Manuel, Sabel e Ismael, Santos
Mártires, 17
de Junio
Santo Tradicional - No incluido en el actual
Martirologio Romano
Martirologio Romano: Los Santos Mártires Manuel, Sabel e Ismael, en Calcedonia; los cuales
yendo por embajadores del rey de Persia para tratar las paces con Juliano
Apóstata, quiso éste obligarlos a que adorasen los ídolos; pero rehusando ellos
obedecer, y manteniéndose constantes en confesar a Jesucristo, fueron
degollados († 362)
Es común dar por supuesto que con la paz concedida
a la Iglesia por el emperador Constantino en 313 por el Edicto de Milán
terminaron las persecuciones del Imperio Romano contra los cristianos, pero
esto supondría olvidarse de Juliano el Apóstata, que si ha pasado a la historia
con ese apodo es porque a pesar de haber sido educado en la fe cristiana, optó
por volver al culto de los antiguos dioses del Imperio, lo que implicó nuevas
víctimas, entre las que se encuentran San Manuel, al que no podemos separar de
sus hermanos y compañeros San Sabel y San Ismael.
Los autores del “Acta Sanctorum”, conocidos como
los Bolandistas, por haber sido el jesuita P. Juan Boland (+ 1665) el iniciador
de la ingente obra de recopilar con espíritu crítico toda la documentación
auténtica relativa a los santos, dedican siete páginas, en el tomo III de
Junio, a recoger el texto griego y la versión latina de unas Actas de estos
mártires según un manuscrito conservado en la Biblioteca Vaticana. Aunque
parece ser que estas Actas son tardías, son sin embargo la fuente más
importante de que disponemos sobre estos mártires y por ello la que sigue el
clásico Año Cristiano del jesuita Juan Croisset Manuel, Sabel e Ismael eran
tres hermanos persas; aunque su padre era pagano, su madre, cristiana, los
educó en la fe de Jesucristo con la ayuda de un presbítero. Aparte de sus
virtudes cristianas y su sólida formación, poco más sabemos de su vida;
únicamente, los suponemos cercanos a la corte de su soberano, al que las Actas
dan el nombre de Baltano.
El texto del Martirologio que hemos citado anteriormente
ya nos describe su misión: tratar de mediar ante el emperador Juliano para
lograr la paz en la guerra que sostenía con los persas. Sin embargo, su misión
se vio truncada por la negativa de ellos a participar en los sacrificios
paganos que les exigía el emperador. Los tres hermanos trataron de hacer ver la
distinción entre su misión diplomática y sus convicciones personales, pero el
soberano, olvidándose de las inmunidades debidas a los embajadores, mandó
ponerlos en prisión.
Continúan las Actas (y de ello se hace eco
Croisset) refiriéndonos los reproches del Emperador a los santos, tildándolos
de necios, y la respuesta de éstos que no dudan en despreciar a Juliano por
poner su confianza en unos mudos ídolos de piedra. Tras ello, vienen los azotes
por parte de los verdugos y que, colgados de un leño les rasgasen los costados
y les clavasen clavos en los talones, que son acompañados por las súplicas
confiadas de los mártires a Aquél que padeció en la Cruz para salvar al género
humano. A las amenazas siguieron las lisonjas, hechas por separado a los dos
hermanos menores y al mayor, que todos rechazaron categóricamente, por lo que
fueron objeto nuevamente del suplicio del fuego en los costados. Seguidamente,
el tirano mandó clavar a Manuel un clavo en la cabeza y otros dos en los
hombros y que fuera llevado, amarrado junto a sus hermanos, al lugar donde
finalmente serían decapitados. Era el lunes 17 de junio de 362.
Terminan las Actas señalando que la intención del
perseguidor era quemar los cuerpos sagrados de los mártires para privar a los
cristianos de sus reliquias, pero que se produjo un hecho prodigioso que
provocó la conversión de muchos paganos: Se abrió la tierra acogiendo en su
seno los restos venerados, siendo así preservados de su destrucción y
posibilitando que después la comunidad cristiana los recogiera y sepultara
reverentemente. Posteriormente, en tiempos del Emperador Teodosio, se
edificaría una Iglesia en su honor en dicho lugar. Juliano el Apóstata murió en
la guerra contra los persas y es tradición que sus últimas palabras, en
referencia a Jesucristo, fueron: “Venciste, Galileo”.
Aunque sea común representar juntos a los tres
hermanos mártires, en ocasiones encontramos sólo a Manuel; en estos casos lo
identificamos por aparecer con los tres clavos a los que antes nos hemos
referido, en la cabeza y los hombros (o más bien el pecho); algo se ha
difundido su figura especialmente en Portugal por haber llevado su nombre el
rey Manuel I (1469-1521).
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