El corazón humano está hecho para Dios. Así lo explica el Evangelio, así
lo enseña la teología, así lo sentimos en momentos particulares de la propia
vida. Sin embargo, muchos viven como si Dios fuese un extraño, un desconocido,
un obstáculo, incluso un enemigo.
Piensan y deciden cada día como si hubiera mil cosas más importantes.
Dios, al máximo, es visto como si fuera un satélite lejano. Otros lo ven como
un residuo de civilizaciones superadas por el avance de las ciencias y la
tecnología. Otros llegan a pensarlo como un enemigo de la propia libertad, un
obstáculo para la realización personal y social.
¿Por qué ocurre esto? Cada ser humano camina según experiencias e ideas,
encuentros y esperanzas. Lo inmediato se toca y se palpa continuamente. Parece
más real un aparato electrónico o una sopa de verduras que un Ser que vive en
un cielo desconocido, lejano, misterioso.
En cada elección quedamos marcados por lo que hacemos o por lo que
dejamos de hacer. Nuestra mente y nuestro corazón perciben resultados
concretos. El placer refuerza un comportamiento. El dolor nos aparta de lo que
catalogamos como obstáculo para la propia felicidad.
Dios, ¿tiene un lugar en el frenesí moderno? ¿Quedan rendijas en la vida
humana para un ser tan poco visible? ¿No resulta difícil entregar parte de
nuestro tiempo y de nuestro corazón a quien no vemos, ni sentimos, ni palpamos?
La aparente lejanía de Dios, sin embargo, no es suficiente para apagar
una luz interior que brilla en momentos concretos de nuestra vida. Tras un
accidente, una enfermedad, un fracaso en las relaciones con amigos o
compañeros, se hace más palpable que sin un Dios real y cercano la vida sería
simplemente un juego de fuerzas y fortunas donde unos ríen y otros lloran, unos
triunfan y otros sucumben.
¿Es eso el existir humano? ¿O podemos abrir ventanas a horizontes
infinitos, posibles sólo si hay un Dios bueno, omnipotente, interesado por la
vida de cada uno de sus hijos?
Este día tendrá sus momentos de exaltación o sus ratos de angustia. Si
vamos más allá de lo inmediato, si rompemos con apegos a lo material que
encallan el alma en lo que pasa fugazmente, seremos capaces de dejar espacio a
un Dios que busca, que espera, que ofrece, que cura, que salva.
Entonces percibiremos que Dios no es difícil, porque es Alguien cercano,
humilde, lleno de cariño. Tan cercano que el Padre envió a su Hijo al mundo
para salvarlo. Tan humilde que Cristo puso sus manos en un madero y fue
crucificado. Tan lleno de cariño que continuamente me ofrece, respetuosamente,
el consuelo incomparable de su misericordia eterna. FP
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