Una experiencia muy común entre quienes nos hemos
encontrado con el Señor Jesús y tenemos una vida de fe es la inquietud de cómo
compartir lo que vivimos con nuestra familia. Cuando ellos (aunque creyentes)
están un poco alejados de la práctica de la fe, cuando sus creencias son
débiles, cuando tienen rechazo a las cuestiones de Dios y prejuicios con la
Iglesia y su doctrina. En definitiva, se trata de responder a la pregunta
de ¿cómo tener mayor influencia en la vida de fe de mi
familia que no es practicante? ¿Cómo evangelizar en mi propio hogar?
Aquí les comparto algunos consejos que pueden
llevarse a la vida cotidiana y ayudarnos a ser portadores de la luz de Cristo
en nuestros hogares.
1. No críticas ni sermones
Puede sucederle a aquel que va avanzando en la vida
cristiana y que va teniendo mayores conocimientos doctrinales que quiera
(aunque con buenas intenciones) que los que no han encontrado este camino sean
como él piensa, o actúen como él actúa. Y estas expectativas podrían llevar a
que se juzgue el actuar de otros con mucha rigidez. Aparecen entonces las
‘sermonerías’, los famosos ‘deberías hacer así o no hacer esto’, con
lo cual se termina generando más rechazo. Es importante recordar que la fe que
Dios nos regala y el camino que Él nos propone está fundado en el amor y no en
el deber y el temor. Dios nos invita a vivir una vida feliz y plenamente libre.
2. Predicar
con el ejemplo
Ya lo diría san Juan Bosco «la
prédica más eficaz es el buen ejemplo». Y
es que no pocas veces nos sucede que pensamos que se trata de convencer a los
otros con nuestros argumentos y nuestros discursos. La conversión de los otros
no depende de lo qué digamos, de cómo lo digamos. Nosotros no somos el centro de
atención. Es como si dijéramos ‘véanme a mí, vean que yo si sé lo que
sigo y tengo razón’. Recordemos que una virtud muy importante es la humildad:
reconocer que, si bien podemos saber mucho, no somos todopoderosos. Nuestra
labor es la de ser servidores e instrumentos de Dios. Él se vale de cada uno de
nosotros, de nuestro humilde y pequeño servicio para llevar su Buena Nueva. Y,
por otro lado, más que unas palabras bonitas, lo que más convence y arrastra es
el testimonio de nuestro obrar, de una vida coherente, recta, justa y alegre.
3. La alegría de vivir tu fe es apelante
Muchos santos, a pesar de sus dificultades, de sus
vidas marcadas por el dolor y el sufrimiento, han podido experimentar
la alegría auténtica y la esperanza que viene de Dios. Como dice el Papa
Francisco: «la alegría que se vive en medio de las pequeñas
cosas de la vida cotidiana». Una sonrisa sin fingimientos
es contagiosa y llena el corazón del deseo de poder vivir así. Aquel que pueda
experimentar, incluso en medio de los momentos difíciles, una serena alegría,
es porque ha recibido la bendición de Dios, es la manifestación más concreta
que esa persona tiene a Dios en su vida. Quien quiera ser testigo del Señor y
lo quiera comunicar ha de trasmitir alegría y esperanza, dejar las caras
avinagradas y llenas de amarguras y contagiar a otros de la alegría del
Evangelio.
4. Empezar por lo sencillo y cotidiano
No pensemos que cuando hablamos de dar ejemplo con
nuestro obrar, en que tenemos que hacer cosas grandiosas y extraordinarias
necesariamente. Pensemos en lo que vivimos cada día en nuestro hogar, desde que
nos levantamos hasta que nos acostamos. ¿Saludo y agradezco con amor y respeto?
¿Estoy dispuesto a servir y a ayudar en las labores de la casa? ¿Estoy atento a
las necesidades que tienen los otros? Si de pronto me peleo o discuto, ¿perdono
o pido perdón? Son pequeños gestos, que si se hacen todos los días, tendrán una
fuerza extraordinaria para iluminar a nuestra familia con la luz de Cristo y de
su Evangelio. Pensemos en esta frase de san Francisco de Asís: «Empieza
haciendo lo necesario, continúa haciendo lo posible; y de repente estarás
haciendo lo imposible».
5. Compartir las experiencias espirituales
No hay experiencia más hermosa para el cristiano
que nutrirse del amor de Dios a través de la oración y de la Eucaristía. ¡Cómo
no compartir esta dicha con los que más queremos! Me viene la imagen de la
Virgen visitando a su prima Isabel. Cuando uno encuentra un tesoro quisiera
compartirlo inmediatamente con las personas más significativas. Podemos, de
manera creativa y poco a poco, invitar a que nuestros familiares vayan
experimentando estos preciosos momentos de oración y de encuentro con Dios: por
ejemplo proponer bendecir los alimentos, o rezar en algún momento en que
estemos reunidos. También podemos compartirles alguna cita de la Palabra que
escuchamos en la Misa o compartirles algún texto espiritual, alguna frase de un
santo, entre otras.
Espero que estas ideas puedan ayudarte a ser
testimonio en tu hogar del amor de Dios. Ten paciencia, no te
desanimes. Recuerda que el que obra la conversión es Dios,
que siempre toca la puerta de los corazones y no desampara a nadie. AD
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