El
combate cristiano
La
vida espiritual del cristiano no es pacífica, lineal y sin desafíos, al
contrario, la vida cristiana exige un continuo combate: el combate cristiano
para conservar la fe, para enriquecer los dones de la fe en nosotros. Un famoso
dicho atribuido a Abba Antonio, el primer gran padre del monacato, dice así:
“Quita la tentación y nadie se salvará”. Los santos no son hombres que se han
librado de la tentación, sino personas bien conscientes de que en la vida
aparecen repetidamente las seducciones del mal, que hay que desenmascarar y
rechazar.
Todos
nosotros tenemos experiencia de esto, todos: que te sale un mal pensamiento,
que te vienen ganas de hacer esto o de hablar mal del otro… Todos, todos
tenemos tentaciones, y tenemos que luchar para no caer en esas tentaciones. Si
alguno de ustedes no tiene tentaciones, que lo diga, ¡porque sería algo
extraordinario! Todos tenemos tentaciones, y todos tenemos que aprender a
comportarnos en esas situaciones.
El
examen de conciencia
Pero
ninguno de nosotros está bien; si alguien se siente que está bien, está
soñando; cada uno de nosotros tiene tantas cosas que arreglar, y también tiene
que vigilar. Y a veces sucede que vamos al Sacramento de la Reconciliación y
decimos, con sinceridad: “Padre, no me acuerdo, no sé si tengo pecados…”. Pero
eso es falta de conocimiento de lo que pasa en el corazón. Todos somos
pecadores, todos. Y un poco de examen de conciencia, una pequeña introspección
nos hará bien.
El
examen de conciencia es una práctica espiritual que nos ayuda a reconocer
nuestros pecados, nuestras faltas de amor a Dios y al prójimo, nuestras
debilidades y nuestras heridas. Es un momento de verdad, de humildad, de
arrepentimiento y de confianza. Es un momento de gracia, en el que podemos
experimentar el perdón y la misericordia de Dios, que nos ama
incondicionalmente y nos quiere sanar y renovar.
La
confianza en Dios
De
lo contrario, corremos el riesgo de vivir en tinieblas, porque ya nos hemos
acostumbrados a la oscuridad, y ya no sabemos distinguir el bien del mal. Isaac
de Nínive decía que, en la Iglesia, el que conoce sus pecados y los llora es
más grande que el que resucita a un muerto. Todos debemos pedir a Dios la
gracia de reconocernos pobres pecadores, necesitados de conversión, conservando
en el corazón la confianza de que ningún pecado es demasiado grande para la
infinita misericordia de Dios Padre.
La
confianza en Dios es la actitud fundamental del cristiano, que sabe que no está
solo en el combate espiritual, sino que cuenta con la ayuda y la protección de
Dios, que es más fuerte que cualquier enemigo. La confianza en Dios nos lleva a
abandonarnos en sus manos, a seguir su voluntad, a cumplir sus mandamientos, a
orar con fe y a esperar con paciencia sus promesas. La confianza en Dios nos
hace vivir con alegría y paz, sabiendo que él está con nosotros y que nos ama.
La
lucha contra el mal
Esta
es la lección inaugural que nos da Jesús. Recordemos que siempre estamos
divididos y luchamos entre extremos opuestos: el orgullo desafía a la humildad;
el odio se opone a la caridad; la tristeza impide la verdadera alegría del
Espíritu; el endurecimiento del corazón rechaza la misericordia. Los cristianos
caminamos constantemente sobre estas crestas.
La
lucha contra el mal es una realidad que nos acompaña a lo largo de nuestra
vida. El mal no es una abstracción, sino una persona: el diablo, el enemigo de
Dios y de los hombres, que busca apartarnos de Dios y de su plan de salvación.
El diablo nos tienta, nos engaña, nos acusa, nos desanima, nos divide, nos hace
caer en el pecado y en la muerte. Pero el diablo no es invencible, sino que ha
sido vencido por Cristo en la cruz y en la resurrección. Por eso, tenemos que
resistir al diablo, con la fuerza de la fe, de la esperanza y de la caridad,
con la ayuda de la gracia, de los sacramentos, de la oración, de la Palabra de
Dios, de la Iglesia, de los ángeles y de los santos.
El
camino de las virtudes
Por
eso es importante reflexionar sobre los vicios y las virtudes: nos ayuda a
superar la cultura nihilista en la que los contornos entre el bien y el mal
permanecen borrosos y, al mismo tiempo, nos recuerda que el ser humano, a
diferencia de cualquier otra criatura, siempre puede trascenderse a sí mismo,
abriéndose a Dios y caminando hacia la santidad.
El
camino de las virtudes es el camino de la perfección cristiana, que consiste en
imitar a Cristo, el modelo de toda virtud. Las virtudes son hábitos buenos que
nos hacen actuar conforme a la razón iluminada por la fe, y que nos orientan
hacia el bien supremo, que es Dios. Las virtudes se clasifican en teologales
(fe, esperanza y caridad) y cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y
templanza), y de ellas se derivan otras virtudes morales y espirituales. Las
virtudes se adquieren con la repetición de actos buenos, con la ayuda de la
gracia y con la oración.
El
florecer del Espíritu
El
combate espiritual, entonces, nos conduce a mirar desde cerca aquellos vicios
que nos encadenan y a caminar, con la gracia de Dios, hacia aquellas virtudes
que pueden florecer en nosotros, llevando la primavera del Espíritu a nuestra
vida.
El
florecer del Espíritu es el fruto de la acción de Dios en nosotros, que nos
transforma y nos hace partícipes de su vida divina. El Espíritu Santo es el don
de Dios que nos da la vida nueva, que nos hace hijos de Dios, que nos une a Cristo,
que nos hace templos de Dios, que nos guía a la verdad, que nos consuela, que
nos fortalece, que nos santifica, que nos da sus dones y sus carismas, que nos
hace testigos de Cristo, que nos hace miembros de la Iglesia, que nos hace
orar, que nos hace amar. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y el
principio de la comunión de los santos.
¿Cómo
puedo aplicar esto a mi vida diaria?
Para
aplicar lo que has leído en tu vida diaria, te sugiero que sigas estos pasos:
*
Haz un examen de conciencia cada día, reconociendo tus pecados y pidiendo
perdón a
Dios.
*
Practica las virtudes opuestas a tus vicios, con la ayuda de la gracia y la
oración.
*
Resiste a las tentaciones del diablo, con la fuerza de la fe, de la esperanza y
de la caridad.
*
Confía en Dios y abandónate en sus manos, siguiendo su voluntad y cumpliendo
sus mandamientos.
*
Participa en los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, que son
fuentes de sanación y de comunión con Dios y con la Iglesia.
*
Vive con alegría y paz, sabiendo que Dios está contigo y que te ama.
*
Prepárate para celebrar la Pascua, renovando tu compromiso bautismal y tu
adhesión a Cristo resucitado. Cn
No hay comentarios.:
Publicar un comentario