Soy pescador, hijo de la Iglesia
que me envía a atravesar los mares del mundo en busca de almas, como lo
hicieron Pedro y tantos otros a través de los siglos. Orgullo del pescador, la
misión recibida da una inigualable alegría que ilumina el espíritu cuando un
hermano se enamora del Pescador de hombres, Jesús de Galilea.
Pero Señor, qué difícil es
encontrar el equilibrio necesario para acercarse a tantas almas que requieren
un trato distinto, sin que se pueda comparar a la una con la otra. ¿Qué decir a
ese hombre religioso pero sin amor en su corazón? ¿Y que a aquella mujer que no
te conoce ni siquiera por Tu Nombre? Sin embargo yo sé muy bien que hay reglas
que debo respetar, si es que deseo no alejar a tus hijos de Tu Barca.
La regla básica es la de no
espantar a nuestros hermanos, no asustarlas con una postura demasiado alejada
de su entendimiento actual. Muchas veces nos presentamos como nosotros
quisiéramos que ellos fueran, apasionados y convencidos de nuestro carácter de
hijos de Dios. Sin embargo, si la brecha entre quienes encontramos en nuestro
camino y nosotros aparece ante sus ojos como demasiado grande, hacemos
imposible para ellos el siquiera pensar que se puede atravesar el foso que nos
separa, y entonces se asustan y alejan.
Los santos, por siglos, han
comprendido esto y tornaron sus vidas en puentes que los acercaron a las almas.
Fueron flexibles, dúctiles, comprendieron a aquellos que no tenían en el alma
ni el amor ni la comprensión que las cosas de Dios requieren. Por esto es que
la regla básica de todo pescador de almas es la de no exagerar, ni lucir
amenazador, ni demasiado lejano. Jesús mismo tenía un mensaje consistente en el
contenido, pero totalmente distinto en la forma, dependiendo de si el público
que lo escuchaba estaba formado en las cosas del pueblo de Israel, o si eran
gentiles alejados de la religión.
La otra regla fundamental es la de
la paciencia, paciencia que es entrega a Dios en la confianza de que El tenderá
los puentes que unan las brechas, las falencias y las incomprensiones que
encontremos en nuestro trajinar de pescadores. Muchas veces nos desesperamos
porque las cosas no van tan rápido ni en la dirección que esperamos. Sin
embargo, Jesús está siempre detrás de los suyos, y con Su Mano corrige y modela
aquello que es fundamental a Su obra. Lo demás, lo deja seguir su propio rumbo,
lo que muchas veces se torna en las cruces que El nos pone en el camino.
El buen pescador no luce exagerado
ni impaciente, sino equilibrado y sereno. Se presenta de tal modo que las almas
se sienten seguras de que Dios es a Quien debemos mirar en este mundo,
alejándonos paso a paso de lo que no llena nuestro interior, de aquello que es
simple ruido y confusión. Pero también, el buen pescador sabe cuando tiene que
acelerar el ritmo y empujar a las almas a dar un paso hacia adelante, hacia la
luz. Ese paso creará tensión y desaliento, pero pronto será comprendido por
aquellos que están bien afirmados a la Mano del Salvador. Otros, para tristeza
del pescador, se soltarán de la Barca y se alejarán nuevamente, a aguas
peligrosas.
No es fácil ser pescador, porque
si nos equivocamos, podemos alejar a muchas almas de tal modo que después
resulte muy difícil volver a acercarlas. Es una responsabilidad muy grande que
todos debemos ejercer, laicos o consagrados, porque para eso fuimos izados a la
Barca de la Iglesia, para ser pescadores. Nuestra sonrisa es probablemente el
arma más poderosa que Dios nos ha dado para realizar nuestra tarea, porque la
alegría de estar a bordo es una de las señales que nos distinguen, ¡la alegría
de ser hijos de Dios!
Hermanos, pesquemos en las aguas
del mundo, las almas abundan y nos esperan. Seamos eficientes en tan grandiosa
tarea que Dios nos ha encomendado, la más alta que El ha puesto en nuestra
misión de vida. Cuando estemos frente al Señor, El nos preguntará por los actos
de amor que dejamos como legado de nuestro paso por la vida. Y qué duda cabe de
que el mayor acto de amor es el de poder mostrarle, orgullosos, a aquellos que
hemos subido a bordo de la Barca de Pedro. Jesús sonreirá porque verá que hemos
comprendido nuestro legado de pescadores, como El lo es, como la Iglesia lo es,
como todos debemos serlo. OS
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