Una
de las paradojas de nuestro tiempo es el papel de la mujer. Por una parte son
evidentes los signos que revelan su creciente importancia, hasta el extremo de
que no resulta exagerado hablar, como hace Claire Lesegrétain, de una
feminización de nuestra sociedad, con la generalización de valores –la ternura,
por ejemplo- impropiamente considerados como exclusivamente femeninos.
Pero
al lado de estos signos de reequilibrio, permanecen, incluso se ahondan,
factores objetivos de minusvaloración social y política de la mujer.
Pero
empecemos por reconocer lo obvio. La mujer es, de los dos componentes de la
especie, la más decisiva. Sobre ella recae en cualquier situación histórica y
de civilización la tarea humana por excelencia de generar y dar sentido a la
vida, bajo varias aportaciones personales de valor social.
La
primera, la única exclusiva de ella, es la maternidad: es decir, la capacidad
para dar continuidad a la humanidad. Este es un hecho de una elementalidad
abrumadora, pero socialmente subvalorado. La maternidad es una opción libre de
realización personal de la mujer, que posee consecuencias sociales
determinantes. Si renuncia parcialmente a esta función el estado del bienestar
será imposible.
Pero
el papel de madre, y a diferencia de otros periodos históricos, es contemplado
con displicencia cuando no como una molestia laboral. ¿Cuántas mujeres ven
interrumpida su labor profesional por presiones de la empresa? ¿Qué sistema ha
construido nuestra sociedad para que la mujer pueda ser madre y, a la vez,
igual al hombre en dignidad, derechos y deberes profesionales?
De
hecho bastaría con que la necesaria redistribución del trabajo se iniciara por
la introducción de la jornada reducida de 34 horas semanales, aplicada a las
madres, sin merma del salario y con disminución de las cargas sociales para las
empresas, y al tiempo se generalizaran las guarderías gratuitas en cómputos
horarios semejantes, para cambiar radicalmente, la situación. También por el
simple hecho de ser madre, aunque no trabaje fuera de casa, debería percibir un
salario social adecuado.
La
segunda capacidad de la mujer se relaciona con la transmisión de los
conocimientos básicos para alcanzar el sentido de la vida: la educación de los
hijos, sobre todo, entre el nacimiento y los tres o cuatro primeros años.
La
ciencia nos ha enseñado que es precisamente durante el periodo inicial –previo
a la escolarización obligatoria- cuando se producen los fenómenos de
aprendizaje más importantes. Buena parte del futuro de la persona se juega en
estos pocos años.
La
inteligencia emocional, la que realmente nos será más necesaria, así como el
‘athos’, el carácter, o si se quiere en términos más actuales, la personalidad,
va a quedar ‘marcada’ por la educación recibida en los primeros años de vida.
Educar no es una ocupación exclusiva de la madre, pero sí es ella quien al
principio se encuentra en la posición de máximo acceso, y posee las mejores
condiciones innatas para ejercer el papel clave.
Pero
una vez más la sociedad no valora a la mujer como educadora de sus hijos, ni
tampoco le facilita la preparación que le permitiría exceder en los resultados (y al padre alcanzar lo que sus menores
capacidades le permiten).
¿Por
qué gastan los gobiernos cientos de millones de euros en enseñanza y ni uno en
ayudar a la mujer para que pueda cumplir su función educadora en el período
inicial de vida de su hijo que, precisamente, determinará todo el rendimiento
posterior? Es absurdo y económicamente desastroso.
La
tercera capacidad sobre la vida es su papel como eje de la familia. Es ella
quien determina el éxito o fracaso, en la medida en que los lazos familiares
están fundamentados en la gratuidad del amor y el reconocimiento del otro.
La
gratuidad, uno de los valores esenciales para vivir, es esencialmente femenino
porqué precisa de un interior fuerte, resistente y valeroso.
Los
hombres tendemos con facilidad al egoísmo porque expresamos nuestra debilidad
interior. Ello es así porque la mujer para desarrollar su papel central en la
transmisión de la vida y de su sentido debe poseer más y mejores mecanismos
intelectuales y psicológicos.
Sin
mujer que asuma la centralidad, la familia lo tiene difícil. Y sin familia no
es posible la cohesión y la paz social. Los datos son abrumadores y los
estudios comparativos ponen de relieve que el colchón social que atenúa los
problemas sociales, como el paro, la delincuencia o la drogadicción es la
existencia de familias bien constituidas.
Y
si todo ello es así ¿por qué la mujer que se dedica a su familia no percibe una
compensación, un verdadero salario social? ¿Por qué no es legalmente y
automáticamente titular de una parte de los ingresos que percibe el marido?
La
mujer es más importante para nuestro futuro como nación que el estado del
bienestar, la enseñanza o nuestra especificidad como pueblo, porque de su papel
depende que todas estas cosas funcionen bien, o se degraden y desaparezcan.
La
mujer debe poder trabajar, desempeñar el liderazgo político que todos
necesitamos, ser madre, educar a sus hijos, conducir una familia, como opciones
libres de realización personal, de trascendencia social. Esto es lo mejor para
todos y para todo.
Por
tanto las normas sociales han de crear las condiciones que lo hagan posible, y
finalizar esa discriminación que considera a la mujer que trabaja duro en casa
como dedicada a ‘sus labores’, sin salario ni Seguridad Social, clasificada con
macabro humor estadístico como ‘inactiva’.
Hay
que terminar con esa nueva explotación moderna de la profesional que trabaja
fuera de casa –muchas veces cobrando menos- y otra vez –gratuitamente- dentro
de ella, en jornadas ininterrumpidas que empiezan a las siete u ocho de la
mañana y terminan bien entrada la noche.
En
el fondo de todo esto hay un problema político, generado por los propios hombres,
que como malos gestores de lo obvio somos incapaces de cambiar nada.
Pero
también existe un problema en el campo de la mujer, porque políticamente
todavía no se ha emancipado.
No
ha desarrollado en el grado necesario su aportación, nacida de su interior, de
‘su vida’ en femenino, al nuevo proyecto de sociedad porque parte de la
reivindicación feminista transformó rápidamente la ‘idea’; es decir, la experiencia
personal de vida, en ‘ideología’; esto es, un fin externo al que sacrificarlo
todo, hasta los sentimientos y donde la persona –la mujer- es una abstracción y
no un ser real. No era el ‘hombre’ el punto de referencia, sino lo común a
ambos: la persona, por desarrollar desde la feminidad.
Pero
la sociedad a reconstruir está formada por personas –hombres y mujeres- que se
desarrollan libremente en la igualdad desde sus respectivas especificidades. JMiA
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