La generosidad es una
de las virtudes fundamentales del cristiano. La generosidad es la virtud que
nos caracteriza en nuestra imitación de Cristo, en nuestro camino de
identificación con Él. Esto es porque la generosidad no es simplemente una
virtud que nace del corazón que quiere dar a los demás, sino la auténtica
generosidad nace de un corazón que quiere amar a los demás. No puede haber
generosidad sin amor, como tampoco puede haber amor sin generosidad. Es
imposible deslindar, es imposible separar estas dos virtudes.
¿Qué amor puede
existir en quien no quiera darse? ¿Y qué don auténtico puede existir sin amor?
Esta unión, esta intimidad tan estrecha entre la generosidad y la misericordia,
entre la generosidad y el amor, la vemos clarísimamente reflejada en el corazón
de nuestro Señor, en el amor que Dios tiene para cada uno de nosotros, y en la
forma en que Jesucristo se vuelca sobre cada una de nuestras vidas dándonos a
cada uno todo lo que necesitamos, todo lo que nos es conveniente para nuestro
crecimiento espiritual.
Este darse de Cristo
lo hace nuestro Señor a costa de Él mismo. Como diría San Pablo: “Bien saben lo
generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre
por ustedes, para que ustedes se hiciesen ricos con su pobreza”. Ésta es la
clave verdadera del auténtico amor y de la auténtica generosidad: el hacerlo a
costa de uno.
En el fondo,
podríamos pensar que esto es algo negativo o que es algo que no nos conviene. ¡Cómo
voy yo a entregarme a costa mía! ¡Cómo voy yo a darme o a amar a costa mía! Sin
embargo, es imposible amar si no es a costa de uno, porque el auténtico amor es
el amor que es capaz de ir quebrando los propios egoísmos, de ir rompiendo la
búsqueda de sí mismo, de ir disgregando aquellas estructuras que únicamente se
preocupan por uno mismo. ¡Qué diferente es la vida, qué diferente se ve todo
cuando en nuestra existencia no nos buscamos a nosotros y cuando buscamos
verdadera y únicamente a Dios nuestro Señor! ¡Cómo cambian las prioridades,
cómo cambia el entendimiento que tenemos de toda la realidad y, sobre todo,
cómo aprendemos a no conformarnos con amar poquito!
Esto es lo que
nuestro Señor nos dice en el Evangelio: “Antiguamente se decía: Ama a tu prójimo
y odia a tu enemigo”. Esto es amar poquito, amar con medida, amar sin darse
totalmente a todos los demás. Podríamos nosotros también ser así: personas que
aman no según el amor, sino según sus conveniencias; no según la entrega, sino
según los propios intereses. Cuando Cristo dice: “Si ustedes aman a los que los
aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si
saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso
también los paganos?”, lo que nos está diciendo: ¿no hacen eso también aquellos
a los que solamente les interesa la conveniencia o el dinero? Te doy, porque me
diste; te amo porque me amaste.
El cristiano tiene
que aprender a abrir su corazón verdaderamente a todos los que lo rodean, y
entonces, las prioridades cambian: ya no me preocupo si esto me interesa o no;
la única preocupación que acabo por tener es si me estoy entregando totalmente
o me estoy entregando a medias; si estoy dándome, incluso a costa de mí mismo,
o estoy dándome calculándome a mí mismo. En el fondo, estos dos modelos que
aparecen son aquellos que, o siguen a Cristo, o se siguen a sí mismos.
Ser perfectos no es,
necesariamente, ser perfeccionistas. Ser perfectos significa ser capaces de
llevar hasta el final, hasta todas las consecuencias el amor que Dios ha
depositado en nuestro corazón. Ser perfecto no es terminar todas las cosas
hasta el último detalle; ser perfecto es amar sin ninguna medida, sin ningún
límite, llegar hasta el final consigo mismo en el amor.
Para todos nosotros,
que tenemos una vocación cristiana dentro de la Iglesia, se nos presenta el
interrogante de si estamos siendo perfeccionistas o perfectos; si estamos
llegando hasta el final o estamos calculando; si estamos amando a los que nos
aman o estamos entregándonos a costa de nosotros mismos.
Estas preguntas, que
en nuestro corazón tenemos que atrevernos a hacer, son las preguntas que nos
llevan a la felicidad y a corresponder a Dios como Padre nuestro, y, por el
contrario, son preguntas que, si no las respondemos adecuadamente, nos llevan a
la frustración interior, a la amargura interior; nos llevan a un amor partido
y, por lo tanto, a un amor que no satisface el alma.
Pidámosle a
Jesucristo que nos ayude a no fragmentar nuestro corazón, que nos ayude a no
calcular nuestra entrega, que nos ayude a no ponernos a nosotros mismos como
prioridad fundamental de nuestro don a los demás. Que nuestra única meta sea la
de ser perfectos, es decir, la de amar como Cristo nos ama a nosotros. CS
No hay comentarios.:
Publicar un comentario