—A mí lo que más me frena es ver cómo algunos han
abandonado su vocación.
La experiencia
personal de ver que otros abandonan el camino emprendido, y los conflictos a
veces inherentes a ese tipo de situaciones, son siempre una experiencia
dolorosa y difícil. Pero hay que saber sacar de todo ello una enseñanza. Cuando
uno ve, por ejemplo, noviazgos o matrimonios que se rompen, lo mejor que puede
hacer es intentar sacar alguna experiencia de aquello para mejorar el propio
noviazgo o el propio matrimonio. Pero ver que otros se rompen no debe llevarnos
a romper el nuestro, ni a renegar del noviazgo o del matrimonio, sino a madurar
nosotros y a procurar acertar en nuestra elección. Además, no todos los
abandonos son iguales. Hay personas que emprenden el período inicial de prueba
que hay en todos los caminos de entrega completa a Dios y, con el tiempo,
comprueban que aquella no era su llamada. Y no hacen mal en dejar entonces ese
camino, igual que no hace mal quien rompe un noviazgo cuando comprende que no
debe casarse con esa persona. Y no por eso ha sido infiel el uno con el otro,
ni ha habido propiamente un fracaso, sino un período de prueba que se inicia y
se concluye con toda normalidad.
—Pero se puede ser infiel también en el noviazgo.
Por supuesto,
un novio puede ser infiel a su novia, o al revés. Pero, si en determinado
momento deciden dejar de ser novios, no por eso han sido infieles, sino que,
simplemente, han decidido suspender un compromiso mutuo que, por su propia
naturaleza, era temporal. Lógicamente, si se rompe un noviazgo por infidelidad
de uno de los dos, o por no haber puesto el empeño y la consideración
necesarias el uno con el otro, quizá esa pareja estuviera llamada a ser un
matrimonio feliz, pero no ha podido llegar a serlo porque uno de ellos, o los
dos, han maltratado su noviazgo. De manera semejante, una vocación al celibato
podría malograrse durante el período de prueba y, aunque no se hubiera llegado
a asumir ningún compromiso definitivo, podría suponer una infidelidad si ese
fracaso se debe a que se ha malogrado la vocación y se ha hecho imposible que
fructificara y se abriera camino.
—En muchos casos, el camino de la vocación se
inicia con bastante poco conocimiento de lo que supone, y me imagino que esa
debe ser la causa de bastantes fracasos.
Es algo que
sucede tanto con el noviazgo como con las etapas de prueba en el inicio del
celibato. De todas formas, tampoco debería llevarse al extremo la cuestión del
conocimiento previo, pues todos sabemos que los matrimonios que han surgido de
un ‘flechazo’, es decir, de un amor descubierto de forma súbita y con poco
conocimiento previo, no tienen por qué ser menos felices o menos estables que
los demás. En el celibato, como en el matrimonio, muchas veces el corazón va
más allá que la inteligencia y, aunque los filósofos digan aquello de que ‘nada
se quiere si antes no se conoce’, en el amor no siempre sucede así.
Tanto el
noviazgo como el período de prueba del celibato son etapas que, por su propia
naturaleza, no tienen carácter definitivo. Todas las instituciones de la
Iglesia tienen unos plazos para comprobar la madurez y la idoneidad de las
personas que manifiestan una posible vocación. Así se les facilita una mayor
libertad de decisión, para que su entrega sea siempre consecuencia de un querer
seguro, consciente y responsable. Y el hecho de que no todos los noviazgos
acaben en matrimonio no debe entenderse como algo trágico, igual que sucede con
el celibato. Es más, Dios puede contar con esos tanteos para ir descubriendo su
camino a una persona.
—Pero la vocación no puede ser algo temporal.
La vocación no
es algo que venga y se vaya, pero quienes están en período de prueba son
conscientes de que, durante esa primera etapa, están todavía en un período de
discernimiento y descubrimiento de su vocación. Creer que Dios les llama, y
desear seguir esa llamada y entregarse a Dios para toda la vida, es
perfectamente compatible con el hecho de que, un tiempo después, algunos puedan
comprobar que no era su camino. Y eso no debe considerarse como un fracaso ni
como un tiempo perdido, sino quizá lo contrario: durante ese tiempo han sido
generosos, han avanzado en su trato con Dios, han recibido una formación y han
luchado por vivir unas virtudes. Todo eso, si se han hecho bien las cosas y si
los planteamientos han sido claros, será una etapa que, sin duda, les ayudará
mucho durante toda su vida. Lo han intentado de buena fe y, al poco tiempo, han
comprendido que no era lo suyo. Bien, no es tan grave. Peor sería percibir una
llamada de Dios, tener una vocación, y no hacer nada, no intentarlo siquiera. También
es posible que, al principio, haya una entrega inicial no demasiado reflexiva,
quizá bastante basada en el entusiasmo, pero que luego madura y se descubre con
todo su calado. Dios premia muchas veces la generosidad de ese primer arrojo de
la entrega algo inmadura con una claridad posterior grande sobre la propia
misión. Así sucede también a quien inicia un noviazgo deslumbrado por algunos
rasgos externos de la otra persona y, luego, descubre su verdadera valía, más
profunda, y se entrega a ella con gran madurez y convicción.
Ahí está, por
ejemplo, el caso de Santa Jacinta, una chica procedente de una familia
adinerada de Viterbo a finales del siglo XVI. Era muy hermosa y aficionada a
lujos y vanidades. Como era bastante superficial y orgullosa, tuvo varios
desengaños amorosos y un buen día dijo que se hacía monja y que se marchaba a un
convento de las hermanas franciscanas. Tenía veinte años. Fue una primera
conversión, pero muy leve, pues en el convento quería seguir teniendo las
mismas comodidades de antes y mostraba bastante poco interés por la vida
religiosa. Cuando tenía treinta años, pasó por una grave enfermedad, con muchos
dolores y grave peligro de muerte. Aquello, junto a la ayuda de un santo
sacerdote, el padre Bernardo Bianchetti, que supo ayudarla a enfrentarse a sus
propios defectos, hizo que se arrepintiera de su vida anterior, hiciera una
confesión general y, desde aquel día, empezara otra vida totalmente distinta.
Aquella sí fue una verdadera conversión. Desde entonces fue una religiosa
ejemplar, muy humilde y sacrificada. Fundó dos asociaciones piadosas que
tuvieron enseguida una gran difusión y, por medio de sus escritos, logró la
conversión de muchas personas. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios
y, después de su muerte, en 1640, se le atribuyeron numerosos favores y
milagros. Su figura ha quedado para la posteridad como ejemplo de una gran
santa que, aunque no fuera nada ejemplar en los inicios de su vocación, supo
ser finalmente muy fiel a ella.
—Por lo que cuentas, durante sus primeros diez
años, más bien se podría haber dicho de ella que no tenía vocación y que estaba
en aquel convento desengañada por sus desilusiones amorosas.
Es una prueba
de que Dios puede hacer que una vocación se abra camino a través de unos
comienzos bastante imperfectos, tanto en el discernimiento de la vocación como
en la correspondencia a ella, y que, pese a todo eso, esa persona alcance
después una gran santidad en ese camino.
Así sucedió
también a San Telmo, que, siendo aún un joven sacerdote, fue nombrado canónigo
de la Catedral de Palencia, y enseguida elevado a la primera dignidad después
del obispo. Era muy inteligente y bien parecido, y eso le hacía ser engreído y
ambicioso. Quiso tomar posesión de su cargo como Deán el día de Navidad, y con
cabalgata sonada, de manera que dispuso organizarlo todo en medio de un gran festejo.
Se encaminaba hacia el templo en un elegante caballo, desenvuelto y arrogante.
El aplauso y los gritos iban creciendo. Estando en el culmen de la aclamación,
cerca ya de la catedral, queriendo lucir tanto el caballo como su pericia de
jinete, clavó las espuelas, y entonces el corcel se encabritó y resbalaron,
cayendo ambos aparatosamente en un lodazal, entre las risas y burlas de
quienes, momentos antes, le aplaudían. El ridículo fue espantoso. Como contaba
luego él mismo, Dios se sirvió de aquello para salir a su encuentro, quebrar un
poco su orgullo, hacerle ver lo vanidoso que era y suscitar en él una
fulminante conversión. Ingresó en el convento de dominicos que Santo Domingo de
Guzmán había fundado poco antes en la ciudad y allí se entregó a la oración, al
estudio y al servicio a los demás. Pasado un tiempo, con sus grandes dotes de
predicador, alentó numerosas conversiones y dedicó mucho tiempo a los pobres y
a los enfermos, hasta su muerte en el año 1246. A pesar de su falta de rectitud
en la primera etapa, tuvo después una vida austera y ejemplar, y ha pasado a la
historia como uno de los santos medievales más populares.
Y no es solo
que un comienzo menos generoso pueda ser enmendado, sino que Dios también puede
ir descubriendo poco a poco sus designios a una persona. Ha sucedido así
también innumerables veces a lo largo de la historia de la Iglesia y de la vida
de los santos. Por ejemplo, San Juan Bautista de la Salle, fundador de los
Hermanos de las Escuelas Cristianas, solo llegó a entender aquello a lo que
Dios le estaba llamando, por etapas, a medida que reflexionaba en la oración
sobre su experiencia acerca de lo que, poco a poco, Dios le iba descubriendo.
El futuro santo llegó a decir que Dios probablemente lo habría asustado si le
hubiera mostrado desde el principio todo lo que quería de él, con el esfuerzo y
las dificultades que supuso la fundación de las Escuelas Cristianas y toda una
vida dedicada a la educación de los hijos de los pobres. Al principio, cuando
su amigo el padre Nyel le pide ayuda para iniciar una escuela gratuita en
Reims, en 1679, Dios le mostró solamente una pequeña parte de lo que quería de
él. Y así empezó todo. Llevado por su generosidad, se implicó en ayudar a su
amigo en esa pequeña obra y acabó descubriendo que Dios quería que él iniciara
otra fundación, mucho más grande, a la que dedicaría la totalidad de su vida y
sus energías.
Dios sale a
nuestro encuentro en el lugar donde estamos y, después, nos guía hacia sitios
que quizá nunca imaginamos y a compromisos en los que jamás habíamos pensado
como posibles. Y en eso no hay ningún engaño, sino una forma de hacer de Dios,
que nos descubre poco a poco nuestro papel y nuestra misión, como hizo con San
Juan Bautista de la Salle, que revolucionó la concepción de la enseñanza, fundó
una congregación que dirige hoy más de mil colegios en todo el mundo y es
considerado por la Iglesia como el patrono universal de los maestros.
—Dices que los fracasos o el mal ejemplo de otros
no deben influirnos negativamente, pero lo cierto es que siempre pesan.
Es verdad. La
vocación es un compromiso con Dios. Si vemos el fracaso de otros, o si
recibimos un mal ejemplo directo, todo eso nos duele, lo sentimos en el alma.
Eso es algo totalmente normal. Pero cada uno debemos mirar, sobre todo, a
nuestro compromiso personal con Dios, y no tanto a la persona que ha dejado
determinado camino, o a la que nos da mal ejemplo, o nos parece que nos da mal
ejemplo.
Santa Teresa
de Lisieux cuenta en su autobiografía el impacto que sufrió en este sentido
cuando, a los catorce años, viajó a Roma en una peregrinación para ver al Papa.
La convivencia durante esos días era estrecha y, como su agudeza juvenil era
grande, fue testigo de los defectos de los sacerdotes que viajaban con ella.
Nada escapaba a su implacable mirada. Pero lo que agobia a los débiles,
galvaniza a los fuertes. ¿Que la debilidad de los sacerdotes es a veces grande?
Pues bien, precisamente por ellos será carmelita: ‘Comprendí mi vocación en
Italia -escribiría tiempo después-. A nosotros nos corresponde, al Carmelo le
corresponde conservar la sal de la tierra’. La pequeña Teresa supo desde
entonces afrontar de forma más madura las desilusiones que siempre produce el
mal ejemplo.
Por otra
parte, hemos de ser prudentes al formarnos una opinión sobre las actuaciones de
las personas, pues solo Dios conoce el interior de cada una. Todos tenemos
defectos, y nuestro deber es procurar superar los nuestros, no limitarnos a
señalar los de los demás, escandalizarnos de ellos y concluir, finalmente, que
eso devalúa nuestro compromiso con Dios. Por otra parte, como idea general, es
mejor tender a fijarse en los buenos ejemplos de los demás. Si buscamos la
referencia del buen ejemplo, del estímulo de otros que son mejores que
nosotros, eso tirará hacia arriba de nuestra vida. Es verdad que también se
puede aprender de lo que nos parece fracaso o mal ejemplo en otros, pero no
debemos compararnos constantemente con otros menos generosos que nosotros para
así sentirnos justificados en nuestra propia mediocridad. Sobre todo, porque siempre
encontraremos gente peor que nosotros, salvo que seamos la persona más malvada
del planeta.
—Pero no debemos compararnos con otros, sino con
lo que nosotros debemos ser, con lo que Dios espera de nosotros.
Por supuesto.
Me refiero a que no debemos entretenernos evaluando los errores o dificultades
de otros, aunque a veces sean innegables y evidentes, si resulta que el
verdadero problema de fondo es nuestra falta de generosidad. Podemos repasar
una y mil veces la eterna lista de ejemplos de personas que abandonaron su
camino, o de las que siguen en él pero de modo poco edificante, pero todo eso
no debería enfriar nuestro diálogo vital con Dios.
—¿Y cómo puede saberse si alguien ha sido infiel o
no?
Solo Dios
puede juzgar la intimidad de un alma, y solo Él puede saber qué sucedió de
verdad en la historia de una presunta infidelidad. Por eso, lo mejor es
ocuparse cada uno, sobre todo, de la propia fidelidad. Cuando una persona
piensa en casarse, no debe retraerse pensando en los muchos casos de roturas o
fracasos matrimoniales que conoce, o de los que ha oído hablar, sino que debe
fijarse, sobre todo, en cómo los matrimonios felices logran serlo. Y todos
sabemos que eso depende mucho de cómo ambos se preocupan día a día de ser
fieles a su vocación matrimonial.
—¿Y, si después de entregarnos a Dios, se ponen
las cosas difíciles y la gente no nos escucha con el interés que esperábamos?
Algo parecido
sucedió a Jesucristo en su paso por la tierra: sabía lo que había que hacer, lo
explicaba maravillosamente, pero se encontró con innumerables obstáculos. Los
hombres se resistían a escucharle, le calumniaron, le persiguieron, le cargaron
una cruz y lo mataron. También nosotros podemos sufrir el zarpazo de la
incomprensión. No siempre, ni la mayoría de las veces, pero tampoco debería
sorprendernos demasiado.
—¿Crees que importa mucho el atractivo que tenga
para nosotros una determinada institución?
La institución
en la que vivamos nuestra vocación y nuestra entrega es importante. Nos aporta
seguridad, compañía, formación, ayuda espiritual, consejo. Pero lo más
importante es que nos hemos comprometido con Dios en ese camino, y nuestra
santidad pasa por esa institución, como la santidad de una persona casada pasa
por la persona de su cónyuge. Pero siempre hay que tener claro que estamos
comprometidos con Dios, que hemos de tener una relación diaria con Dios y que
tenemos que ser amigos de Dios.
—¿Y si es la institución la que pierde un poco su
objetivo sobrenatural y se aleja de Dios?
Lógicamente,
ese peligro existe. Igual que en el matrimonio existen los celos, o el
protagonismo personal, el egoísmo, o muchos otros posibles defectos que
deterioran la convivencia familiar o la relación con otros, en las
instituciones de la Iglesia también hay que estar en guardia ante posibles
relajaciones, envidias, celos, exclusivismos o cualesquiera de las otras
múltiples formas que puede tomar la soberbia o la falta de rectitud, y que
también se pueden presentar en los superiores diocesanos o en los obispos.
Como señaló el
entonces Cardenal Ratzinger, existe también el riesgo de exagerar el mandato
específico que tiene origen en un carisma particular, y vivir entonces la
experiencia espiritual a la cual se pertenece, no como una de las muchas formas
de existencia cristiana, sino como si fuera la más perfecta expresión del
mensaje evangélico, y eso sería un error grave.
Todos esos
peligros son riesgos ligados a la soberbia humana, bastante elementales por otra
parte, de los que todos debemos procurar guardarnos, y sobre los que han
procurado alertar con contundencia casi todos los grandes fundadores a lo largo
de la historia. Leyendo los testimonios de quienes han promovido las obras que
más gloria han dado a la Iglesia, siempre se encuentran esas recomendaciones,
que insisten en la importancia de que los deseos de crecimiento y extensión de
esas fundaciones estén siempre basados en la caridad y en el servicio a Dios y
a las almas, sin conceder protagonismo al propio desarrollo, y sabiendo
alegrarse de que haya muchos otros que trabajen en servicio de Dios, y deseando
que esos otros obtengan cada vez más y mejores frutos.
—¿Y si, al final del período de prueba, sigo
teniendo dudas y no lo veo claro?
Tienes que
verlo suficientemente claro; si no, no debes seguir adelante. Pero debes
hacerlo con toda la honestidad que te sea posible, considerando si esa falta de
claridad que sientes se debe a que no es tu camino, o bien a que has seguido
ese camino sin el empeño necesario. No dejes de considerar que muchos planes de
Dios han quedado sin realizarse por una falta de generosidad enmascarada en un
‘no lo veo claro’. Muchas personas han dejado de recibir ayuda porque quienes
estaban llamados por Dios a una mayor entrega no fueron sensibles a esa
llamada, que casi nunca es rotunda ni apantallante.
Si esa
desconocida adolescente albanesa llamada Ganxhe Bojaxhiu no hubiera respondido
que sí a Dios cuando le pidió ser monja -y pasó a ser la Madre Teresa-, o
cuando después le pidió esa otra ‘llamada dentro de la llamada’, si no hubiera
dicho que sí, hoy millones de manos necesitadas se alzarían inútilmente sin
encontrar respuesta, porque no habría existido la Madre Teresa de Calcuta ni la
institución que ella fundó.
Y si
Maximiliano Kolbe se hubiera dejado vencer por la crisis que, en 1910, le
empujaba a abandonar el seminario franciscano en el que se encontraba, el mundo
no habría tenido su ejemplo heroico de santidad en Auschwitz en 1941, ni
tampoco la institución que fundó y que hoy atiende a cientos de miles de
personas en todo el mundo. Es bastante natural tener dudas, y que esas dudas se
disipen con la ayuda, a veces inopinada, de otras personas. En el caso de
Maximiliano Kolbe, fue una visita imprevista de su madre al seminario. El chico
estaba decidido a explicar a su madre sus dudas y su deseo de dejar el camino
franciscano para seguir la carrera militar, pero, antes de que lo hiciera, ella
le habló con tanta ilusión de la vocación de sus otros hijos, que el pequeño
Maximiliano se encontró fortalecido por el entusiasmo de su madre y aquello
disipó sus dudas y acabó siendo un gran santo, hoy patrono de Europa.
Como decía
Benedicto XVI a un grupo de jóvenes en Cracovia en 2006, el miedo al fracaso a
veces puede frenar incluso los sueños más hermosos. Puede paralizar la voluntad
e impedir creer que exista una casa construida sobre roca. Puede persuadir de
que la nostalgia de la casa es solamente un deseo juvenil y no un proyecto de
vida. Como Jesús, decid a este miedo: ¡No puede caer una casa fundada sobre
roca! Como San Pedro, decid a la tentación de la duda: ‘Quien cree en Cristo no
será confundido’. Sed testigos de la esperanza, de la esperanza que no teme
construir la casa de la propia vida, porque sabe bien que puede apoyarse en el
fundamento que le impedirá caer: Jesucristo, nuestro Señor. AA
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