Sacerdotes y
Mártires, 01 de Septiembre
Fecha de beatificación: 25 de marzo de 2017,
durante el pontificado de S.S. Francisco.
Juan José Egea Rodríguez
Bautizado el mismo día de su nacimiento en la Iglesia
Parroquial de san Ramón Nonato de Zurgena, su pueblo, ingresó en 1889 en el
Seminario de Almería. El 9 de junio de 1900 fue ordenado presbítero y enviado a
la coadjutoría de Cantoria. Tras cinco años fue nombrado Coadjutor de Vera.
En 1907, tras dos años en Vera, realizó una permuta
para ocuparse de la coadjutoría de su pueblo natal. A Zurgena entregaría el
cuarto de siglo que le restaba. Su sobrina Juana decía que: «De mi tío guardo
un recuerdo muy bueno, pues con nosotros se portó como un padre; yo me crié
junto con mis hermanos con él. Mis padres murieron dejándonos muy jóvenes,
sobre todo a mí. Cuando iban los pobres a pedirle aceite, harina, patatas... de
lo que tuviera, se iban siempre con el capazo lleno. Era muy cariñoso con
todos. Los domingos decía Misa en Palacés; iba en una borrica pequeñita que
tenía, y aunque cayeran chuzos de punta no dejaba de ir».
Quisieron prohibirle ejercer su ministerio con la
Persecución Religiosa, pero contestó: «Sí alguien viene a bautizar a su hijo, o
vienen a casarse porque quieren, mi obligación es atenderles, porque soy
sacerdote». Fue detenido en las primeras horas del 1 de septiembre de 1936, a
sus cincuenta y nueve años, y preso en La Alfoquía.
Liberado a las pocas horas, su sobrina recordaba
que: «Al llegar a casa nos dijo: “De esta nos hemos librado, veremos que sucede
la próxima vez”. Por la tarde, a las cinco más o menos, fueron a buscarlo
nuevamente a casa y ya no volvió. Lo llevaron, junto con otros cuatro
sacerdotes, a los pozos de Tabernas. Según contaron a mi cuñado unos vecinos de
Tabernas, todos murieron gritando: ¡Viva Cristo Rey!”»
Andrés Iniesta Egea
Recibió las aguas bautismales el mismo día de su
nacimiento en la Iglesia Parroquial de san Ramón Nonato de Zurgena, su
pueblo natal. Educado con fervor por su familia, a los diez años se marchó al
Seminario de san Fulgencio de Murcia en 1887. Trasladado al Seminario de
Almería, fue ordenado presbítero el 6 de junio de 1903 y celebró su primera
Misa dieciocho días después.
Nombrado Coadjutor de Purchena, dos años después
pasó a la coadjutoría de Turre. En 1907 fue Coadjutor de Serón y, tras
opositar, tomó posesión de la Parroquia de san Sebastián del Marchal de Lubrín
en 1912. En 1919, después de ocuparse de Torrentes durante unos meses, fue nombrado
Párroco de Fuencaliente. Párroco de Somontín en 1929, en 1935 regresó a la
Parroquia de Fuencaliente.
Presbítero muy piadoso y enamorado de la Madre de
Dios, nunca acopió bienes materiales: «Lo que tengo es para los pobres». Cuando
solían advertirle que se mostrara más prudente ante los laicistas, solía
responder: «Es usted un cobarde; no tendría yo tal dicha de morir mártir».
Como recuerda doña Dolores Membrive, al estallar la
Persecución Religiosa, el siervo de Dios: «No consistió quitarse la sotana ni
renunció a salir a la calle, continuó realizando sus visitas a los enfermos y
ancianos, celebrando la Misa cada día. Los mismos revolucionarios del pueblo lo
respetaban y le decían que no temiera nada de ellos, que era buena persona y
que no le harían daño».
Asustados, sus familiares se lo llevaron el 27 de
julio de 1936 a Zurgena. Antes de llegar, se detuvo para confesarse en Alcóntar
y dijo: «Una vida tengo y ésta la quiero para Dios. Si en esta persecución Dios
me llama a su seno, bendito sea». Junto a cuatro presbíteros de su pueblo
recibió el martirio a los cincuenta y nueve años de edad.
Antonio Lorca Muñoz
Bautizado el día después de su nacimiento en la
Iglesia Parroquial de san Ramón Nonato, su pariente doña Antonia Parra recuerda
que: «Vivió una infancia muy mala porque su madre falleció cuando él y sus dos
hermanas eran aún pequeños; después falleció también su hermana menor; mi madre
y mi tío tuvo que hacerse cargo de las tierras y trabajar en ellas porque el
padre no sabía realizar este trabajo».
El 17 de diciembre de 1910, tras estudiar en el
Seminario de Almería, fue ordenado presbítero en la capilla del Palacio
Episcopal. Cinco días después celebró por vez primera la Misa en su pueblo
natal. Su primer destino fue la capellanía de la Virgen del Socorro de Tíjola.
En 1913 fue nombrado Coadjutor de Taberno y en 1916, regresó a la coadjutoría
de Tíjola.
El 21 de febrero de 1920 tomó posesión de la
coadjutoría de santa María de Albox, donde permaneció el resto de su
ministerio. Aunque quedó casi ciego, no cesó su apostolado y creó el primer
centro de la Acción Católica almeriense en la ermita de Nuestra Señora del
Carmen del Llano de los Olleres. Don Diego Granados, un antiguo feligrés, decía
que: «Era un hombre muy cariñoso, afable, caritativo, comunicativo. Los jóvenes
anhelaban confesarse con él. Él se sentaba todos los días en el confesionario
antes de la Misa. Daba catequesis, hacía apostolado y atraía la gente hacia
Dios».
Con gran llanto se trasladó a Zurgena, cuando
arreció la Persecución Religiosa. El 1 de septiembre de 1936, por estar muy
enfermo, no fue detenido junto a los otros cuatro presbíteros de su pueblo.
Regresaron por él más tarde y, a sus cincuenta años, murió mártir antes de
llegar a los pozos.
Su sobrina narra que: «Cuando la gente se enteró de
que lo habían matado vinieron a casa algunas familias humildes para devolver el
dinero que mi tío les había prestado; mi abuela no consintió aceptar, les digo
las gracias y les dijo que mi tío tampoco lo hubiera aceptado».
Pedro Meca Moreno
Su padre, el farmacéutico del pueblo, lo llevó a
bautizar un día después de su nacimiento en la Iglesia Parroquial de san Ramón
Nonato. Llevado por su vocación, ingresó en el Seminario de Almería. Recibió la
ordenación presbiteral el nueve de junio de 1906 en Guadix y, cuatro días
después, celebró por primera vez la Misa en su Parroquia natal.
Coadjutor de Zurgena los dos primeros años de su
ministerio, los tres siguientes ocupó la coadjutoría de Pulpí y regresó a su
pueblo como Ecónomo en 1913. Ese mismo año fue nombrado Párroco de Derde y, en
1920, de Sierro. Sólo permaneció allí medio año, pues una grave afección
cardíaca le hizo regresar a su pueblo natal.
Presbítero pacífico y amado por sus paisanos, en su
casa acogió a sus hermanas solteras y a sus sobrinos. Consciente de los ataques
laicistas, tras oficiar el funeral de un niño dijo: «Consolaros y ved que el
Señor se lo lleva para quitarle de tanta desgracia como se avecina, pues vienen
tiempos muy malos».
Al ver como se quemaban las imágenes religiosas por
la Persecución Religiosa dijo: «Detrás de ellos vamos nosotros». Al Siervo de
Dios don Andrés Iniesta le comentó: «Qué dicha más grande ser mártires de
Cristo; eso son cinco minutos, no más, y la Gloria para siempre». La mañana del
1 de septiembre de 1936, fue detenido salvajemente en su hogar ante sus
horrorizados sobrinos. Alcanzó la palma del martirio con cincuenta y tres años
de edad, durante el trayecto hacia el pozo de la Lagarta donde arrojaron su
cuerpo.
Su sobrina doña Eulalia cuenta que: «Al terminar la
guerra enfermé de tuberculosis y estuve muy mal, en ambos pulmones. El médico,
cuando al poco tiempo vio que mejoraba, asombrado me dijo: “Tú tienes que tener
un Santo en el Cielo que está rogando por ti”».
Agustín Navarro Iniesta
Bautizado a los dos días de su nacimiento en la
Iglesia Parroquial de san Ramón Nonato y estudió, primeramente, con su padre
que era maestro. En 1916 ingresó en el Seminario de Almería, trasladándose al
de Murcia en el curso siguiente y luego al de Orihuela por sus enfermedades.
Retornó al de Almería en 1924.
Ordenado presbítero el veintinueve de mayo de 1926,
marchó a Totana donde residían sus padres para cantar su primera Misa en la
Iglesia Parroquial de Santiago. Coadjutor de Carboneras, pasó a la coadjutoría
de Sorbas en 1929. Se incardinó en la diócesis de Madrid – Alcalá en 1932,
siendo nombrado Ecónomo de Mangirón. Tres años después pasó a la coadjutoría de
Carabanchel Bajo y Capellán del colegio de la Santa Cruz.
Con valentía, el 13 de julio de 1936 ofició un
responso en el Cementerio del Este de Madrid ante el cadáver de don José Calvo
Sotelo. Asustada su madre por las consecuencias de su piedad, toda la familia
regresó a Zurgena buscando refugio. Allí fue detenido y lo dejaron marchar a su
casa a las pocas horas. Más tarde fueron a buscarlo y el presbítero, de tan
sólo treinta y cuatro años, abrió la puerta y se despidió de su madre: «¡Hasta
el Cielo! Gracias a Dios que me concede la gracia de morir mártir por Él». Fue
martirizado junto a otros cuatro presbíteros de su pueblo.
El Patriarca Eijo Garay escribió a su familia: «Nada
tienen que agradecerme por los favores que dispensé a su hermano, pues era un
santo y celoso sacerdote y merecía todo el cariño del Prelado». Su biógrafo, el
padre capuchino Jesús María de Orihuela, escribió: «Ha pasado de esta vida a la
eterna adornado con la estola de la inocencia de que se vistió en el bautismo».
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