1. Viene Jesús de Galilea. Viene con sus discípulos en peregrinación para
celebrar la Pascua en la ciudad santa, Jerusalén. En Jericó cura a dos ciegos.
Entra en Jerusalén con aclamaciones y cantos de júbilo. El Domingo de Ramos: “Jesús
arroja del Templo a los que compraban y vendían y derriba las mesas de los
cambistas y los asientos de los vendedores de palomas” (Mt 21,12). Al oír los “Hossannas” de los niños, los príncipes de
los sacerdotes y los escribas se han puesto furibundos.
Jesús aprueba el gesto de los niños y les recuerda a los que protestan
que de ellas brota la verdad: “De la boca de los niños de pecho has hecho salir
la alabanza” (Mt 21,16). Deja a las
autoridades y se va a Betania, donde pasa la noche. Al día siguiente por la
mañana, regresa a la ciudad, tiene hambre y busca higos en la higuera, la
maldice porque no tiene, y se seca la higuera. Era un signo profético sobre el
judaísmo, y una realidad de la esterilidad de nuestra Iglesia hoy y de nuestra
vida en concreto. Llega al Templo y los príncipes de los sacerdotes y los
ancianos del pueblo le piden cuentas: “¿Quién te ha dado tal poder? ¿Con qué
autoridad haces esto? -¿Por qué no seguisteis a Juan?” (Mt 21,23). Viene la parábola de hoy: El primer hombre que tuvo la
idea de escribir, dibujó y pintó árboles, pájaros, animales. Oriente nos ha
conservado sus antiguas escrituras ideográficas, con imágenes que en hechizan
la imaginación de una humanidad menos cerebral.
2. La parábola está en la línea de la cultura primigenia de la imagen. Los
Profetas hablaron en parábolas. Jesús, heredero de los profetas, enseña también
en parábolas: “Un hombre tenía dos hijos: Dice al mayor: Ve a trabajar en la
viña. -No me da la gana, respondió”. Mateo
21,28. Hoy, esto es corriente. Dice el Catecismo (CIC 2216): El respeto
filial se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas. “Guarda, hijo
mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre... en tus
pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán
contigo al despertar (Prov. 6,20)”.
-El padre calla. Transige. Hoy, también, pero más, hasta posturas
inverosímiles. Pero “El papel de los padres en la educación tiene tanto peso
que, cuando falta, difícilmente puede suplirse (GE 3). El derecho y el deber de
la educación son primordiales e inalienables para los padres (FC 36)”.
Volvamos a la parábola: El hijo mayor, que había prometido ir y no había
ido: “se arrepintió y fue”. Dijo al pequeño. Ve tú a la viña. “Le contestó:
-Voy. Pero no fue”. La poca palabra hoy, tan generalizada. El “voy, pero no
va”; la promesa de ayudar incondicionalmente, pero no hacer nada. Son primero
los deberes impuestos por el interés propio los que solicitan la atención que
no se presta a los que nos hemos impuesto y no reportan medros o beneficios
propios.
El egoísmo moderno, incluso marcado de asistencia a los demás, que sólo
busca la satisfacción propia de creer haber hecho algo grande, una locura, con
el consiguiente reconocimiento de autocomplacencia, afirmación propia y la
singularidad. La alusión evidente a los sacerdotes, los cumplidores, los puros,
los religiosos, era directa. Jesús sabe que le van a matar. Está viviendo los
últimos días de su vida en Jerusalén. Habla con claridad y sin miramientos: “Los
publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el reino de Dios, porque
al oír a Juan se convirtieron” (Mt
21,32). Les ha pisado todos los callos. Tenían demasiado orgullo aquellos
hombres para recibir esta andanada de Jesús, que no alaba a los publicanos ni a
las prostitutas porque lo son, sino porque se han reconocido, han pedido perdón
y han cambiado de vida.
3. La raza de los fariseos, escribas y sacerdotes, no es sociológica, sino
teológica. Por eso no es cronológica ni racial, sino universal. Ni es ucrónica,
sino actual. Donde hay soberbia, hay fariseísmo. El mensaje de hoy es que todos
necesitamos convertirnos. Que nadie puede tirar la primera piedra (Jn 8,7). Que no podemos mirar con
desprecio a nadie. Aquellos hombres no escucharon la palabra de Jesús. El
evangelio es para nosotros. ¿Lo escuchamos hoy nosotros? ¿Lo escuchamos con
eficacia hacia dentro? O ¿tratamos de aplicarlo mentalmente a los demás? “Si
recapacitamos y nos convertimos de los pecados cometidos, ciertamente que
viviremos” Ezequiel 18,25.
4. “Señor, enséñame tus caminos. Recuerda que tu ternura y tu misericordia
son eternas. No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud” Salmo 24. Con el salmista pidamos lo
mismo: que nos enseñe, no sólo la letra de sus caminos, sino la dulzura que al
final comportan. Que nos haga paladear a placer el gozo de seguirlos, aun antes
de reemprenderlos. Así lo pedía también Moisés para acomodarse a sus exigencias
y para poder corresponder a los proyectos de Dios sobre su propia persona y
sobre el pueblo que él tiene que conducir por esos caminos. Juntamente con el
conocimiento de los caminos del Señor, hemos de pedir el perdón de los pecados
de nuestra juventud inexperta y fogosa, confiándolos a la misericordia y a la
bondad eternas del Señor.
5. Y el Señor nos enseñará su camino, si somos así de humildes. Si nos
mantenemos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir y
consideramos siempre superiores a los demás, si no obramos por envidia ni con
jactancia Filipenses 2,1, si no
deseamos ser los primeros en todo, sino cortésmente, nos apretamos un poquito
en la vida, para dejar un huequecito a los demás. Que lo que hemos prometido en
el Bautismo lo cumplamos con generosidad ayudados por la gracia divina, aunque
no nos rinda enteros materiales y aun a costa de perderlos. Sin esperar
recompensa terrena, ni siquiera de contemplar el fruto de la siembra, que es lo
que cosechó el Maestro a quien debemos servir.
6. Jesús, que se hace el último de todos y el servidor de todos para
darnos vida en abundancia con su muerte, nos de la fuerza para convertirnos y
seguirle por el camino de la cruz a la resurrección. Amén. JMB
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