Es una más de las tantas
paradojas a las que nos sometió la pandemia de Covid-19, y es cierto que puede
estar entre aquellas a las que menos atención se presta, pero que también
existe: a pesar de haber pasado casi un año en aislamiento obligatorio, sin
clases presenciales y con todos los integrantes de un mismo núcleo familiar en
casa, en aquellos hogares donde hay niños y niñas de hasta 8 años, a más de cuatro
de cada diez no les leyeron en voz alta.
Es que, a pesar de que los datos
de la última Encuesta Nacional de Consumos Culturales determinan que la franja
que va desde los 12 a los 18 años es la que más lee, a los más chicos el hábito
por la lectura se les incentiva desde casa y también, claro, desde la escuela.
Un estudio llevado adelante por
Ianina Tuñón y Carolina Martínez, investigadoras del Observatorio de la Deuda
Social Argentina (ODSA) de la UCA y el Conicet, echa luz –entre otros factores–
sobre cómo afectaron ese hábito el aislamiento y la falta de presencialidad.
Los datos relevados por el ODSA revelan que las familias cada vez le dan menos
lugar a la lectura de cuentos en el hogar. “En el contexto de aislamiento, que
supone una mayor cantidad de horas de convivencia, esto se profundizó por todas
las actividades que se realizaron simultáneamente –trabajo, tareas domésticas o
escolares, entre otros–, con lo cual disminuyó la disponibilidad para narrar
historias”, explican las investigadoras. A su vez, observaron que “el
vínculo virtuoso de estimulación que suponía ir a un establecimiento escolar se
redujo notablemente. Haciendo una comparación entre los resultados obtenidos en
2019 y 2020, los chicos y chicas de entre 0 y 8 años sin escolarización
aumentaron su déficit de 42% a 44%, mientras que el grupo escolarizado lo hizo
de 27% a 37%”.
Es decir que, en el primer caso,
el déficit aumentó 2%, alcanzando a cuatro de cada diez chicos y chicas de
hasta esa edad. En los escolarizados, aumentó 10%. “Esto puede tener relación
con que la escuela bajo la modalidad virtual no llega a ofrecer suficiente
información y motivaciones como para que los chicos y chicas pidan que les lean
cuentos en sus casas, o que las familias no están recibiendo el mensaje de que
es muy fructífero leer otro tipo de textos, aparte de los escolares”,
reflexionan.
¿Y qué sucede con los formatos?
Pareciera que, más allá de los hábitos compartidos, tampoco es lo mismo leer en
soporte papel que en digital (ver aparte). Un informe reciente de la
Universidad de Stavanger (Noruega) pidió a 72 alumnos de 15 años, con
habilidades lectoras similares, que leyeran un relato. La mitad lo hizo en
papel; la otra mitad, en una pantalla. Luego se los sometió a una batería de
preguntas: los que leyeron en papel obtuvieron un puntaje más alto. Habían
comprendido mejor y recordaban con mayor precisión el argumento, el orden
cronológico y los personajes. “Ahora se dedica menos tiempo y atención a
procesos de lectura más parsimoniosos. Los estudios muestran que la lectura
profunda desarrolla la imaginación, la capacidad deductiva, la reflexión y el
pensamiento crítico, además del vocabulario. Y la clave para desarrollar estas
habilidades es el adiestramiento”, dice el estudio de la universidad europea.
Espacios. Más allá de la vivienda y, en muchos casos, el lugar
de trabajo, en la pandemia el hogar se convirtió también en un espacio que
habitualmente no ocupaba: se transformó en la escuela. Pero ese incremento del
déficit de la lectura como momento de esparcimiento compartido se dio, según el
estudio de la UCA y el Conicet, en todos los sectores de la infancia,
considerando “todos los indicadores sociodemográficos esenciales como los que
atañen al nivel educativo del hogar, vivir en situación de hacinamiento y
pobreza, el género y edad de los niños y niñas y su situación de
escolarización”, detallan.
Sin embargo, esa falta se aceleró
de maneras dispares: “Mientras la carencia de lectura aumentó 2% y alcanzó a
tres de cada diez chicos que viven con suficiente espacio en su hogar, en
situación de hacinamiento aumentó 22% y pasó de afectar a cuatro de cada diez
al 60%. La brecha de desigualdad entre estos grupos se triplicó y pasó de 10% a
30% entre 2019 y 2020”, explican Tuñón y Martínez.
A su vez, el clima educativo del
hogar tiene un rol preponderante: el año pasado no le leyeron cuentos al 30% de
los niños y niñas que tienen una madre que completó el secundario o un nivel
superior, mientras que en aquellos/as con madres con un grado de instrucción inferior
la carencia de narración de historias alcanzó al 53%, especifica el informe.
También aumentó la disparidad de
estimulación entre ellos y ellas, explican las investigadoras. En 2019 afectaba
de manera pareja a tres de cada diez. No obstante, en el último año, cuando a
tres de cada diez niñas no les leyeron, en el caso de los niños el resultado
alcanzó al 44,5%. Y subió al 50% entre los 6 y 8 años, que corresponde al rango
que está terminando el jardín o en el primer ciclo de la escuela primaria, un espacio
que resulta fundamental estimular con ese hábito, concluyen.
Texto
impreso vs digital
La lectura de textos impresos
entre 5 y 12 años aumentó 4% entre 2019 y 2020, y 10% en la última década,
determina el informe del ODSA. “Este indicador muestra que hubo un aumento
progresivo del déficit, y en el primer año de cuarentena alcanzó al 61%. Es
decir que, a pesar de tener más tiempo en el hogar y no poder concurrir a sus
actividades cotidianas o socializar en otros ámbitos, no parece ser que hayan
destinado su tiempo a leer cualquier tipo de texto impreso”, detallan las
investigadoras.
De 13 a 17 años, este indicador
muestra que no hubo un aumento tan marcado del déficit en los últimos diez
años. Sin embargo, “esto no quiere decir que estén notablemente en mejores
condiciones, ya que la carencia se mantiene estable alrededor del 54%”, agregan
Tuñón y Martínez. “Podría pensarse que los hábitos de lectura están mutando a
la modalidad virtual, sobre todo desde la implementación de la cuarentena y la
iniciativa de cursar la escuela en línea.
Según los datos, solo un 2% de
los niños/as entre 6 y 17 años no tuvo ningún tipo de contacto con la escuela,
y entre cuatro y cinco de cada diez lo hicieron mediante redes sociales.
También se utilizaron plataformas de videollamada (26% en niños/as de 6 a 12
años, y 40% entre 13 y 17 años), y dos de cada diez alumnos que cursaron la
primaria o la secundaria utilizaron el teléfono u otros recursos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario