Clemente Marchisio, Beato
Sacerdote, 16 de Diciembre
Martirologio Romano: En Rivalba en Piamonte, beato Clemente
Marchisio, sacerdote, que, párroco del lugar, fundó el Instituto de las Hijas
de San José.
Nació
en Racconigi (Turín, Italia) el 10 de Marzo de 1833; hijo de Juan y Lucía
Becchio, en un hogar modesto pero muy religioso. La familia era asidua a la
vecina iglesia de los padres dominicos. A los 16 años ingresó en el seminario
de Turín, fue ordenado sacerdote en 1856. Residió en un primer momento en el
convictorio sacerdotal, dirigido por san José Cafasso, el cual le imprimió
su fuerte espiritualidad y lo hizo compañero de sus obras de catequesis y
espiritualidad. En 1856 fue nombrado coadjutor de Cambiano y Vigone.
En
1860 es nombrado párroco de Rivalba Torinese, comarca violentamente
anticlerical a la que llaman “guarida del diablo”. Don Marchisio empieza
catequizando a los niños, que escuchan con agrado a ese sacerdote de palabra
sencilla, clara y animada. Pero en el púlpito, imitando al párroco de Ars,
predica con vehemencia contra las blasfemias, la falta de respeto por el
domingo y la depravación de las costumbres. Pero no siempre es agradable
escuchar la verdad. Así pues, los que se sienten ofendidos por aquellos
vigorosos sermones intentarán que el párroco se calle haciéndole la vida
imposible.
Después
de haberlo soportado todo en silencio durante mucho tiempo, Clemente Marchisio
acaba cogiendo miedo y solicita que le cambien de parroquia. Su obispo le
responde que permanezca con valentía en su cruz.
Clemente obedece y se abandona
al Corazón de Jesús, a la Santísima Virgen y a San José. Además, se deleita
especialmente permaneciendo largo tiempo ante el Santísimo Sacramento, sobre
todo cuando la cruz de las incomprensiones, de las calumnias y de las
obligaciones se hace más pesada. La persecución desencadenada contra Clemente
Marchisio durará unos diez años. Después de haber escrutado durante largo
tiempo los actos y gestos del párroco, varios de sus feligreses constatan su
fidelidad a la hora de cumplir sus compromisos. Conmovidos y edificados, muchos
se convierten. El viento sopla en otra dirección, y los más implacables de sus
adversarios acaban por volver a Dios.
Fundó
la Casa de los Pequeños para los niños huérfanos y la Escuela Taller para la
promoción laboral de los adolescentes. Algunas buenas voluntades femeninas le
ayudan a llevar a buen término sus labores caritativas. Las reunirá en una comunidad
bajo el título de “Hijas de San José”.
Le
aflige profundamente el espectáculo de los ornamentos litúrgicos en mal estado,
como la suciedad de los manteles y lienzos de altar. Por eso, después de haber
rezado durante mucho tiempo y de haber solicitado la opinión de sus superiores,
confía a las “Hijas de San José” una misión completamente diferente de la que
había previsto al reunirlas.
Consagrarán
su vida al culto eucarístico. Así pues, la misión especial de las hermanas
consistirá en preparar con gran respeto, según las normas de la Iglesia, el
material del sacrificio eucarístico, confeccionar los ornamentos y los
manteles, y atender a la decencia y al honor que requiere la Eucaristía. Se
encargarán de catequizar a los niños para prepararlos a la primera comunión y
velarán también por la educación litúrgica de los monaguillos y de los fieles.
Las hermanas, y sobre todo la cofundadora, sor Rosalía Sismonda, acogen
unánimemente y con entusiasmo esa nueva finalidad de su Instituto. En 1901, la
Santa Sede aprueba una nueva fundación: el Instituto de Hijas de San José con
el fin de perpetuar las obras anteriormente citadas. Tenía un carácter fuerte y
enérgico que le proporcionó un gran dinamismo y onerosidad.
Recomendaba la
frecuencia a los sacramentos, y fomentaba la devoción al Papa como centro de la
organización eclesial, no teniendo empacho en manifestarla, gustase o no. Murió
de una apoplejía cuando estaba en plena actividad, el 16 de Diciembre de 1903.
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