Texto del Evangelio (Lc 12,1-7): En aquel tiempo, habiéndose reunido miles y miles
de personas, hasta pisarse unos a otros, Jesús se puso a decir primeramente a
sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.
Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de
saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que
hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los
terrados. Os digo a vosotros, amigos míos: no temáis a los que matan el cuerpo,
y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed
a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehena; sí, os
repito: temed a ése. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni
uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza
están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos».
«No temáis; valéis más
que muchos pajarillos»
Comentario: Fr. Salomon BADATANA Mccj
(Wau, Sudán del Sur)
Hoy contemplamos a Nuestro Señor
Jesucristo dirigiéndose a la gente después de haberse confrontado con las
autoridades religiosas judías, es decir, los fariseos y los escribas. El
Evangelio nos cuenta que el gentío era tan grande que se pisaban unos a otros.
Ahí queda claro que estaban hambrientos de la Palabra de Jesús, el cual hablaba
con tan extraordinaria autoridad a sus líderes religiosos.
Pero san Lucas nos informa que
antes de nada, Jesús empezó hablando a sus discípulos diciendo: «Guardaos de la
levadura de los fariseos, que es la hipocresía» (Lc 12,1). Nuestro Señor desea conducirnos a la práctica de la
sinceridad y transparencia, superando la hipocresía con que se manejaban los
fariseos y escribas. Puesto que ellos mostraban una actitud externa no conforme
con su camino interior de vida: ellos pretendían ser lo que no eran.
Es contra esto sobre lo que
Jesucristo nos quiere prevenir en el Evangelio de hoy cuando dice: «Nada hay
encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse» (Lc 12,2). Sí, todo va a ser revelado.
Por este motivo nosotros debemos luchar por ajustar nuestra vida según lo que
profesamos y proclamamos. Obviamente, esto no es fácil. Pero no debemos temer,
pues nuestro Dios está atento. Tal como dijo san Juan Pablo II, «el amor de
Dios no impone cargas que nosotros no podamos llevar (…). Porque para todo lo
que Él nos pida, Él nos proveerá de la ayuda necesaria». Nada ocurre sin que Él
lo conozca. ¡Incluso nuestros cabellos están contados! Sí, nosotros tenemos un
precio ante Dios. No tengamos miedo, pues su amor no tiene límites.
Señor, concédenos la sabiduría
para llevar bien nuestra vida hacia las exigencias de nuestra fe, incluso en
medio de las dificultades de este mundo. Amén.
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