“Vamos a
matarlo y nos quedaremos con su herencia. Le echaron mano, lo sacaron del
viñedo y lo mataron”.
En estas
palabras con las cuales Jesucristo cierra la acción de los viñadores sobre el
hijo y, sobre todo, lo que el dueño de la viña había proyectado respecto a este
terreno, también está encerrando qué es lo que sucede en los corazones de los
viñadores.
Los viñadores
homicidas no solamente es una parábola de la crueldad de los hombres para con
Dios y para lo que el Señor nos va pidiendo a todos nosotros, sino que también
es un reclamo al corazón del hombre, a nuestra libertad y a nuestra voluntad
para que también nos preguntemos si en nosotros puede haber esta misma
intención de homicidio.
Nos podría
sonar como algo extraño, algo lejano, algo apartado de nosotros, pero tenemos
que cuestionarnos con mucha claridad para ver si efectivamente esta voluntad de
no darle a Dios lo que de Dios es, es algo alejado de nosotros, o si por el
contrario, es voluntad nuestra dar siempre a Dios lo que de Dios es.
Todo el
problema de estos viñadores homicidas no nace de una crueldad con respecto a
los enviados; porque los viñadores homicidas son conscientes de que los
enviados no son sino una parte del contrato que se había hecho con el dueño de
la viña. El problema de los viñadores homicidas es que quieren quedarse con la
herencia. Una voluntad torcida, una voluntad totalmente pervertida es la que va
a hacer que los viñadores se conviertan de arrendatarios en homicidas.
Que no nos suene
muy lejano esto, que no nos suene muy apartado de nosotros, que por el
contrario, sea para nosotros una pregunta: ¿En qué nos va convirtiendo nuestra
voluntad?, ¿qué es lo que va haciendo de nosotros?, ¿qué es lo que va
realizando en nuestra vida? Ése es el punto más importante, el punto más serio
en el cual nuestra existencia puede torcerse o encaminarse hacia Dios nuestro
Señor.
¿Nuestra
voluntad y nuestra libertad hacia dónde y hacia qué están orientadas? ¿Hacia
dónde estamos orientando nuestra voluntad? ¿Hacia lo que Dios quiere, hacia el
ser capaces de dar los frutos que Dios nos está pidiendo? ¿O estamos orientando
nuestra voluntad hacia el quedarnos injustamente con la herencia? Es una
disyuntiva que se nos presenta todos los días y que va forjando nuestra
personalidad, porque de esa disyuntiva va a acabar dependiendo el que nosotros
vivamos de una forma coherente o incoherente con lo que Dios nuestro Señor nos
va pidiendo.
Cuántas veces
—y de esto somos generalmente muy conscientes—, Dios nuestro Señor pide ciertos
cambios de comportamiento en nuestra alma, que son los frutos. Cuántas veces,
Dios nuestro Señor pide que le devolvamos en la medida en la que Él nos ha
dado.
Y si Dios fue
el que hizo todo: Él es el que cavó, rodeó la cerca, construyó la torre y
plantó la viña, a nosotros nos toca simplemente trabajar la viña del Señor. Si
a Dios no le regresamos lo que nos dio, estamos como esos viñadores:
quedándonos o queriéndonos quedar con la herencia. Lo cual, a la hora de la
hora, no es sino un deseo en sí mismo frustrado, vano e inútil.
Está en
nuestra voluntad el decidirnos por dar a Dios lo que es de Dios o quedarnos
nosotros con lo que es de Dios. Para eso tenemos que estar revisando
constantemente nuestra voluntad; revisando si nuestras obras, nuestras
reacciones, nuestros deseos, son auténticamente cristianos, o si por el
contrario, son simplemente manifestaciones de un deseo que quizá no está
todavía orientado a Dios nuestro Señor.
Los viñadores
habían trabajado no para el dueño de la viña, sino para ellos mismos. A los
viñadores no les importaba el fruto del dueño de la viña, les importaba el
fruto para ellos. Nuestra vida, ¿para qué trabaja?
Cuando se nos
presentan cuestionamientos, preguntas, inquietudes, ¿a quién le damos los
frutos? ¿A Dios? ¿O se los damos a nuestro egoísmo, a nuestro afán de autonomía
o a nuestro afán de manejar las cosas como a nosotros nos gusta manejarlas?
Ciertamente
que nos damos cuenta de que no está bien. No es que nuestra inteligencia se
ciegue, pero nuestra voluntad pasa por alto todo esto. Como la voluntad de los
viñadores pasó por alto el hecho de que el hijo era el dueño de la herencia.
Esa frase tan llena de cinismo: “Venid, éste es el heredero. Vamos a matarlo y
nos quedaremos con su herencia”, encierra muchas veces el mecanismo de nuestra
voluntad que, iluminada por la inteligencia, descubre perfectamente a quién le
pertenecen las cosas, de quién es la vida, de quién es el tiempo, de quién son
nuestras cualidades. Descubre perfectamente que determinada reacción no es todo
lo cristiana que debería ser; descubre perfectamente que determinado
comportamiento no está respondiendo adecuadamente a lo que Dios le pide, pero
usa este mismo mecanismo: “Éste es el heredero. Vamos a matarlo y a quedarnos
con la herencia”.
Esto es
pavoroso cuando aparece en el alma, porque indica la absoluta perversión de la
voluntad. Cómo nos puede extrañar después, que en nuestra vida haya
comportamientos negativos, comportamientos que difieren de la voluntad de Dios,
cuando ese mecanismo está funcionando con una relativa frecuencia en nosotros;
cuando nuestra voluntad no ha sido capaz de purificarse para ser capaz de
romper, de quebrar ese mecanismo en nuestra alma; cuando cada vez que vemos al
heredero lo queremos matar para quedarnos con la herencia.
Tenemos que
ser muy inteligentes para descubrir en nuestra voluntad que ese mecanismo está
funcionando. Pero tenemos que ser también muy firmes y constantes en nuestra
purificación personal para ir eliminando, una y otra vez, ese mecanismo de
nuestra voluntad. Mecanismo que nos lleva siempre, y de una manera ineludible,
a la más tremenda de las desgracias, que es perdernos a nosotros mismos.
“Dará muerte
terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores”. Para lo
que tú existes como viñador es para trabajar el viñedo. Y Dios quitará el
viñedo a esos viñadores. ¡Qué tremendo es correr en vano! ¡Qué tremendo es
vivir en vano! ¡Qué tremendo es ver pasar los días, pasar los años, ver cómo el
calendario va corriendo por nuestra vida y no haber todavía dejado de correr en
vano!
Ojalá que esta
Cuaresma sea para nosotros un momento de particular iluminación por parte del
Espíritu Santo para que, efectivamente, descubramos dónde y en qué estamos
corriendo en vano, dónde y en qué nuestra voluntad todavía no es capaz de
superar el mecanismo de viñador homicida. ¿Por qué, cuando vemos perfectamente
quién es el heredero, en nuestro interior todavía aparece el interés por
arrebatarle la herencia y quedarnos nosotros con ella? Como cristianos, como
miembros de la Iglesia no podemos seguir jugando con el Dueño de la viña.
¡Qué
importante es que nos iluminemos para poder iluminar; que nos aclaremos para
poder aclarar; que nos purifiquemos para poder purificar! Hagamos de esta
Cuaresma un camino de conversión y de orientación de nuestra voluntad hacia
Dios nuestro Señor para que Él y solamente Él, sea el que se lleve los frutos
de nuestra viña. CS
No hay comentarios.:
Publicar un comentario