Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad.
Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a
fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer: Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y
en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición
incluso antes de que sea plenamente enunciada.
¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios
mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi
cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti. Sólo
Dios sacia.
Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia
humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia
bienaventuranza.
Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero
también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la
promesa y viven de ella en la fe. CI
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