“No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿Qué vamos
a beber?, ¿Con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los
gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo
eso. Buscad primero su Reino y su
justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”.
Si yo eligiera la frase
que con mayor frecuencia Dios me ha introducido en el corazón es: “No tengas
miedo”. Esa frase tan propia de un guadalupano me ha hecho comprender la razón
de mis debilidades. Es por eso que hoy, si el lector me lo permite les comparto
una reflexión acerca de la fe.
Hay ocasiones en las
que tenemos dos opciones a elegir, una buena y una mala. Sabiendo que podemos
elegir entre dos opciones, muchas veces elegimos esa manzana envenenada. ¿Por qué?
Por debilidad podría concluirse, pero Dios no nos pone cruces que no podamos superar. En
el fondo pecamos porque el mal se nos aparece como un bien.
Pero también concluyo basado en la experiencia propia, que otra razón por la que pecamos es el miedo. El miedo
a no recibir ese bien total, pleno y duradero. Obramos en el aquí y en el ahora por
miedo a que ese bien no exista. Habita en nuestro corazón esa idea que la
bondad no tiene trascendencia. Al fin y al cabo, nuestra “muerte” “sepulta” las
cosas buenas o malas que hayamos hecho. Elegir el bien sobre el mal, es un verdadero acto de fe. Es
confiar que, aunque el bien no siempre recompensa de manera inmediata, lo hará,
en esta vida o en la siguiente.
El miedo consume poco a
poco la fe que tienes por Dios, por ti y
tus hermanos. Destruye la esperanza y sobre todo no te permite ser el fuego que
ilumina.
¡Pide más fe! En la oración se encuentra la fortaleza que anhelamos. La
fe es un regalo, y una gracia, y se forja en el deseo de acrecentarla en los
demás.
Es nuestra falta de oración la que no nos permite ver en cada acto en la
presencia de Dios en nuestra vida. El miedo es el demonio tratando de acabar con la esperanza “¡No tengan
miedo! ¡Abrir las puertas a Cristo!” (SS
Juan Pablo II)
Cristo no solamente nos hace mejores personas, sino que nos convierte en
personas nuevas. Cristo no se limita a arreglar las paredes de tu casa, si no
las tira para construir en él un palacio. No tengas miedo a que Cristo tome el control de tu vida.
¡Comparte tu fe! Cuando uno va de misiones, se da cuenta de ello,
siempre se regresa con una fe más firme. Es la seguridad y paz que te permite
ver a Cristo actuando a través de ti. La fe se fortalece, y sobre todo se
vivifica en la extensión del Reino de Dios. No le tengas miedo a entregar todo
a Cristo, Él nunca decepciona.
Cuando veas a tu hermano triste, tienes una oportunidad invaluable de
acrecentar tu fe. Llenémonos de Él, para que podamos compartirlo. El demonio
nos llena de miedo y nos presenta el respeto humano, acuérdate que el mundo te
necesita, Dios no nos creó inmóviles.
En ocasiones el mal, es por causa nuestra. El pecado propio trae como consecuencia el mal. Es
ahí cuando el demonio actúa y dejamos de confiar en la misericordia de Dios.
Acerquémonos a la confesión, no tengamos miedo de reconciliarnos con Cristo.
Acuérdate que Él ya murió por el pecado que cometiste. No vivas en el pasado,
que por delante tienes muchas gracias que Dios te quiere colmar. No nos convirtamos en Judas, no permitamos
que el demonio nos llene de miedo, la misericordia de Dios es infinita. Vivir
en el pasado no nos trae felicidad.
El mal de nuestra vida, no siempre es por nuestra culpa. A veces Dios
permite males (nunca los ocasiona) para acercarnos más a Él. Confiemos
plenamente en la Providencia Divina. Esas cruces de la vida como lo puede ser
una enfermedad, la muerte de un ser querido, la pobreza, es una oportunidad
para acercarnos más Dios ¡No dejemos que el demonio nos tire, la mano de Dios
actúa dando fortaleza y preparando nuestro corazón!
Cuando el mal parezca consumir nuestra vida recordemos que María nos
dijo: “Hijito mío a que vas a tenerle miedo, ¿No estoy aquí que soy tu madre?”
Acerquémonos a María para que ella nos pueda enseñar a seguir el camino de
Cristo. Cuando creas que el sufrimiento sobrepasa tus posibilidades, es como
cuando decía San Pablo, Cristo puede actuar de manera directa: “Pero el Señor me ha dicho: «Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi
poder se muestra plenamente en la debilidad». Así que prefiero gloriarme de ser
débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Y me alegro también de las
debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las
dificultades que sufro por Cristo, porque cuando más débil me siento es cuando
más fuerte soy”. RCF
No hay comentarios.:
Publicar un comentario