Texto del Evangelio (Jn 6,51-58): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo,
bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo
le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Discutían entre sí los judíos
y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En
verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no
bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es
verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi
sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha
enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es
el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron;
el que coma este pan vivirá para siempre».
«Yo soy el pan vivo, bajado del
cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre»
Comentario: Rev. D. Antoni CAROL
i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy continuamos con la
lectura del Discurso del pan de vida que nos ocupa en estos domingos: «Yo soy
el pan vivo, bajado del cielo» (Jn 6,51). Tiene una estructura, incluso
literaria, muy bien pensada y llena de ricas enseñanzas. ¡Qué bonito sería que
los cristianos conociésemos mejor la Sagrada Escritura! Nos encontraríamos con
el mismo Misterio de Dios que se nos da como verdadero alimento de nuestras
almas, con frecuencia amodorradas y hambrientas de eternidad. Es fantástica
esta Palabra Viva, la única Escritura capaz de cambiar los corazones.
Jesucristo, que es
Camino, Verdad y Vida, habla de sí mismo diciéndonos que es Pan. Y el pan, como
bien sabemos, se hace para comerlo. Y para comer —debemos recordarlo— hay que tener
hambre. ¿Cómo podremos entender qué significa, en el fondo, ser cristiano, si
hemos perdido el hambre de Dios? Hambre de conocerle, hambre de tratarlo como a
un buen Amigo, hambre de darlo a conocer, hambre de compartirlo, como se
comparte el pan de la mesa. ¡Qué bella estampa ver al cabeza de familia
cortando un buen pan, que antes se ha ganado con el esfuerzo de su trabajo, y
lo da a manos llenas a sus hijos! Ahora, pues, es Jesús quien se da como Pan de
Vida, y es Él mismo quien da la medida, y quien se da con una generosidad que
hace temblar de emoción.
Pan de Vida..., ¿de
qué Vida? Está claro que no nos alargará ni un día más nuestra permanencia en
esta tierra; en todo caso, nos cambiará la calidad y la hondura de cada
instante de nuestros días. Preguntémonos con honestidad: —Y yo, ¿qué vida
quiero para mí? Y comparémosla con la orientación real con que vivimos. ¿Es
esto lo que querías? ¿No crees que el horizonte puede ser todavía mucho más
amplio? Pues mira: mucho más aun que todo lo que podamos imaginar tú y yo
juntos... mucho más llena... mucho más hermosa... mucho más... es la Vida de
Cristo palpitando en la Eucaristía. Y allí está, esperándonos para ser comido,
esperando en la puerta de tu corazón, paciente, ardiente como quien sabe amar.
Y después de esto, la Vida eterna: «El que coma este pan vivirá para siempre»
(Jn 6,58). —¿Qué más quieres?
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