Platicando con
ateos inteligentes la sensación es de yo haber argumentado poco ante la
vorágine de razones del interlocutor. Argumentan todo con silogismos y razones
que caen sobre la cabeza como la espada de Damocles. Se declaran filósofos y lo
son. Te aturden con tanta palabrería para afirmar un postulado: Dios no existe.
Por tanto, nosotros y este mundo somos fruto del azar y terminaremos en la
nada. ¡Vaya, menuda lotería nos ha tocado!
La
argumentación del creyente, en cambio, es la concreción de lo que ya había
intuido Chesterton. Llegarían días en que ante la insensatez humana tendríamos
que probar que existen las piedras del camino o que dos más dos son cuatro y
esto se volvería un dogma. ¡Chesterton tenía mucha razón! Pero que conste que
he dicho “un ateo inteligente” porque hay de los que les falta el fósforo en la
cabeza y ni Dios, ni mundo, ni ellos. No argumentan nada.
Cierta vez me
tocó platicar con un chaval listillo. Ateo y hablaba por los codos. De tal modo
que me mareó tanto que decidí pensar un poco más en lo que me había dicho. Al
final nos levantamos, le abrí la puerta para que se fuera y de repente los dos
nos quedamos maravillados ante un hermoso atardecer que se nos ponía enfrente.
Entonces, sin razonar mucho, le dije: cuando un materialista ateo, contemplando
esta hermosura, acepte con humildad que él no la hizo, entonces quizás pensará
en la posibilidad de que Dios exista.
Entre una
puerta abierta y un paisaje hermoso sabía que aquel chaval llegaría a ciertas
conclusiones. Ante aquel paisaje él llegaría a la conclusión a la que llegó
Lewis, afirmando que al final de todo no quedará piedra sobre piedra de
nuestras nociones sobre Dios. La idea que a veces nos hacemos de Dios no es
divina. Él libremente destroza nuestras ideas, las vuelve añicos una y otra
vez, para convertirse así en el gran Iconoclasta, haciéndonos ver que a fin de
cuentas nunca existió problema alguno. ¡Él existe y todo lo hizo por amor!
Cuando algo no
tiene una explicación científica los ateos dicen que ocurrió por azar. Una
moneda tirada al aire es un juego de azar porque es imposible demostrar con
exactitud las causas de porqué cara y no cruz o al revés. Pues bien, el hombre
y el mundo serían fruto de un juego de azar. ¡Esto es así y punto!-concluyen.
Pero, ¿quién lanzó la moneda al aire? ¿Se tiró sola? Cuánta verdad llevaba
Aristóteles cuando había afirmado que “el azar es una etiqueta para nuestra
ignorancia”. Siendo así, la ignorancia es contraria a lo científico.
Argumentar que
el cosmos vino del azar o del caos es acientífico, es de ignorantes. Por tanto,
pretender argumentar que el mundo y el hombre vinieron de la nada y que Dios no
existe es una contradicción. Si el azar no tiene causas científicas precisas,
ahora el que usa la argumentación del azar no es un científico, es un
ignorante. Lo que necesita es entrar en razón y aceptar por lógica común que,
aunque el mundo y el hombre hayan sido tirados al aire como una moneda, es
necesario que exista alguien detrás de éste así llamado por ellos “juego de
azar”. ¡Vaya, nada mal para un creyente de pocos argumentos!
El hombre y el
universo se explican solos, no necesitan a Dios- afirman. Si por un lado
aceptan que hay un orden y una belleza en la creación, por otro descartan la
existencia de un Ser Sobrenatural sumamente inteligente y bondadoso. Este
postulado descabellado tampoco es muy racional que digamos. Desde tiempos
de Maricastaña se planteaban estas posturas y no es cosa nueva bajo el sol.
Cicerón en
su De natura deorum refuta a los materialistas epicúreos- como
Lucrecio- que afirmaban que la materia se explica a sí misma. Es imposible que
alguien arrojando un montón de letras al aire- dice Cicerón- caiga al suelo un
verso inteligible de Enio, poeta antecedente a Virgilio. Puedes intentarlo un
millón de veces, no lograrás que por azar se forme un solo verso que pueda ser
leído con sentido.
Siendo así, es
imposible que detrás de Crimen y Castigo no haya un Dostoievski o que detrás de
la Piedad no haya un Miguel Ángel o detrás de las Estaciones no haya un
Vivaldi. Viendo la belleza de sus obras nosotros creemos que ellos existieron y
fueron unos genios. Ahora, ¿Por qué la belleza de la creación y del misterio
del hombre no merece que exista también un Ser mucho más inteligente y superior
que los ya citados? ¿Qué es el universo y el hombre en comparación a un libro,
una estatua o una partitura? ¿Puede el río ser más grande que el mar?
El asombro de
aquel atardecer y la puerta abierta a nuestras espaldas nos empujaron enseguida
a tomar un café. En el vaivén de sorbitos de café desfilaron las vías de Santo
Tomás de Aquino, el argumento ontológico de San Anselmo, la apuesta de Pascal,
los planteamientos de Darwin, la teoría de Stephen Hawking y sus agujeros
negros, además de la afirmación de que Dios no fue necesario para encender la
mecha del Big Bang. Stephen Hawing no tenía en cuenta que hasta sus teorías
tenían agujeros, pues si por un lado es cierto que el mundo no necesitaba a
Dios para encender una mecha, por otro necesitaba de Dios para llegar a existir
como una mecha y realizarse como fuego y como vida. CJdaS
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