Presbítero y Mártir,
11 de Marzo
Martirologio Romano: En
Esmirna, en Asia Menor, hoy en Turquía, san Pionio, presbítero y mártir, el
cual, según la tradición, fue encarcelado por haber hecho una apología de la fe
cristiana ante el pueblo. Allí, en prisión, con sus exhortaciones animó a
muchos hermanos a soportar el martirio y, después de sufrir varios tormentos,
por medio del fuego alcanzó la muerte por Cristo. (†c.250)
Fecha de
canonización: Información
no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para
archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano,
han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos
que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue
aprobado por el Obispo de Roma: el Papa.
Pionio fue un
presbítero de Esmirna y un genuino heredero del espíritu de San Policarpo.
Hombre elocuente e ilustrado, convirtió a muchísimos a la verdadera fe. Durante
la persecución de Decio, -o la de Marco Aurelio-, fue aprehendido, junto con
Sabina y Asclepíades, al estar celebrando el aniversario de la fiesta del
martirio de san Policarpo. Pionio fue prevenido en un sueño de su inminente
destino. En la mañana, cuando los cristianos estaban tomando el “pan santo” con
agua, fueron sorprendidos y apresados por Polemón, el sacerdote principal del
templo. Durante largos interrogatorios, resistieron todas las solicitaciones
para que ofrecieran sacrificios, y manifestaron que estaban prestos a sufrir
los peores tormentos y aun la muerte, antes que ceder; declararon que adoraban
a un solo Dios y que pertenecían a la Iglesia Católica. Cuando le preguntaron a
Asclepíades a cuál Dios adoraba, respondió “a Jesucristo”. Polemón dijo: “¿es
ese otro Dios?” Asclepíades respondió: “No; es el mismo Dios a quien acaban de
confesar”, clara declaración en esta época primitiva de la consubstancialidad
de Dios Hijo. Sabina sonrió al oír las amenazas de que serían todos quemados
vivos. Los paganos dijeron: “¿sonríes? Entonces serás enviada a los lupanares
públicos”. Ella contestó: “Allí Dios me protegerá”.
Fueron encarcelados
y pidieron que los pusieran en el calabozo menos accesible para poder orar con
más libertad. Por la fuerza fueron arrastrados al templo y se hubo que utilizar
la violencia para obligarlos a ofrecer sacrificios. Resistieron con todas sus
fuerzas, al grado de que, como las actas del martirio relatan, “se necesitaron
seis hombres para subyugar a Pionio”. Cuando les colocaron guirnaldas en la
cabeza, los mártires se las arrancaron; y el sacerdote que tenía la obligación
de llevarles el manjar sacrificial tuvo miedo de acercárseles. Su constancia
reparó el escándalo causado por Eudemón, obispo de Esmirna, que había
apostatado y ofrecido sacrificios. Cuando el procónsul Quintiliano llegó a
Esmirna, hizo que pusieran a Pionio en el potro y que su cuerpo fuera
desgarrado con garfios, y luego lo condenó a la muerte. La sentencia se leyó en
latín: “Pionio confiesa ser cristiano, y ordenamos que se le queme vivo”.
Con ardorosa fe,
Pionio fue el primero en apresurarse para ir al estadio (campo público de
carreras), y ahí se despojó de sus vestiduras. Su cuerpo no mostraba ninguna
señal de la reciente tortura. Subió a la tarima de madera, dejó que el soldado
fijara los clavos, cuando estuvo bien sujeto, el oficial que presidía dijo: “todavía
puedes reflexionar y arrepentirte y se te quitarán los clavos”. Pero él
contestó que su deseo era morir pronto para que más pronto pudiera resucitar de
nuevo. De pie y mirando hacia el oriente, mientras amontonaban a su alrededor
la leña, Pionio cerró los ojos, de modo que la gente creyó que se había
desmayado. Sin embargo, estaba rezando en silencio, y una vez que llegó al fin
de su oración, abrió los ojos y dijo “Amén”, con el rostro radiante, mientras
las llamas se elevaban a su alrededor. Por fin con las palabras “Señor, recibe mi
alma”, entregó su espíritu, tranquilamente y sin dolor, al Padre que ha
prometido guardar a toda alma injustamente condenada. Todo lo anterior parece
el relato de un testigo ocular, quien añade que, cuando el fuego se apagó, “los
que estábamos allí cerca vimos su cuerpo como si fuera el de un robusto atleta;
ni los cabellos, ni las mejillas estaban chamuscados, y su rostro resplandecía
asombrosamente”.
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