Me gustó un artículo sin firma publicado en la revista ALFA Y OMEGA. Habla de la dignidad del
hombre y del deber que tenemos de defenderla en una sociedad en la que parece
que el ser humano cuenta –para algunos- menos que un perro de raza o de
capricho. Me acuerdo ahora que, en una publicación mía de hace años, un
personaje de la narración, al ver la miseria en que vivía y lo mimados que
estaban tantos animalitos que paseaban por aquel jardín donde él pasaba sus
tristes y largas horas en soledad, dijo en un arranque de ilusión, o más bien
de desilusión, - ¡Ojalá yo fuera perro!
Yo soy un amante de los animales pero, sin duda ninguna, muy
por encima de ellos está el hombre, con una dignidad que ningún ser de la
naturaleza le puede arrebatar. Esta afirmación puede parecer indiscutible, pero
se ve claro que muchos no la comparten. Cerca de donde yo vivo hay un parque
zoológico. Los animales no parecen disfrutar de buenas instalaciones para su
bienestar. Son muchas las voces de protesta ante las autoridades por no ofrecer
a esas criaturas un hábitat más digno. Cerca de ese parque viven muchas
familias en unas condiciones muy precarias, y no oigo voces que reivindiquen
viviendas más justas, a no ser los mismos interesados que de vez en cuando protestan.
En la capital de mi provincia, en una plaza muy céntrica, hay un ficus
centenario. El Ayuntamiento le presta más atención, exigida por la ciudadanía,
que a los pobres que viven en chabolas. No hace mucho se desprendió una rama.
Los ecologistas protestaron, y no precisamente por el peligro que habían
corrido las personas que tomaban el fresco bajo su gigantesco tronco con mil
brazos plagados de hojas. Aquella plaza es importante por el ficus, y no por
los niños que juegan todas las tardes al salir del colegio.
En el artículo mencionado se recogen las siguientes palabras
de Juan Pablo II: “La disponibilidad de
anticonceptivos y abortivos, las nuevas amenazas a la vida en las legislaciones
de algunos países, la difusión de las técnicas de fecundación ‘in vitro’, la
consiguiente producción de embriones para combatir la esterilidad, pero también
para ser destinados a la investigación, los proyectos de clonación parcial o
total: todo eso ha cambiado radicalmente la situación”.
Todo ello es fruto de una mentalidad, de una actitud ante el
ser humano. Se ha dimitido de la razón y de la dignidad humana. Ya todo parece
normal. Se permite todo, porque el hombre, su dignidad, ya no es sagrada para
muchos. ¿Qué importa que mueran más o menos? La vida que empieza es sometida a
un acoso terrible cuando no interesa que se desarrolle. Todo son métodos para
disfrutar del cuerpo sin consecuencias molestas. Es una nueva ola hitleriana
para desechar, destruir, todo lo que me molesta, todo lo que no me conviene, lo
que no se amolda a mi plan sobre la vida, sobre mi vida.
No pretendo ser alarmista o negativo. Es una realidad
palpable a diario, y que está creando un clima antihumano, donde una vida no
vale nada. Importa más, para muchos, un ideal político, unos intereses económicos,
una pasiones desatadas, un afán de venganza, o unas fantasías diabólicas, que
la vida de mis seres queridos, de mis amigos, de mis compañeros, o del tendero
de la esquina. Cuesta poco disparar, o esgrimir un arma, o atentar contra la
vida de quien sea si eso me produce ‘placer’, me ‘divierte’, o satisface mi
afán de venganza. Hay que SOLIDARIZARSE
CON EL DERECHO QUE TENEMOS TODOS A QUE SEA RESPETADA NUESTRA DIGNIDAD.
Nunca entenderé los atentados brutales, o sofisticados, contra un ser vivo, y
menos aún contra un ser humano.
Hay que defender la dignidad. Nos cuenta el artículo
mencionado la actitud solidaria de los polacos cuando el gobierno del país, en
donde los alimentos básicos alcanzaban unos precios astronómicos, bajó el vodka
para que todos pudieran beber. Y entonces un gritó corrió por Polonia: ¡No
bebas, defiende tu dignidad! Hay que llenar el ambiente de este grito urgente:
Defiende tu dignidad. No aparques en cualquier lado tu dignidad de hombre. Tú
vales mucho más que lo que se dice y se ofrece en cualquier esquina. JGI
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