Con
frecuencia entendemos el acto evangelizador de manera excesivamente doctrinal.
Llevar el Evangelio sería dar a conocer la doctrina de Jesús a quienes todavía
no la conocen o la conocen de manera insuficiente.
Si
entendemos las cosas así, las consecuencias son evidentes. Necesitaremos antes
que nada «medios de poder» con los que asegurar la propagación de nuestro
mensaje frente a otras ideologías, modas y corrientes de opinión.
Además
serán necesarios cristianos bien formados, que conozcan bien la doctrina y sean
capaces de transmitirla de manera persuasiva y convincente. Necesitaremos
también estructuras, técnicas y pedagogías adecuadas para propagar el mensaje
cristiano.
En
definitiva, será importante el número de personas preparadas que, con los
mejores medios, lleguen a convencer al mayor número de personas. Todo esto es
muy razonable y encierra, sin duda, grandes valores. Pero, cuando se ahonda un
poco en la actuación de Jesús y en su acción evangelizadora, las cosas cambian
bastante.
El
Evangelio no es solo ni sobre todo una doctrina. El Evangelio es la persona de
Jesús: la experiencia humanizadora, salvadora, liberadora que comenzó con él.
Por eso evangelizar no es solo propagar una doctrina, sino hacer presente en el
corazón mismo de la sociedad y de la vida la fuerza salvadora de la persona de
Jesucristo. Y esto no se puede hacer de cualquier manera.
Para
hacer presente esa experiencia liberadora, los medios más adecuados no son los
de poder, sino los medios pobres de los que se sirvió el mismo Jesús: amor
solidario a los más abandonados, acogida a cada persona, ofrecimiento del
perdón de Dios, creación de una comunidad fraterna, defensa de los últimos...
Entonces,
lo importante es contar con testigos en cuya vida se pueda percibir la fuerza
humanizadora que encierra la persona de Jesús cuando es acogida de manera
responsable. La formación doctrinal es importante, pero solo cuando alimenta
una vida más evangélica.
El
testimonio tiene primacía absoluta. Las estructuras son necesarias precisamente
para sostener la vida y el testimonio de los seguidores de Jesús. Por eso lo
más importante no es tampoco el número, sino la calidad de vida evangélica que
puede irradiar una comunidad.
Quizá
debamos escuchar con más atención las palabras de Jesús a sus enviados: «No
llevéis talega, ni alforja, ni sandalias». Llevad con vosotros mi Espíritu. JAP
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