No
es fácil remontarse hasta el relato original, pero, probablemente, no era muy
diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica. Los
protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de
trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño
que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.
No
aceptan al señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños.
Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les envía con paciencia
increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña»
y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».
¿Qué
puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros
«que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús es trágica: «Yo os
aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que
produzca sus frutos».
A
partir de la destrucción de Jerusalén el año 70, la parábola fue leída como una
confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue
interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al
dueño de la viña.
El
reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la jerarquía. No es propiedad
de estos teólogos o de aquellos. Su único dueño es el Padre. Nadie se ha de
sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el
pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.
La
mayor tragedia que puede sucederle al cristianismo de hoy y de siempre es que
mate la voz de los profetas, que los sumos sacerdotes se sientan dueños de la
«viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su
Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su
Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.
JAP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario