Parábola que se encuentra solo en Mc. Es una
parábola que puede ser peligrosa porque, como veremos podemos pensar que es una
invitación a la pasividad, a la inactividad, y nosotros no necesitamos ninguna
pasividad.
El Relato
Hay que
empezar como siempre: “Con el Reino de Dios sucede como con un hombre, etc., es
decir: el Reino de Dios no se compara con un sembrador, sino con una cosecha
que llega con toda seguridad, sin necesidad de intervención humana, sin que el
hombre sepa cómo; esto es lo más importante. Se nos describe una siembra que
termina en cosecha. Y, ¿qué hace el sembrador? Este solamente interviene para
sembrar y al final, para recoger la cosecha; y todo el proceso del crecimiento,
entre la siembra y la cosecha, se da sin su intervención. El sembrador hace lo
suyo: sembrar, y después, esperar a que llegue la cosecha. Así insiste la
parábola “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota sin que él
sepa cómo”. Hay, pues, un contraste en la parábola.
Hay, primero,
una descripción de la pasividad, de la no intervención del sembrador en el
proceso del crecimiento; y en segundo lugar, en contraste con esta actividad,
el crecimiento. El crecimiento aparece muy destacadamente en la parábola.
De forma
progresiva se dice que la tierra, no el sembrador, da fruto por sí misma;
primero sale hierba, a continuación espiga, después, trigo abundante y la
siega. El que “la tierra de fruto por sí misma sin que él sepa cómo” se explica
claramente en la mentalidad semita, porque para un israelita, el crecimiento de
las plantas, del trigo, es un proceso misterioso, es algo secreto. El sembrador
no puede hacer nada para hacerlo crecer, por lo que el crecimiento debe ser
atribuido a la fuerza puesta por Dios en la misma semilla. Todo esto, de manera
elemental en cuanto al relato.
La enseñanza de Jesús en la parábola
Esta parábola
es una respuesta de Jesús a las dudas que surgen sobre su misión, a la
decepción que ha podido provocar Jesús, sobre todo en aquellos que impacientemente
esperaban el Reino de Dios y pedían una intervención: eran los celotas. Los
celotas, movimiento terrorista, en tiempo de Jesús, no se limitaban a esperar
el Reino de Dios; querían intervenir por la fuerza, la violencia, y tuvieron
que preguntarse por qué no actuaba Jesús.
a) Tuvieron que preguntarse por qué no
actuaba Jesús, como se esperaba que actuara el Mesías, a eliminar a los
pecadores y a establecer una comunidad pura y santa. Ellos así lo deseaban. Pero
viene Jesús, y admite entre los suyos trigo y cizaña, como veremos un día,
aunque nosotros tampoco queramos admitirlo.
b) Por otra parte se preguntarán porque
Jesús no da la señal para la liberación de Israel. Hay que actuar, hay que
liberarse de los romanos. Jesús, ciertamente los defrauda; vienen a hacerle Rey
y Él se escapa.
Con esta
parábola Jesús responde porque lo hace así. Según Jesús, lo que hay que hacer
es sembrar el Reino de Dios, el crecimiento de ese Reino ya no depende de
nosotros. Entonces la enseñanza de la parábola sería ésta: Con la misma
seguridad, conque una vez realizada la siembra, llega a término la cosecha, sin
intervención del sembrador, de la misma manera, una vez de sembrar el Reino de
Dios hay que esperar pacientemente la hora en que ese Reino llegue a su
madurez, a su plenitud. Por lo tanto, la parábola nos descubre que la fuerza
que hace crecer y llevar a plenitud el Reino de Dios, no es la nuestra, no es
nuestra contribución ni la intervención humana. El mismo Reino de Dios tiene
fuerza, su fuerza, como la tiene la semilla.
De otra
manera: la fuerza del Reino de Dios no está en el que lo anuncia, sino en el
mismo Reino; el éxito del Evangelio no está en el mensajero sino en el mensaje,
lo cual es tremendamente consolador. De ahí también el que seamos conscientes
de nuestra responsabilidad para anunciar y vivir de verdad el Evangelio. Este
tiene la única garantía del triunfo; nuestras ideas llegarán a triunfar.
Nosotros desapareceremos, pero el Evangelio seguirá renovando el mundo.
Sin embargo,
la parábola no es una invitación a la pasividad; no creamos que podemos
quedarnos tranquilos porque el Evangelio ha de crecer sin que sepamos cómo.
Como la
semilla debe ser sembrada, también el Reino de Dios debe ser activamente
sembrado, de lo contrario no crecerá; pero una vez sembrado, nuestra postura
tiene que consistir en esperar con fe y alegría la cosecha, aunque de momento
no la veamos. El Reino de Dios llegará a su hora; se dirá: “ha llegado la
siega”.
La aplicación de la parábola
Hoy, como
siempre, la parábola es una invitación a la esperanza, pero sobre todo en estos
tiempos, hay que evitar cuidadosamente cualquier presentación que sugiera una
postura tranquila, pasiva, inactiva.
La parábola no
se detiene a describirnos como hay que sembrar, pero nos dice que hay que hacerlo,
seguros de que llegará la cosecha. Solo el que siembra puede esperar la
cosecha, no los demás. No debemos angustiarnos porque ahora no veamos el fruto,
pero sí, por lo que no hacemos. Cada uno debe responder de como siembra, sin
preocuparse tanto del resultado. ¿Por qué nos preocupamos tanto de que lo demás
falla? ¿Por el celo de Dios? ¿Por qué? Tenemos que realizar toda nuestra
actividad terrestre sabiendo que la siega llegará. Toda nuestra vida debe ser
una constante siembra. Jesús, al hablar de la siega, se refiere a la
escatológica a algo que no es de aquí. Nuestra siembra solo se convertirá en
definitiva si es evangélica. Debemos pues pensar en lo que sembramos; sembramos
amargura o anti-evangelio, no habrá siega.
Una vez más,
sólo el Evangelio llegará a la cosecha. Esta parábola recuerda un texto de San
Pablo a los Gálatas: “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno
siembra, eso cosechará; el que siembra en su carne cosechará corrupción; el que
siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de
obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos” (Gál. 6, 7-9).
Resumiendo. En
estas parábolas, Jesús quiere recalcar que, en esta vida, el Reino de Dios
aparece como algo insignificante, pero dentro de esa insignificancia hay oculta
una fuerza extraordinaria que culminará en el éxito final. Ante las
dificultades, obstáculos, resistencias e impaciencias de todo tipo, la
comunidad cristiana debe anunciar, predicar y vivir el Evangelio con la misma
esperanza de Jesús que no quedó defraudado. JAP
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