Según los evangelios, una de las citas más queridas
de Jesús es ésta del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero
su corazón está lejos de mí”.
Estas palabras me suelen recordar casi
inevitablemente ese momento en el que el sacerdote, al comienzo de la anáfora
eucarística, invita a los fieles diciendo: “Levantemos el corazón» y los
presentes responden: “Lo tenemos levantado hacia el Señor».
¿Será realmente así? Exteriormente, en ese momento
todos nos ponemos de pie, pero ¿levantamos de verdad nuestro corazón hacia
Dios?
En general, los cristianos de occidente cuidamos
poco los gestos litúrgicos y no sabemos vivirlos como expresión viva de nuestra
actitud interior. A veces, ni siquiera sospechamos la fuerza que pueden tener para
elevar nuestro corazón hacia Dios.
Pensemos en esas posturas y gestos sencillos que
adoptamos con tanta rutina en muchas celebraciones.
Ponerse de pie es un gesto que,
naturalmente, significa respeto, atención, disponibilidad. Pero es mucho más.
Es la actitud más característica del orante cristiano que se siente
“resucitado” por Cristo y «levantado” para siempre a la vida.
Ponerse de rodillas es un
gesto de humildad y adoración. Reducimos nuestra estatura y nos hacemos
“pequeños” ante Dios. No queremos medirnos con El. Preferimos confiarnos a su
bondad de Padre.
Sentarse es adoptar una actitud
de escucha. Somos discípulos que necesitamos acoger la Palabra de Dios y
aprender a vivir con “sabiduría cristiana”.
Elevar los brazos con las palmas de las
manos abiertas y vueltas hacia arriba es invocar a Dios mostrándole nuestro
vacío y nuestra pobreza radical.
Inclinar la cabeza es
aceptar la gracia y la bendición de Dios sobre toda nuestra persona. Dejarnos
envolver por su presencia amorosa.
Golpearse el pecho con
la mano es un signo humilde de arrepentimiento que expresa el deseo de romper y
ablandar ese corazón nuestro demasiado duro y cerrado a Dios y a los hermanos.
Darse el gesto de la paz
mirándonos al rostro y estrechando nuestras manos es acoger al hermano y
despertar en nosotros el amor fraterno y la solidaridad antes de compartir la
misma mesa del Señor.
Hacer el signo de la cruz es
expresar nuestra condición cristiana, aceptar sobre nosotros la cruz de Cristo
y consagrar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros deseos a ese
Dios que es nuestro Padre y hacia el cual caminamos siguiendo al Hijo movidos
por el Espíritu. JAP
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