No hace tanto tiempo que la ciencia descubrió triunfalmente
que el hombre desciende del mono. ¡Qué alivio! Gracias a Dios (si existe), el
hombre no era pues ningún ser especial, ni el rey de la Creación, sino un mono
encumbrado. Adán y Eva eran personajes de un cuento de hadas judío, y jamás
había existido la Creación. El slogan del siglo era: evolución. Llenos de
júbilo alabamos agradecidos a la ciencia que nos había liberado de la idea
insoportable de nuestra semejanza con Dios, garantizándonos genealógicamente la
semejanza con el mono. La ciencia había reconocido nuestro verdadero valor y
nuestra verdadera dignidad. Sólo los beatos retrógrados y supersticiosos
continuaban creyendo en las viejas ideas degradantes de la humanidad. Para el
espíritu ilustrado se había desenmascarado a la Biblia, había sido destruida,
no era más que un cuento infantil. Y hay que reconocer que desde entonces
también nos hemos comportado como cinocéfalos en el terreno moral, político y
en cualquier otro terreno.
El hecho de que la teoría de la evolución jamás fuese
demostrada en este sentido, por lo menos en cuanto a la aparición del hombre,
no enturbiaba nuestra satisfacción. No se había hallado el «eslabón perdido» y
-como comprobó Chesterson- lo único que sabíamos sobre el eslabón perdido es
que seguía perdido. Pero ¿qué importaba esto? Más pronto o más tarde se
encontraría esa cosa intermedia entre el mono y el hombre.
Y entonces sucedió lo más increíble: el 1° de agosto de 1958
unos mineros encontraron a unos 200 metros de profundidad, bajo las colinas de
Maremma, en el centro de Italia, un esqueleto que ha sido identificado por el
profesor Hörzeler, del museo de Ciencias Naturales y Etnológicas de Basilea,
como el del ser más antiguo parecido al hombre. Tiene de diez a once millones
de años.
Hasta ahora la ciencia nos había anunciado que el mono no
había evolucionado a hombre hasta hace aproximadamente un millón de años. Ahora
resulta que somos tan viejos como los monos y posiblemente incluso más viejos. Quizás
oigamos dentro de poco que los monos son hombres degradados. No resultaría
extraño, si se tiene en cuenta que acaban de incluir en una exposición de arte
varias «obras pictóricas » de un chimpancé.
Tenemos que admitir por lo tanto que el mono, en el mejor de
los casos, es tan solo nuestro pariente lejano, pero de ningún modo nuestro
antepasado. Adán no fue un gorila. Eva no fue un chimpancé. Y cuando nos
portamos como monos no podemos alegar con orgullo que así honramos la memoria
de nuestros antepasados. No era la Biblia la equivocada, sino la ciencia.
Ya en los primeros siglos del cristianismo, los doctores de
la Iglesia sabían qué partes importantes de la Biblia tienen un sentido
simbólico; el primero que habla de esto es el apóstol San Pablo. Y por lo que
respecta a la cronología de la Biblia, sabemos hace tiempo que no siempre debe
tomarse «al pie de la letra». ¿Un ejemplo de ello?: se señala a Jesús con
frecuencia como hijo de David. Sin embargo David vivió más de setecientos años
antes de Cristo y fue su... antepasado. «Hijo» significa en la Biblia
«descendiente de».
Por lo demás, la teoría de la evolución bien entendida -y hay
que aceptarla dentro de ciertos límites- no es ninguna prueba contra la acción
creadora de Dios. Evolución no es otra cosa que creación «a largo plazo». Y
este plazo sólo es largo para nosotros los pigmeos de lo temporal, pero no para
Dios, que vive fuera de todo lo temporal. LdeW
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