El que quiera ser grande, que sea
servidor.
La
escena nos es conocida. Una madre que movida por un amor apasionado a sus
hijos, se acerca a Jesús pidiendo para Santiago y Juan los puestos de más honor
y poder. Y la reacción inmediata de Jesús que trata de aclarar un grave
malentendido: “No sabéis lo que pedís”.
Y
es que el discípulo de Jesús es exactamente lo contrario de un hombre que busca
poder y honor. El seguimiento a Jesús es el reverso del triunfalismo.
El
cristianismo debe saber que sólo hay un camino para ser grande al estilo de
Jesús. Y este camino no es el dominar, tiranizar y oprimir a los más débiles.
Al contrario, es el camino humilde de quien sabe vivir en el servicio
desinteresado a los demás.
El
discípulo de Jesús debe saber que su grandeza no está en destruir y exterminar
a sus enemigos, sino en saber sufrir e incluso morir como el Maestro, por
fidelidad al Dios del amor.
Los
malentendidos no han desaparecido. Curiosamente y por una de esas paradojas que
suceden en la historia, se ha querido hacer de Santiago, el discípulo invitado
por Jesús al servicio y al martirio, una especie de guerrero mitológico y
poderoso, encargado de salvar a la patria contra sus enemigos, sirviéndose de
un poder sobrenatural destinado a exterminar a los adversarios.
Digámoslo
con claridad y firmeza. Hacer del apóstol Santiago un héroe al servicio de la
espada y de la guerra es distorsionar gravemente lo que es un discípulo de
Jesús.
Distorsión
que puede explicarse en otras épocas y en otro contexto condicionado por formas
de religiosidad más aberrantes. Pero, cuya utilización hoy no obedecería sino a
intenciones muy alejadas del espíritu del evangelio predicado por el mismo
apóstol.
Los
cristianos tenemos que ir purificando nuestra religión de todo aquello que la
falsea, la distorsiona y convierte nuestro cristianismo en caricatura del
evangelio querido por Jesús.
No
debemos caer ya en la tentación de mezclar lo político y lo religioso, para
alimentar el triunfalismo que poco tiene que ver con lo que es la fe cristiana.
Y
no creamos que sea una tentación que acecha siempre a otros. Todos los pueblos
corren el riesgo de manipular interesadamente la religión, Entonces, la
comunidad cristiana llamada a ser comunidad de perdón, de fraternidad, de apertura
y servicio a todos, puede degenerar en formas diversas de nacional-catolicismo
que se alejan radicalmente de lo que debe ser una comunidad creyente. JAP
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