Lasallista
Mártir, 14 de Septiembre
Martirologio Romano: En
territorio de la Arquidiócesis de Madrid, España, 9 compañeros de la Orden de
los Carmelitas de la Antigua Observancia; y 16 compañeros del Instituto de los
Hermanos de las Escuelas Cristianas, asesinados por odio a la fe. (†
1936-1937)
Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, en Tarragona, durante
el pontificado de S.S. Francisco.
El joven Pedro Bruch se animó a ser Hno. de las Escuelas Cristianas por el ejemplo de su hermano mayor, el venerado Hno. Amancio, fallecido en Bilbao a edad avanzada, después de fructuoso apostolado. Ingresó en el Noviciado, de Béziers. Desde el primer momento se ganó la universal simpatía por su juicio recto y por la bondad de su carácter, cualidades características de toda su vida.
Su imperturbable buen humor y el encanto de su
sonrisa le valieron el gracioso apelativo de “Don Pedro” con el que era
corrientemente conocido. Terminada su probación, el Hno. Atanasio Pedro, pues
este fue el nombre que se le asignó en su toma de Hábito, hizo sus primeros
ensayos apostólicos en el Colegio de San José, de la calle Moncada, en
Barcelona.
Noventa críos esperaban en la clase a este Hermano
principiante de sólo diecisiete años. Fue necesario todo su celo y energía para
dominar tal batallón. Gracias a su constante amabilidad, a su mirada acogedora,
a su palabra breve y concisa, logró sin tardar, con la divina gracia implorada
en sus frecuentes visitas a la capilla, ser como el reyezuelo queridísimo de
sus pequeñitos. Los padres alababan a una las habilidades pedagógicas del
afectuoso profesorcito.
Su traslado fue universalmente sentido. Después de
una corta estancia en el Noviciado, fue en enviado a Manlleu. Inmediatamente se
puso al servicio de todos con su habitual entusiasmo, acompañado de la sonrisa
que emanaba de su alma tranquila y serena. Su juventud vigorosa le permitió
dedicarse a múltiples trabajos. Después de corregir las tareas y preparar las clases,
ayudaba a sus Hermanos en los pequeños trabajos comunes. El Hno. Director creía
halagarle cambiándole de ocupación y por eso lo hacía con toda consideración.
Tanto empeño en el trabajo acabó por alterar su
salud. El Hno. Visitador le envió, en plan de descanso, de nuevo al Noviciado
de Madrid. Su permanencia allí fue de nuevo corta. A la muerte de un Hermano en
Jerez, fue enviado a reemplazarlo. El clima de Andalucía, más propicio a su
salud le permitió trabajar durante siete años en aquel ambiente tan rico en
bondad y sacrificio.
A continuación fue enviado a Madrid como Director
de la Escuela de San Rafael. La experiencia adquirida en medios tan distintos
le permitió superar las dificultades de la dirección del establecimiento.
Situada la Escuela en un barrio pobre de la capital, vivía de las ayudas que
manos generosas del lugar consagraban al sostenimiento de la enseñanza
católica. Pero España acababa de perder las ricas colonias de las Antillas 1898
y sufría una crisis financiera que obligó a los católicos, aún a los más
generosos, a restringir sus limosnas. Por ello numerosas obras caritativas,
entre ellas los establecimientos de enseñanza, comenzaron a sentir
dificultades. Ante las necesidades más urgentes, el animoso Director se
esforzaba sin medida. A ejemplo del Santo Fundador después de las clases, se
iba a una iglesia próxima a pedir al Señor, que alimenta a los pájaros, el pan
cotidiano para los que enseñaban el “camino de la justicia”. Poniendo en
práctica el conocido adagio: “Ayúdate y Dios te ayudará”, después de implorar
el divino auxilio, visitaba a las familias pudientes y volvía con consoladoras
promesas y socorros que bastaban, a lo menos por el momento, para resolver la
economía de la Comunidad. Estimulados por el valor indomable de su Director,
los Hermanos sobrellevaban alegremente los rigores de la pobreza. Si algún día
quedaba un trozo de pan sobre la mesa, el Hno. Anastasio Pedro lo recogía
humildemente para comerlo él en la refección siguiente, mientras los Hermanos
consumían el pan reciente. “Encuentro tan buenos estos restos de la mesa de la
Providencia...”, decía graciosamente.
Bajo apariencia humilde, el Hermano ocultaba un
alma valiente y muy unida a Dios. Se apresuraba al primer sonido del
despertador para ir a la capilla, donde los Hermanos le encontraban en
ferviente oración con frecuencia. Añadía a sus ardientes oraciones las
privaciones voluntarias, las cuales el añadía a la escasez que padecía la
Comunidad. Los que le conocían de cerca sabían de sus cilicios y disciplinas.
Sin embargo el cielo parecía sordo a sus súplicas y
mortificaciones. La penuria de la Comunidad se agrandaba de día en día. Las
mejores puertas y las más numerosas se cerraban ante él. Fue una prueba dura.
La Escuela cambió varias veces de lugar, sin lograr mejoras materiales. Y cada
día se acentuaba su carga para el Distrito. El Consejo administrativo tomó la
decisión de cerrar el establecimiento. No sin tristeza, el Hno. Visitador
notificó la decisión al Hno. Asistente, Louis de Poissy. El prudente Superior,
que conocía el heroísmo de la Comunidad, respondió inmediatamente: “Puede usted
cerrar todas las casas de Madrid, pero no toque la de San Rafael”.
Y así se hizo. La Providencia había a su vez,
recompensando la admirable confianza del Superior mayor y la del Director
local, ofrecido un camino. Un insigne bienhechor del Instituto de los Hermanos,
entusiasta de la enseñanza cristiana, vino por aquellas fechas de Cádiz a
Madrid. Era Su Excelencia Monseñor Félix Soto Mancera, promovido años más tarde
para Obispo de Badajoz. El Hermano Anastasio Pedro no tardó en granjearse las
simpatías del celoso y piadoso prelado. Y fue él quien, admirado de la
abnegación de los Hermanos de San Rafael, puso en juego su ardiente caridad y
su influencia considerable para interesar en esta obra a punto de extinguirse a
la Señora Condesa de Torreanaz, quien salvó a la Escuela de la ruina con la
generosidad que siempre habla tenido con los Hermanos.
Esta señora deseaba vivamente perpetuar por un gran
testimonio de caridad la memoria de su marido, celoso protector de las escuelas
cristianas. Compartió plenamente los proyectos de Monseñor Soto. Adquirió un
vasto solar y edificó a sus expensas un verdadero palacio escolar, el más
hermoso entonces de la capital. Además aseguró la renta necesaria al sostenimiento
de la comunidad.
El diligente Director permaneció largos años al
frente de la casa. Liberado en adelante de las preocupaciones materiales, pudo
dedicarse en exclusividad a la dirección de su importante institución y a la de
las obras postescolares que allí funcionaron. Siguió entre los Hermanos siendo
lo que nunca dejó de ser: el ejemplo vivo de regularidad y de fidelidad a todas
sus obligaciones. Enérgico y fervoroso en la capilla, no consentía allí la
somnolencia durante la meditación. Las Reglas y los sostenes del Instituto eran
los temas preferidos de sus conferencias dominicales.
Trabajador infatigable, participaba en todas las
labores comunes en las Comunidades poco numerosas. Las vísperas de las fiestas
él mismo adornaba la capilla y el salón de actos para las representaciones
teatrales. Su paternal solicitud por mantener entre los Hermanos verdadero
espíritu de familia no le impedía atender al fin exterior, pero esencial del
instituto de La Salle: la instrucción cristiana de la juventud, Cada clase
tenía su plan de estudios y el Hno. Director velaba con particular atención
para que se cumpliera, mediante intervenciones estimulantes.
De tiempo en tiempo daba él mismo la lección de
catecismo en una clase o hacia la reflexión en otra, mientras que los más
pequeños se gozaban en tenerle todos los días algún rato. El mismo preparaba
las composiciones de aritmética o de gramática y dejaba de lado toda otra
ocupación en los exámenes mensuales, para asistir a las pruebas orales, a lo
menos en algunas clases.
Los Hermanos recién salidos del Escolasticado eran
objeto de su particular dedicación. Los primeros meses los guiaba como de la
mano con consejos prácticos y, si no bastaban, asumía él mismo la dirección de
la clase, confiando al joven una división y, a medida que el nuevo maestro
adquiría la experiencia conveniente, el prudente Director se retiraba
progresivamente.
Su larga permanencia en Madrid y sus notables
cualidades pedagógicas y religiosas le dieron considerable notoriedad en el
barrio. El aprovechó la oportunidad para crear un Patronato pronto floreciente.
Jóvenes de toda condición venían los domingos a la misa de la Escuela y oían
una alocución apropiada. Por la tarde volvían para leen para divertirse en el
patio, o para instruirse con los cursos esmeradamente preparados. El rezo del
Rosario y la Exposición del Santísimo cerraban santamente el día. Otras veces
se organizaban sesiones recreativas o interesantes conferencias.
Otra obra que promocionó el Hermano Anastasio Pedro
fue la Asociación de Padres de familia, destinada a asegurar la enseñanza
cristiana y defenderla de un poder arbitrariamente sectario. Robustecida esta
Asociación, supo ingeniarse para salvar su Escuela en las abominaciones
consumadas por la horda incendiaria de 1931, de la que fueron víctimas los
grandes Colegios de España y que creó una ola de terror en tantos corazones.
Después de una estancia en la zona minera de
Asturias, donde dejó el recuerdo de su prodigiosa abnegación en favor de los
humildes, el Hermano volvió a Madrid, teatro de su heroica entrega, pero
también de su triunfo, pues allí esperaba el Señor a este siervo insigne para
darle una corona digna de sus méritos. ¿Podían los enemigos de Dios y de la
patria perdonar a este Santo religioso su total entrega al servicio de las
almas de la clase obrera?
Los Hermanos de la Comunidad de San Rafael vieron
cómo de repente una banda de asesinos ex presidiarios, invadía el gran patio
del Colegio, con una gran descarga de sus fusiles, y tomaban por asalto la
casa. Nos preguntamos cómo los Hermanos pudieron librarse de tan gran peligro.
En cuanto cesó la descarga criminal, pasaron a toda prisa a la casa cercana de
unos amigos del Centro. Allí permanecieron un solo día, alejándose lo antes
posible del barrio, en el que eran muy conocidos.
El Hno. Director, acompañado de otro Hermano, se
refugió en la casa de un Antiguo Alumno, llamado White. Permanecieron algunos
días así recogidos. Luego se acomodaron en una pensión de la calle “Bárbara de
Braganza”. Allí vinieron a buscarles, para conducirlos a la cheka del
Ministerio de Obras Públicas. Ante su petición de proveerse de lo necesario
para su arreglo personal, uno de los milicianos les respondió cínicamente: “¿Para
qué? Os hemos detenido para fusilaros”. Pero no fue así, pues a los tres días
fueron liberados.
El paternal Superior, desde que logró fijar su
domicilio, se preocupó por saber lo que había sucedido a cada uno de los
Hermanos, a fin de ayudarles en la medida de sus posibilidades. En cuanto se
enteraba de una dirección, se apresuraba a ofrecer sus servicios, prodigándose
de tal modo en su afán caritativo que uno de sus Hermanos creyó bueno
aconsejarle mayor prudencia. Entonces se entendió con un joven de su entera
confianza para servirle de intermediario.
Un día, cuando este joven llevaba una pequeña ayuda
a uno de los Hermanos de San Rafael, fue detenido bruscamente por agentes de la
FAI (Federación Anarquista Ibérica) y obligado a declarar de dónde procedía el
dinero que llevaba. Al instante los revolucionarios se dirigieron a la pensión
indicada, detuvieron al Hermano Anastasio Pedro y... ¡misterio!
¿Qué hicieron de su presa? Se adivina fácilmente
cuando se conoce la rabia que animaba a los asesinos. El desgraciado joven cayó
también ante las balas de aquellos forajidos, poco después de la detención del
Hno. Director.
Su cuerpo fue identificado por su familia en el
pueblo de Hortaleza, cercano a Madrid, lo que nos hace presumir que allí mismo
fuera fusilado el Hno. Anastasio Pedro. Su detención fue el 14 de Septiembre de
1936. Tenía 67 años, 52 de vida religiosa y 39 de profesión perpetua.
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