Monje Benedictino,
15 de Marzo
Martirologio Romano: En
Roma, junto a San Pablo, en la vía Ostiense, beato Plácido Riccardi, presbítero
de la Orden de San Benito, quien, a pesar de sentirse afectado por fiebres
continuas, enfermedades y parálisis, abrazó incansablemente la observancia de
la Regla y la oración. († 1915)
Observación: En el antiguo martirologio se lo recordaba
el 15 de marzo.
Fecha de beatificación: 5 de diciembre de 1954 por el Papa Pío XII.
Tomás Riccardi nació en Trevi, pequeña ciudad de
Umbría. Su padre fabricaba aceite de oliva y tenía un comercio de especias;
gozaba de una gran fortuna, que le permitió poner a su hijo en el convento para
nobles de Trevi, donde estudió humanidades.
En 1865, fue a Roma para estudiar Filosofía en el
Angélico. Conoció y admiró a los dominicos y a los jesuitas, pero, poco atraído
por el apostolado activo y menos aún por la agitación de la ciudad, se presentó
a la abadía benedictina de San Pablo Extramuros donde ingresó en 1866 y tomó el
hábito benedictino y el nombre de Plácido. Desde un principio, mostró una gran
asiduidad a la oración. Tuvo, por el contrario gran repugnancia por la claridad
de conciencia que contradecía completamente su independencia de carácter; sin
embargo, lejos de obstinarse ante las instancias de su padre maestro,
reflexionó, se humilló, y animosamente intentó practicar esta ascesis tan poco
atractiva. Y fue fiel a esta práctica toda su vida.
Volvió a estudiar la Filosofía y después, la
Teología, a la que se entregó con amor. En 1868, Plácido Riccardi recibió de su
abad la tonsura y las órdenes menores; fue ordenado diácono en 1870, tres días
después de haber entrado el ejército piamontés en Roma. El no había cumplido su
servicio militar, lo que le valió ser arrestado como desertor, y ser condenado
a un año de prisión en Florencia. Puesto en libertad el mismo año, fue enviado
al 57 regimiento de infantería en Livorno. Fue dado de baja en Pisa: el
ejército italiano perdió un soldado, pero la abadía de San Pablo encontró con
alegría a su monje, que fue ordenado sacerdote en 1871.
Don Plácido fue empleado, al principio, en la
escuela de la abadía. Vigilar a infantes turbulentos era un suplicio para un
hombre miope y amante de la paz y del silencio. El clima malsano de Roma acabó
de quebrantar su frágil salud; tuvo crisis de paludismo, que, a pesar de
algunos calmantes, nunca cesaron completamente.
Su abad, sin embargo, se preocupó en darle un
oficio más adaptado a sus gustos: lo nombró ayudante del maestro de novicios,
confesor de las monjas de Santa Cecilia en Roma, después, en 1864, lo envió
como vicario abacial a las monjas de San Magno D´ Amelia. La comunidad,
abusando de la debilidad de una anciana abadesa, se había relajado un poco. Don
Plácido lo tomó muy a mal: no contento con multiplicar sus exhortaciones
públicas y privadas, entró a los detalles de la observancia, suprimió las
pláticas inútiles y las habladurías, y revisó con cuidado el horario del día.
Bien pronto, las hermanas, mostraron un fervor digno de su excelente maestro.
La salud de Don Plácido decaía cada día más, y su
abad le envió para que lo ayudara a un monje alemán, que se consideró también
como el superior. Los campesinos de Sabine no tenían costumbres delicadas e
intentaron desembarazarse del encumbrado personaje, colocando arriba de la
puerta del santuario una viga que debía caerle sobre la cabeza cuando entrara;
el atentado fracasó, pero la iglesia se vio abandonada por los fieles. Don
Plácido se afligió sobre manera al ver aniquilada su obra, su salud sufrió por
ello y su desarreglo intestinal se agravó, al punto de que le fue completamente
imposible celebrar la misa. El 17 de noviembre de 1912, cuando subía una
escalera, un ataque de parálisis, acompañada de convulsiones, lo tiró por
tierra y lo hizo rodar por los escalones de mármol. Su estado pareció tan
grave, que se le administró inmediatamente la extremaunción; sin embargo,
soportó la prueba y se le pudo conducir de nuevo a la abadía de San Pablo
Extramuros.
Quedó paralítico del lado derecho; sus piernas se
encogieron, después se arquearon, y no podía permanecer ni siquiera recostado
sobre la espalda. Acabado físicamente, hizo de sus días una oración perpetua y
no se quejaba jamás, ni reclamaba nada, atento solamente a no molestar o
contrariar a aquellos que se ocupaban de él. Durante este penoso período, tuvo
la alegría de ver con frecuencia a su lado al joven y fiel amigo san Alfredo
Ildefonso Schuster, quien lo había dirigido por los caminos de la perfección
monástica. Don Plácido mostró su confianza al discípulo escogiéndolo como
confesor; Don Schuster obtuvo para su maestro el favor que podía agradarle más:
san Pío X autorizó la celebración de una misa, cada semana, en la celda del
enfermo. Don Plácido, murió dulcemente mientras Don Schuster velaba cerca de
él. Fue beatificado el 15 de diciembre de 1954 por Pío XII.
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