen al mundo, o entran a formar
parte de una familia, sólo para resolver los problemas afectivos o las neurosis
de ansiedad de un miembro de la pareja (suponiendo que de una pareja se trate).
Son los nenes hiperapetecidos, histéricamente necesitados y conseguidos a
cualquier precio.
Todas
las patologías son respetables, pero a quien padezca un síndrome de este tipo
hay que recetarle con urgencia una muñeca repollo o un gato persa. Y que haga
experimentos con gaseosa, no con seres humanos.
Al
niño valium los psicólogos y pedagogos suelen llamarlo ‘superprotegido’.
¿Protegido, de qué? Se trata de niños realmente secuestrados. Al niño/valium no
se le educa, se le domestica. Se le guarda en un estuche envuelto en algodones
para que no sienta la tentación de rebelarse. Se le anestesia con la tele para
que no moleste (el niño es buenísimo; no nos da ninguna guerra). Se le conceden
todos los caprichos; se cuida de su salud hasta convertirlo en un hipocondríaco
como papá, y se le alimenta a la carta como a un gato caprichoso.
El
niño/valium, cuando se convierte en adulto, no se va de casa ni a rastras.
Víctima del síndrome de Estocolmo, suele convertirse en un egoísta incurable
que besa la mano de quien le alimenta y no se despega de ella ni con agua
caliente.
—
¿No se estará pasando un poco?
Me
temo que sí. Es más, quizá alguien se me haya enfadado por llevar demasiado
lejos la ironía. Pero es que me falta espacio para matizar. Y yo debería explicar
ahora en tres líneas que hay que enseñarles a sufrir, a luchar, a vencer,
esforzarse, a ser sinceros, a tratar a Dios, a trabajar, a ser generosos, a
pensar
Materias
estas que no figuran en los manuales para la cría del canario. EM
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