martes, 21 de noviembre de 2017

22 de Noviembre - Tomás Reggio

Tomás Reggio, Beato
Obispo, 22 de Noviembre

Nació en Génova (Italia) el 9 de Enero de 1818 de una familia noble. Aunque si podría prever para él una carrera brillante, a los 20 años decidió ser sacerdote dejando todo para atrás. 
“Quiero hacerme santo, cueste lo que cueste”, dirá Tomás en el momento en que su opción si llegó a ser definitiva. 
Recibió la Ordenación Sacerdotal el 18 de Septiembre de 1841 y, con apenas veinticinco años, fue nombrado vice-rector del Seminario de Génova y sucesivamente rector del Seminario de Chiávari. En este servicio se dedicó con valor a la formación de los futuros sacerdotes para que estuviesen dispuestos a comprometer la propia vida, sin recelos, por Dios y por la Iglesia. 
Precisamente en cuanto dirigía el Seminario, desenvolvió una intensa actividad como jornalista y fue uno de los cofundadores del primer jornal italiano católico, preocupándose con defender la fe y los principios auténticos del cristianismo. 
En 1865, durante la campaña electoral, el “Estandarte católico” así se llamaba el jornal - condujo la lucha para promover listas de candidatos católicos y pensó en crear un partido católico. 
La idea era demasiado audaz, y cuando en 1874 el “non expedit” sonaba claramente y los católicos fueron invitados a no votar, el Padre Tomás “intuyó” que su jornal no podría continuar. Acató las órdenes de los superiores y prefirió estar en sintonía con el Papa y la Iglesia; apenas expuso su pensamiento cuando fue consultado por la Santa Sede. 
En 1877 fue consagrado Obispo de Ventimiglia, diócesis muy pobre: lo cubrió varias veces, fue pastor clarividente y verdadero guía espiritual de su rebaño, convocó tres sínodos en quince años, creo nuevas parroquias, renovó la liturgia y se esforzó por mantener el patrimonio artístico de las Iglesias. 
En 1878 fundó la Congregación de las Religiosas de Santa Marta, que tenían por finalidad responder a las necesidades de todos los tiempos. Pidió a las hermanas se acogiesen a los más pobres entre los pobres como Marta, que tuvo la ventura de servir a Jesús con el humilde trabajo de sus manos. Estas religiosas aprendieron de ella a adorar en silencio, a alimentarse de la oración, a encontrar de rodillas las razones de una fe, que hay que descubrir a Cristo en los pequeñitos con los cuales él se identificó. 
Cuando, en 1887, un terremoto devasto la Región, D. Reggio, a pesar de su avanzada edad, se presentó inmediatamente junto a los afligidos por la catástrofe llevándoles ayuda, y después convocó a los párrocos pidiéndoles que lo informasen sobre el Estado de sus parroquias, a fin de providenciar las ayudas que recibía de muchas personas, entre la cuales lectores de varios periódico. 
Fue pródigo, reservando para sí apenas su batina y su antiguo reloj, testimonio así que se hizo pobre por su gente. Cuidó de modo especial de los muchos huérfanos víctimas del terremoto, inicialmente asistió en algunos centros ya existentes en la ciudad que él creó, más tarde, un orfanato en Ventimiglia entregó al cuidado de las Religiosas de Santa Marta. 
En 1892 escribió al Papa: “Pido a Su Santidad que me exonere del cargo episcopal, a fin de poder ser un simple sacerdote para que la diócesis no vaya a sufrir a causa de mi edad y se confié a otro una tarea tan pesada”. 
La respuesta del Santo Padre fue sorprendente: en Mayo de ese mismo año, D. Tomás fue nombrado Arzobispo de Génova. A pesar de sus 74 años de edad y de las dificultades, aceptó humildemente el cargo para cumplir la voluntad de Dios. 
Cuando en 1900 la Italia católica decidió consagrar a Dios y a la Virgen el nuevo siglo, D. Tomás Regio invitó a todos los Obispos de la Región a una gran peregrinación al Monte Saccarello, donde se colocó la estatua del redentor. También él partió de Génova en un carruaje de tercera clase, con otros sacerdotes y muchos peregrinos, hasta Triora, pequeña localidad a los pies del Monte. El deseo de proseguir a pie el itinerario de la peregrinación era muy fuerte, más no le fue posible hacerlo, pues un malestar sé lo impidió. Fue el inicio de la enfermedad que lo llevaría al término de su vida. 
Falleció en la tarde del 22 de Noviembre de 1903, respondiendo a aquellos que se preguntaban si desearía alguna cosa: ¡Dios, Dios, solo Dios me basta! La respuesta fue la expresión de eso que lo movió siempre.

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