sábado, 8 de marzo de 2025

La Oración de Jesús en el Huerto…

Lectura: Lc 22,39b-46
Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: «Oren, para no caer en la tentación». Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: «¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».
Meditación:
En el Huerto de los Olivos, nuestro Señor nos enseña la especial importancia que tiene la oración, ya que le dedica un tiempo importante, justo antes de entregar su vida por nosotros. Así, nos enseña que la oración se relaciona con la tentación, con la voluntad de Dios y con el sufrimiento.
En primer lugar, Jesús les enseña a los apóstoles que para no caer en la tentación, es necesario orar a Dios. En la oración el alma encuentra la fuerza que necesita para cumplir la voluntad de Dios que, muchas veces, no nos resulta para nada fácil.
La oración, a su vez, se relaciona con la voluntad divina, ya que en ella la descubrimos. Al dialogar con Dios, el creyente aprende que puede pedir con confianza lo que cree que le hace mejor, pero subordinando siempre su querer al querer de Dios, que es más sabio y bondadoso que nosotros.
Finalmente, en el sufrimiento, la oración es un gran consuelo. Así como necesitamos de la compañía de nuestros seres queridos en los momentos difíciles, más necesitamos de Dios. Por esto, orar y acercarnos más a Dios cuando nos visita el dolor, nos hace crecer en la vida espiritual.
                  ¿Lucho contra mis pecados rezando cada vez más y mejor?
                  ¿Pido a Dios conocer y amar su divina voluntad?
                  ¿Me acerco a Dios en el sufrimiento, confiando en que sus caminos, aunque no siempre claros para nosotros, son los mejores?
Oración:
Recemos lenta y profundamente: “Padre nuestro…”
Contemplación:
Repetimos en nuestro corazón: “No se haga mi voluntad sino la tuya”.
Acción:
Ofrecer a Dios mis sufrimientos, para que Él me ayude a llevarlos por la salvación propia y de los demás.

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