martes, 17 de agosto de 2021

Grave malentendido…

El que quiera ser grande, que sea servidor. 
La escena nos es conocida. Una madre que movida por un amor apasionado a sus hijos, se acerca a Jesús pidiendo para Santiago y Juan los puestos de más honor y poder. Y la reacción inmediata de Jesús que trata de aclarar un grave malentendido: “No sabéis lo que pedís”.
Y es que el discípulo de Jesús es exactamente lo contrario de un hombre que busca poder y honor. El seguimiento a Jesús es el reverso del triunfalismo.
El cristianismo debe saber que sólo hay un camino para ser grande al estilo de Jesús. Y este camino no es el dominar, tiranizar y oprimir a los más débiles. Al contrario, es el camino humilde de quien sabe vivir en el servicio desinteresado a los demás.
El discípulo de Jesús debe saber que su grandeza no está en destruir y exterminar a sus enemigos, sino en saber sufrir e incluso morir como el Maestro, por fidelidad al Dios del amor.
Los malentendidos no han desaparecido. Curiosamente y por una de esas paradojas que suceden en la historia, se ha querido hacer de Santiago, el discípulo invitado por Jesús al servicio y al martirio, una especie de guerrero mitológico y poderoso, encargado de salvar a la patria contra sus enemigos, sirviéndose de un poder sobrenatural destinado a exterminar a los adversarios.
Digámoslo con claridad y firmeza. Hacer del apóstol Santiago un héroe al servicio de la espada y de la guerra es distorsionar gravemente lo que es un discípulo de Jesús.
Distorsión que puede explicarse en otras épocas y en otro contexto condicionado por formas de religiosidad más aberrantes. Pero, cuya utilización hoy no obedecería sino a intenciones muy alejadas del espíritu del evangelio predicado por el mismo apóstol.
Los cristianos tenemos que ir purificando nuestra religión de todo aquello que la falsea, la distorsiona y convierte nuestro cristianismo en caricatura del evangelio querido por Jesús.
No debemos caer ya en la tentación de mezclar lo político y lo religioso, para alimentar el triunfalismo que poco tiene que ver con lo que es la fe cristiana.
Y no creamos que sea una tentación que acecha siempre a otros. Todos los pueblos corren el riesgo de manipular interesadamente la religión, Entonces, la comunidad cristiana llamada a ser comunidad de perdón, de fraternidad, de apertura y servicio a todos, puede degenerar en formas diversas de nacional-catolicismo que se alejan radicalmente de lo que debe ser una comunidad creyente. JAP

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