Tenía
un corazón muy generoso. Un día descubrió que lo habían estafado y que estaba
sin ahorros.
Había
llegado a la adolescencia. Un día avisaron a sus padres que lo acababan de
encontrar fuera de la escuela con una sobredosis de droga.
Ante
ciertas noticias y hechos, cercanos o lejanos, a veces escuchamos un comentario
que se repite con frecuencia: tarde o temprano, eso tenía que ocurrir.
Ese
comentario puede ser una fórmula vacía, pero en ocasiones refleja un modo de
pensar según el fatalismo, como si ciertas acciones estuviesen determinadas y
tuvieran que ocurrir necesariamente.
Hay
casos en los que el ‘tenía que ocurrir’ resulta casi natural: si uno maneja su
automóvil con nervios y sin prestar atenciones a los otros, es casi seguro que
llegará el día del accidente.
Pero
en otros casos el ‘tenía que ocurrir’ no era tan obvio. Incluso, si analizamos
bien el desarrollo de los hechos, podríamos concluir que aquello ‘no tenía que
haber ocurrido’.
El
fatalismo con el que se interpretan ciertos hechos se construye desde una
visión determinística, en la que lo ocurrido sigue leyes férreas del destino
que nadie podría evitar.
La
realidad, en cambio, no es fatalista, ni está sometida a un destino trágico,
porque los seres humanos podemos elegir entre diversas opciones y cambiar el
desarrollo de los hechos.
Por
eso, el hijo adolescente no estaría determinado a drogarse, porque tiene en su
mente y en su corazón la capacidad para decir no a malos amigos y sí a
actividades sanas y provechosas.
Como
también esa persona de gran corazón puede tener la suficiente dosis de
prudencia que le permita defenderse ante propuestas que parecen buenas pero que
encierran insidias destructivas.
No
podemos pensar según el fatalismo, porque tenemos en nuestras manos el poder de
una libertad que continuamente nos pone ante miles de opciones, malas o buenas.
Toca
a cada uno formar la propia mente y el propio corazón para entender mejor las
opciones que descubre ante sí, para apartarse de todo aquello que le dañe y
dañe a otros, y para recorrer caminos que lo acerquen al objetivo más hermoso:
vivir en el amor a Dios y a quienes viven a nuestro lado. FP
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