¿La Iglesia católica? Algunos dicen conocerla a partir de lo que han
leído o escuchado aquí o allá. Piensan que es la continuadora de las cruzadas,
la que persiguió a Galileo, la que guarda silencio ante los escándalos de muchos
bautizados, la que olvida a los pobres y se alía con los ricos, la que no es
capaz de comprender que los preservativos salvarían millones de vidas
humanas...
Los que queremos explicar nuestra fe tenemos que responder cientos de
veces a este tipo de argumentos. Está bien aclarar que la Iglesia medieval no
se dedicaba sólo a hacer cruzadas (y explicar bien qué fueron las cruzadas). Es
justo decir a más de uno que Galileo no murió quemado por la Inquisición... O
recordar que hay miles de católicos santos, aunque también otros son pecadores.
O que la Iglesia atiende a millones de pobres... O que el preservativo no es la
mejor solución para prevenir el SIDA, pues son mucho más eficaces la
abstinencia y la fidelidad...
Pero tener que tocar siempre estos temas (u otros parecidos) nos aparta
de lo fundamental, de lo que es propio de nuestra fe: Jesucristo. Lo específico
del cristiano es descubrir que Cristo es el Salvador del mundo, y predicarlo,
como el centro de la buena noticia, para invitar a todos a un bautismo que
perdona los pecados, que nos une como hermanos en la misma Iglesia, que nos
permite recibir el Espíritu Santo, que nos hace hijos del Padre de los cielos.
Esta predicación requiere, además, una preparación de los corazones, un
despertar la sed que todos tenemos pero que a veces pensamos poder saciar en
charcos poco saludables.
En este trabajo previo, tiene una importancia muy grande exponer (en
algunos casos, enseñar casi desde cero) una verdad, un presupuesto
imprescindible para empezar a interesarse por la fe: cada ser humano tiene un
alma espiritual, creada directamente por Dios y llamada a una vida sin fin.
Un sinfín de científicos (algunos de ellos se las dan también de
filósofos) y de pensadores repiten hasta la saciedad que la idea de alma está
superada, que ya no tiene lugar en el mundo de la ciencia, pues no puede ser
vista (menos mal, pues entonces no sería espiritual) por el microscopio. Otros
dicen que el alma es solamente material. Un investigador de inicios del siglo
XX llegó a escribir que el alma humana “pesaba” 21 gramos...
Otros son más sofisticados, y nos repiten que el alma sería un resultado
que “emerge” del sistema nervioso y que desaparece cuando el cerebro se
destruye...
Los que defienden una interpretación materialista de las teorías sobre
la evolución consideran que la idea de espíritu no tiene ya lugar en el mundo
moderno. Somos, repiten una y otra vez, el resultado casual de un proceso de
siglos, sin que exista en nosotros ninguna característica que nos permita
sentirnos “superiores” o más especiales que otros vivientes. Lo único que
podríamos afirmar es que tenemos más capacidad cránica, más neuronas, una mano
un poco particular, y que, por las casualidades del devenir, hemos desarrollado
de un modo simpático y variado tendencias que son las mismas en otros animales.
Pero de espíritu, nada de nada...
Con estos presupuestos, no es extraño que se llegue a ver la fe
cristiana como algo anacrónico, o como un sistema falso, o como una creencia
sin ningún apoyo serio en las “verdades científicas” (como si el alma pudiese
ser estudiada en el laboratorio), o como algo sentimental que usamos a veces a
la hora de afrontar los problemas de la supervivencia...
En realidad, la verdadera fe sólo es posible cuando hemos superado los
límites de la mentalidad materialista, cuando reconocemos que en el hombre hay
algo más (muchísimo más) que neuronas. No somos un complejo sistema de átomos
que interactúan entre sí. Por eso nuestro nacimiento y nuestra muerte tienen
una importancia infinitamente mayor que la que puedan tener esos mismos hechos
en la vida de una pulga o de un delfín.
Para reflexionar en el tema del alma, hay que realizar un trabajo en dos
direcciones bien precisas. La primera: un estudio sereno y profundo sobre el
hombre y sus actos. Así se mostrará claramente que algunas actividades
intelectuales y volitivas no pueden quedar explicadas por las leyes de un
materialismo radical o de un biologicismo determinista. La segunda, a través
del descubrimiento de un Dios (la más “espiritual” entre las realidades
espirituales) que sea capaz tanto de crear un mundo material con leyes capaces
de regir el universo que conocemos, como de permitir que, desde su amor
infinito, haya sido posible que algunos seres espirituales puedan existir y
vivir unidos de un modo sumamente rico y armónico con la materia: que seamos
una unidad hecha de alma espiritual y de cuerpo...
Hay una fórmula del pensamiento antiguo que nos permite ver esta
problemática de un modo sumamente atractivo. Nosotros solemos preguntarnos:
¿cómo un cuerpo puede recibir un alma? Los antiguos preguntaban: ¿cómo un alma
puede recibir un cuerpo? En otras palabras, el alma está en nosotros no como
algo contenido, sino como lo que contiene al cuerpo. Por eso es fácil
comprender que, apenas el alma deja el cuerpo (ese momento, tal difícil de
medir, de la muerte), la armoniosa unidad de nuestro cuerpo vivo inicia el
proceso de descomposición, mientras que el alma pasa a un nuevo estado que no
nos es dado comprender plenamente.
Vale la pena pensar en el alma, profundizar sobre ella. Es un tema de
vida o muerte, sin el cual no llegaremos a apreciar, en toda su riqueza, la
fuerza transformadora y dinámica de nuestra fe, los tesoros que encierra, la
apertura de horizontes que ofrece a los hombres de todos los tiempos y
culturas.
FP
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