domingo, 17 de junio de 2018

Parábola del grano de mostaza

Parábola que se encuentra solo en Mc. Es una parábola que puede ser peligrosa porque, como veremos podemos pensar que es una invitación a la pasividad, a la inactividad, y nosotros no necesitamos ninguna pasividad.
El Relato
Hay que empezar como siempre: “Con el Reino de Dios sucede como con un hombre, etc., es decir: el Reino de Dios no se compara con un sembrador, sino con una cosecha que llega con toda seguridad, sin necesidad de intervención humana, sin que el hombre sepa cómo; esto es lo más importante. Se nos describe una siembra que termina en cosecha. Y, ¿qué hace el sembrador? Este solamente interviene para sembrar y al final, para recoger la cosecha; y todo el proceso del crecimiento, entre la siembra y la cosecha, se da sin su intervención. El sembrador hace lo suyo: sembrar, y después, esperar a que llegue la cosecha. Así insiste la parábola “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota sin que él sepa cómo”. Hay, pues, un contraste en la parábola.
Hay, primero, una descripción de la pasividad, de la no intervención del sembrador en el proceso del crecimiento; y en segundo lugar, en contraste con esta actividad, el crecimiento. El crecimiento aparece muy destacadamente en la parábola.
De forma progresiva se dice que la tierra, no el sembrador, da fruto por sí misma; primero sale hierba, a continuación espiga, después, trigo abundante y la siega. El que “la tierra de fruto por sí misma sin que él sepa cómo” se explica claramente en la mentalidad semita, porque para un israelita, el crecimiento de las plantas, del trigo, es un proceso misterioso, es algo secreto. El sembrador no puede hacer nada para hacerlo crecer, por lo que el crecimiento debe ser atribuido a la fuerza puesta por Dios en la misma semilla. Todo esto, de manera elemental en cuanto al relato.
La enseñanza de Jesús en la parábola
Esta parábola es una respuesta de Jesús a las dudas que surgen sobre su misión, a la decepción que ha podido provocar Jesús, sobre todo en aquellos que impacientemente esperaban el Reino de Dios y pedían una intervención: eran los celotas. Los celotas, movimiento terrorista, en tiempo de Jesús, no se limitaban a esperar el Reino de Dios; querían intervenir por la fuerza, la violencia, y tuvieron que preguntarse por qué no actuaba Jesús.
a) Tuvieron que preguntarse por qué no actuaba Jesús, como se esperaba que actuara el Mesías, a eliminar a los pecadores y a establecer una comunidad pura y santa. Ellos así lo deseaban. Pero viene Jesús, y admite entre los suyos trigo y cizaña, como veremos un día, aunque nosotros tampoco queramos admitirlo.
b) Por otra parte se preguntarán porque Jesús no da la señal para la liberación de Israel. Hay que actuar, hay que liberarse de los romanos. Jesús, ciertamente los defrauda; vienen a hacerle Rey y Él se escapa.
Con esta parábola Jesús responde porque lo hace así. Según Jesús, lo que hay que hacer es sembrar el Reino de Dios, el crecimiento de ese Reino ya no depende de nosotros. Entonces la enseñanza de la parábola sería ésta: Con la misma seguridad, conque una vez realizada la siembra, llega a término la cosecha, sin intervención del sembrador, de la misma manera, una vez de sembrar el Reino de Dios hay que esperar pacientemente la hora en que ese Reino llegue a su madurez, a su plenitud. Por lo tanto, la parábola nos descubre que la fuerza que hace crecer y llevar a plenitud el Reino de Dios, no es la nuestra, no es nuestra contribución ni la intervención humana. El mismo Reino de Dios tiene fuerza, su fuerza, como la tiene la semilla.
De otra manera: la fuerza del Reino de Dios no está en el que lo anuncia, sino en el mismo Reino; el éxito del Evangelio no está en el mensajero sino en el mensaje, lo cual es tremendamente consolador. De ahí también el que seamos conscientes de nuestra responsabilidad para anunciar y vivir de verdad el Evangelio. Este tiene la única garantía del triunfo; nuestras ideas llegarán a triunfar. Nosotros desapareceremos, pero el Evangelio seguirá renovando el mundo.
Sin embargo, la parábola no es una invitación a la pasividad; no creamos que podemos quedarnos tranquilos porque el Evangelio ha de crecer sin que sepamos cómo.
Como la semilla debe ser sembrada, también el Reino de Dios debe ser activamente sembrado, de lo contrario no crecerá; pero una vez sembrado, nuestra postura tiene que consistir en esperar con fe y alegría la cosecha, aunque de momento no la veamos. El Reino de Dios llegará a su hora; se dirá: “ha llegado la siega”.
La aplicación de la parábola
Hoy, como siempre, la parábola es una invitación a la esperanza, pero sobre todo en estos tiempos, hay que evitar cuidadosamente cualquier presentación que sugiera una postura tranquila, pasiva, inactiva.
La parábola no se detiene a describirnos como hay que sembrar, pero nos dice que hay que hacerlo, seguros de que llegará la cosecha. Solo el que siembra puede esperar la cosecha, no los demás. No debemos angustiarnos porque ahora no veamos el fruto, pero sí, por lo que no hacemos. Cada uno debe responder de como siembra, sin preocuparse tanto del resultado. ¿Por qué nos preocupamos tanto de que lo demás falla? ¿Por el celo de Dios? ¿Por qué? Tenemos que realizar toda nuestra actividad terrestre sabiendo que la siega llegará. Toda nuestra vida debe ser una constante siembra. Jesús, al hablar de la siega, se refiere a la escatológica a algo que no es de aquí. Nuestra siembra solo se convertirá en definitiva si es evangélica. Debemos pues pensar en lo que sembramos; sembramos amargura o anti-evangelio, no habrá siega.
Una vez más, sólo el Evangelio llegará a la cosecha. Esta parábola recuerda un texto de San Pablo a los Gálatas: “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembra, eso cosechará; el que siembra en su carne cosechará corrupción; el que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos” (Gál. 6, 7-9).
Resumiendo. En estas parábolas, Jesús quiere recalcar que, en esta vida, el Reino de Dios aparece como algo insignificante, pero dentro de esa insignificancia hay oculta una fuerza extraordinaria que culminará en el éxito final. Ante las dificultades, obstáculos, resistencias e impaciencias de todo tipo, la comunidad cristiana debe anunciar, predicar y vivir el Evangelio con la misma esperanza de Jesús que no quedó defraudado. JAP

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