viernes, 15 de marzo de 2013

Salmo 67


Salmo 67 – El Dios de las victorias

Este canto de victoria rememora la gesta que realizó el Señor, cuando condujo triunfalmente a su Pueblo desde el Sinaí hasta el monte Sión (vs. 8-9, 18-19).
En torno de esta idea central, se agrupan varios temas afines, expresados en un lenguaje acentuadamente poético y cargado de alusiones mitológicas.
Las estrofas se suceden sin conexión aparente; pero esto se debe, en parte, a que el texto del Salmo corresponde a las diversas etapas de una liturgia procesional.

1. CON ISRAEL
Esta oda épica, salmo del reino, está dedicada "al Dios Rey". La ambientación es de una fantástica fiesta de victoria: después de una batalla victoriosa, el rey entra en su capital y escoltado por todo un pueblo alborozado, va a dar gracias al templo. Las alusiones al pueblo de Israel son numerosas.

2. CON JESÚS
¡La gran victoria de aquel Dios, es la cruz de Jesús! El triunfo del rey, su cortejo de victoria, es la subida a los cielos el día de la ascensión, la verdadera ascensión de los pueblos a Jerusalén, es Pentecostés de la Iglesia.

3. CON NUESTRO TIEMPO
Este salmo nos revela, "hacia dónde" va la humanidad: los sobresaltos, los cambios de las civilizaciones, las guerras... Las absurdas violencias sanguinarias... La opresión en todas sus formas... El pecado, la muerte... Todo esto avanza hacia "la culminación de la historia" que será la victoria del amor.

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios. En cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor, alfombrad el camino del que avanza por el desierto; su nombre es el Señor: alegraos en su presencia. Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece; sólo los rebeldes se quedan en la tierra abrasada. Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo y avanzabas por el desierto, la tierra tembló, el cielo destiló ante Dios, el Dios del Sinaí; ante Dios, el Dios de Israel. Derramaste en tu heredad, oh Dios una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. El Señor pronuncia un oráculo, millares pregonan la alegre noticia: "los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo; las mujeres reparten el botín. Mientras reposabais en los apriscos, las palomas batieron sus alas de plata, el oro destellaba en sus plumas. Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes, la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío". Las montañas de Basán son altísimas, las montañas de Basán son escarpadas; ¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas, del monte escogido por Dios para habitar, morada perpetua del Señor? Los carros de Dios son miles y miles: Dios marcha del Sinaí al santuario. Subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombres: incluso los que se resistían a que el Señor Dios tuviera una morada. Dios aplasta las cabezas de sus enemigos, los cráneos de los malvados contumaces.  Dice el Señor: "Los traeré desde Basán,  los traeré desde el fondo del mar; teñirás tus pies en la sangre del enemigo  y los perros la lamerán con sus lenguas". Aparece tu cortejo, oh Dios, el cortejo de mi Dios, de mi Rey,  hacia el santuario. Al frente, marchan los cantores; los últimos, los tocadores de arpa; en medio, las muchachas van tocando panderos. "En el bullicio de la fiesta, bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel". Va delante Benjamín, el más pequeño; los príncipes de Judá con sus tropeles; los príncipes de Zabulón, los príncipes de Neftalí. Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan los reyes su tributo. Reprime a la Fiera del Cañaveral, al tropel de los Toros, a los Novillos de los pueblos. Que se te rindan con lingotes de plata: dispersa las naciones belicosas. Lleguen los magnates de Egipto, Etiopía extienda sus manos a Dios. Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor, que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos, que lanza su voz, su voz poderosa: "reconoced el poder de Dios". Sobre Israel resplandece su majestad, y su poder sobre las nubes. Desde el santuario, Dios impone reverencia: es el Dios de Israel quien da fuerza y poder a su pueblo.

Ese es mi gozo, Señor, y ésa es mi protección: andar en compañía de tu Pueblo. Sentirme uno con tu Pueblo, luchar en sus batallas, llorar en sus derrotas y alegrarme en la victoria. Tú eres mi Dios, porque yo pertenezco a tu Pueblo. No soy un viajero solitario, no soy peregrino aislado.
Formo parte de un Pueblo que marcha junto, unido por una fe, un Jefe y un destino. Conozco su historia y canto sus canciones. Vivo sus tradiciones y me aferro a sus esperanzas. Y como signo diario y vínculo práctico de mi unión con tu Pueblo, renuevo y refuerzo la amistad en oración y trabajo con el grupo con el que vivo en comunidad en tu nombre. Célula de tu Cuerpo e imagen de tu Iglesia.
Son los compañeros que tú me has dado, y con ellos vivo y trabajo, me muevo y me esfuerzo, trabajo y descanso en la intimidad de una familia que refleja en humilde miniatura la universalidad de toda la familia humana de la que tú eres Padre.
«Oh Dios, despliega tu poder; tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan los reyes su tributo».

Dios de los cielos, en otro tiempo, llevaste a tu pueblo a las alturas de Sión, más tarde, y tras subir a Jerusalén para ser crucificado, tu Hijo ascendió a los cielos y fue sentado a tu derecha: mira a tu Iglesia, peregrina en el mundo; no te olvides de ella y alienta su esperanza.  Por Jesucristo, nuestro Señor.