Bartolomé Buonpedoni, Beato
Presbítero, 12 de
Diciembre
Bartolomé Buonpedoni
de Mucchio nació en 1227 en el castillo feudal de los Condes de Mucchio, cerca
de San Gimignano, en la provincia de Siena. Desde joven se consagró al servicio
de Dios contra la clara oposición de su padre, que nunca toleró en su hijo este
género de vida. Bartolomé se trasladó a Pisa y fue durante un año huésped de los
benedictinos de San Vito.
Habiendo entrado en
la Orden Franciscana Seglar fue a Volterra, donde el Obispo quiso que fuera
sacerdote y lo destinó primero como capellán a Peccioli, luego como párroco en
Puchena. Atacado de lepra, se retiró al leprosorio de Celiole, cerca de San
Gimignano, donde vivió veinte años y mereció, por la paciencia demostrada en
soportar tanto tiempo el mal, el sobrenombre de Job de la Toscana.
Nunca se acaba de
admirar la maravillosa florescencia espiritual que brotó en el siglo XIII tras
la palabra y el ejemplo de San Francisco, madurada en la Primera Orden de los
Hermanos Menores, en la Segunda Orden de las Clarisas y
sobre todo en la Tercera Orden, querida por el Santo de Asís para los laicos y
casados, gracias a la cual la enseñanza franciscana penetró y renovó la vida
espiritual de la sociedad de la época, la vida civil y el tejido social.
A la Tercera Orden
de San Francisco pertenecieron personajes encumbrados en la historia como San
Luis IX rey de Francia, Santa Isabel de Hungría, San Fernando, rey de Castilla,
figuras excelsas en el arte y en la cultura, como Giotto, pintor, y Dante,
poeta.
¿Qué decir de tantos
que vivieron en un plano modesto pero no menos tenaz a la sombra de estas
grandes plantas? Terciarios como el Beato Luquesio y su mujer Buonadonna,
comerciantes de Poggibonsi; San Ivo de Bretaña, abogado de los pobres; Santa Margarita
de Cortona, pecadora y penitente; la Beata Humiliana dei Cerchi, asceta y sin
mancha. ¿Qué decir de figuras todavía más modestas y hasta pintorescas, como el
Beato Novelón, escrupuloso y devoto zapatero de Faenza; el Beato Pedro
Pettinaio, silencioso mercader sienés de los peines, y finalmente el Beato
Bartolomé Buonpedoni de Mucchio, cerca de San Gemignano?
Enviado como párroco
a Puchena, durante veinte años maravilló y conmovió al pueblo por su celo
excepcional, por la extraordinaria caridad para con los pobres. A los cincuenta
años enfermó de lepra, se retiró a un leprosorio, donde se distinguió por su
paciencia en la desgracia, o más bien se podría decir serenidad, felicidad y perfecta
alegría, lograda en la dura tribulación.
Murió a los 73 años en
1300, sepultado en San Gemignano en la bella iglesia de
San Agustín, Bartolomé Buonpedoni de San Gemignano sembró en el mundo, no los
gérmenes de su enfermedad, sino el gozo y la serenidad de su alma franciscana.
San Pio X aprobó su culto
el 27 de abril de 1910.
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