Los
creyentes tenemos múltiples y muy diversas imágenes de Dios. Desde niños nos
vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que
vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa
y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.
Todas
estas imágenes que nos hacemos de Dios son imperfectas y deficientes, y hemos
de purificarlas una y otra vez a lo largo de la vida. No lo hemos de olvidar
nunca. El evangelio de Juan nos recuerda de manera rotunda una convicción que
atraviesa toda la tradición bíblica: «A Dios no lo ha visto nadie jamás».
Los
teólogos hablamos mucho de Dios, casi siempre demasiado; parece que lo sabemos
todo de él: en realidad, ningún teólogo ha visto a Dios. Lo mismo sucede con
los predicadores y dirigentes religiosos; hablan con seguridad casi absoluta;
parece que en su interior no hay dudas de ningún género: en realidad, ninguno
de ellos ha visto a Dios.
Entonces,
¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar de manera grave su
misterio santo? El mismo evangelio de Juan nos recuerda la convicción que
sustenta toda la fe cristiana en Dios. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es
«quien lo ha dado a conocer».
En
ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en
Jesús.
Dios nos ha dicho cómo es encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas
y fórmulas teológicas sublimes sino en la vida entrañable de Jesús, en su
comportamiento y su mensaje, en su entrega hasta la muerte y en su
resurrección. Para aproximarnos a Dios hemos de acercarnos al hombre en el que
él sale a nuestro encuentro.
Siempre
que el cristianismo ignora a Jesús o lo olvida, corre el riesgo de alejarse del
Dios verdadero y de sustituirlo por imágenes distorsionadas que desfiguran su
rostro y nos impiden colaborar en su proyecto de construir un mundo nuevo más
liberado, justo y fraterno. Por eso es tan urgente recuperar la humanidad de
Jesús.
No
basta con confesar a Jesucristo de manera teórica o doctrinal. Todos
necesitamos conocer a Jesús desde un acercamiento más concreto y vital a los
evangelios, sintonizar con su proyecto, dejarnos animar por su espíritu, entrar
en su relación con el Padre, seguirlo de cerca día a día. Ésta es la tarea apasionante
de una comunidad que vive hoy purificando su fe. Quien conoce y sigue a Jesús
va disfrutando cada vez más de la bondad insondable de Dios. JAP
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