Las virtudes
teologales son tres: Fe, Esperanza y Caridad. Hoy ante la crisis de Fe en el
mundo actual nos podemos preguntar: ¿cómo es mi fe?
Cuando nos sentimos
plenos, alegres, felices o cuando hay sufrimiento, cuando hay enfermedad,
cuando hay dolor de la índole que sea... ¿cómo está mi fe? La fe que es luz se
puede apagar. El que conoce y ama a Cristo se identifica con Él, en cualquiera
de esas circunstancias, y se convierte en apóstol, siendo parte de esa luz y
esa fe.
Tener fe y vivir la
fe es un riesgo. Un riesgo que nos obliga a dejar el egoísmo que ha hecho nido
en el fondo de nuestro corazón, a dejar la pereza, el engaño, los gustos hedonistas,
frívolos y llenos de vanidad. Una vida vacía solo llena de cosas perecederas.
Sostener y aumentar
la fe no es cosa fácil, pero tenemos un ejemplo a seguir. Jesús es el mejor
ejemplo para ayudarnos pues El vino por eso y para eso. En El encontraremos
todo lo que nuestro corazón nos pide y desea. La amistad con el Hijo de Dios,
es el resultado de una vida sostenida, iluminada y confortada por nuestra fe en
El. Y ante todo tenemos que pedirla en la oración de cada día, porque la fe es
un regalo de Dios.
Este mundo está
necesitado de que seamos portadores de esa FE como miembros de la Iglesia,
instituida por Cristo hace más de veinte siglos y tenemos y debemos dar testimonio
al mundo de nuestra fe.
No podemos decir
que vivimos esa fe si no pedimos perdón o si no sabemos perdonar. Esa humildad
y ese perdonar nos identifican como personas de fe, de verdadera y auténtica
FE.
El mensaje del
Señor resuena en toda la tierra: Los cielos proclaman la gloria de Dios y el
firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día comunica su mensaje al otro día
y una noche se lo transmite a la otra noche. Sin que pronuncien una palabra,
sin que resuene su voz, a toda la tierra llega su sonido y su mensaje hasta el
fin del mundo. El mensaje del Señor resuena en toda la tierra. (Salmo 18) MEdeA
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