—¿Entonces, solo somos libres para contestar que
sí o que no?
Nosotros no
decidimos nuestra vocación ni la elegimos, sino que la elige Dios. En ese
sentido, es cierto que a la vocación se responde que afirmativa o
negativamente, pues la vocación es una llamada de Dios desde la eternidad.
Pero esa
llamada no es un hecho aislado, que nos llega en un momento concreto de la
vida, al que se responde que sí o que no, y que a partir de entonces es ya
cuestión cerrada. Esa llamada es una actitud permanente de Dios, que nos va
desvelando su querer con mil pequeñas llamadas cada día. En toda vida hay
momentos de especial lucidez, en los que cada persona advierte con mayor
claridad su posición ante Dios y, con ello, la misión que está llamada a
desempeñar en el mundo. Son momentos en los que toma especial conciencia de su
vocación, pero que han sido precedidos por otros momentos que han preparado el
terreno, y seguidos después por otros que contribuirán a manifestar las
implicaciones del querer divino, interpelando de nuevo a la libertad de esa
persona.
La vocación es
una llamada a la que podemos responder en mayor o menor medida. Cuando
respondemos a una llamada telefónica, abrimos un diálogo, pero, si no tenemos
teléfono, o no respondemos a la llamada, ni siquiera comienza el diálogo. Pero,
si respondemos, se abre entonces una conversación con el Señor, que dura toda
nuestra vida. Un diálogo que está abierto a la libertad de nuestra respuesta,
que está condicionado a cada momento por nuestra generosidad.
En ese
sentido, puede decirse que no hay dos vocaciones iguales, porque Dios pide a
cada uno cosas distintas cada día, como escribió León Felipe: Nadie fue ayer,
ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. No está
todo preconcebido y cerrado. No somos como unas marionetas de Dios, sino que
nuestra vida estará siempre condicionada por la generosidad de nuestras
respuestas. Cada sí nuestro, abre la puerta a nuevos requerimientos de Dios, a
nuevas aventuras de generosidad y de entrega, y con ello a una felicidad cada
vez mayor.
—¿Quieres decir entonces que ser fiel es algo más
que simplemente perseverar?
Exacto. Hay
modos de perseverar que no son fidelidad. Se puede perseverar en el matrimonio
pero no ser fiel. Se puede perseverar en el celibato de un modo que tampoco
debería propiamente llamarse fidelidad. Es verdad que, mientras se persevera,
aunque sea mal, tenemos ocasión de convertirnos y ser fieles a nuestro camino,
pero la perseverancia sin fidelidad es siempre un drama personal.
Al responder
que sí a la llamada inicial de Dios, iniciamos un diálogo: Tú, Señor, me
llamas, y yo me pongo en tus manos. ¿Qué debo hacer, qué hacemos? Según cómo
respondamos, esa conversación con Dios que es nuestra vocación alcanzará mayor
o menor intimidad, mayor o menor fruto. Tenemos incluso la posibilidad de cortar
ese diálogo, de rechazar la vocación. Pero lo que se pierde entonces no es la
vocación, lo que se pierde es la respuesta. En ese caso, nosotros seremos los
principales perjudicados, pues, como escribió Saint-Exupèry, conoces lo que tu
vocación pesa en ti, y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes
que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo
de una fórmula. La vocación es como un árbol que germina y crece, no un hecho
aislado que un día hemos descubierto.
—Pero no siempre dejar un camino concreto de
entrega supone abandonar la vocación.
Lógicamente.
Puede que ese diálogo con Dios nos lleve, con rectitud, a un cambio, a
resituarnos respecto a lo que inicialmente percibimos. Pero eso no es abandonar
la vocación, sino precisar mejor el discernimiento. Por eso, en todas las
instituciones y caminos de la Iglesia existen esos plazos y etapas de prueba,
de los que ya hemos hablado, que permiten ir confirmando ese discernimiento
personal, de manera semejante a como existe el noviazgo antes del matrimonio.
Pero, una vez que han concluido los períodos de prueba, hay un evidente deber
de fidelidad. La llamada divina se percibe en un momento determinado, pero es
desde siempre y para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son
irrevocables (Romanos 11, 28-29). Con
la vocación, el Señor concede los medios para poder descubrirla y para
responder afirmativamente; y después, a lo largo de la vida, otorga las gracias
necesarias para llevar a cabo la misión confiada.
—Pero una persona puede haber hecho inválidamente
esos compromisos definitivos, por falta de madurez psicológica o de
conocimiento.
Eso puede
suceder, por supuesto, como también puede suceder en el matrimonio, donde
pueden darse casos de matrimonios nulos por vicio del consentimiento. Pero,
igual que en el matrimonio existe una presunción a favor del vínculo, también
debe haberla en el caso del compromiso definitivo de celibato.
—Entonces, igual que cuando una persona obtiene la
nulidad ya no puede decirse que no sea fiel, quien obtiene la dispensa o la
anulación de su vínculo de celibato ya no tiene obligación ninguna en ese
sentido.
La comparación
entre el matrimonio y el celibato arroja habitualmente bastante luz, aunque
tiene sus límites, como sucede con cualquier comparación, en la que siempre hay
una parte de similitud y otra de diferencia. Desde luego, si se declara una
nulidad matrimonial de forma honesta y legítima, ya no existe el vínculo
matrimonial, porque, en realidad, nunca existió. Pero, si se recurre a ese
proceso como un subterfugio para obtener algo que no responde a la realidad,
las cosas son bastante distintas. Y con la dispensa del celibato sucede algo
parecido. Pienso que, en todo caso, es Dios quien debe juzgar a cada uno según
sus obras, pues solo Él conoce de modo completo lo que sucede en el interior de
las personas.
—¿Crees entonces que, una vez que se ha adquirido
un compromiso libre y definitivo con Dios, lo que procede en todo caso es
luchar por ser fiel?
Así lo decía
Juan Pablo II en 1995, refiriéndose entonces al caso concreto del sacerdocio. La
vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con una vigilancia
especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta. Cuando en el
trato con una mujer peligrara el don y la elección del celibato, el sacerdote
debe luchar para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa no
significaría que el matrimonio sea algo malo, sino que para el sacerdote el
camino es otro. Dejarlo sería, en su caso, faltar a la palabra dada a Dios. La
oración del Señor: ‘No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’ cobra
un significado especial en el contexto de la civilización contemporánea,
saturada de elementos de hedonismo, egocentrismo y sensualidad. Se propaga por
desgracia la pornografía, que humilla la dignidad de la mujer, tratándola
exclusivamente como objeto de placer sexual. Estos aspectos de la civilización
actual no favorecen, ciertamente, la fidelidad conyugal ni el celibato por el
Reino de Dios. Si el sacerdote no fomenta en sí mismo auténticas disposiciones
de fe, de esperanza y de amor a Dios, puede ceder fácilmente a los reclamos que
le llegan del mundo. ¿Cómo no dirigirme, pues, a vosotros, queridos hermanos
sacerdotes, para exhortaros a permanecer fieles al don del celibato, que nos
ofrece Cristo? En él se encierra un gran bien espiritual para cada uno y para
toda la Iglesia.
—¿Y en los casos en que una persona ha abandonado
una institución para fundar otra?
Así han nacido
numerosas fundaciones que han llenado de gloria la historia de la Iglesia.
Pero, en todos los casos, esas personas han buscado siempre la aprobación de
los superiores jerárquicos competentes -sus autoridades diocesanas o bien la
Santa Sede- para dar ese paso. Y aunque haya habido con frecuencia dificultades
e incomprensiones, que se dan en todas las grandes obras, al final han
demostrado su rectitud y su origen sobrenatural, y han dado ese paso con la
correspondiente aprobación.
—¿Y a qué facetas de nuestra vida afecta la
vocación?
Con la
vocación no nos hemos propuesto, simplemente, hacer unas cuantas cosas buenas.
La vocación es algo que abarca todas las dimensiones de nuestra vida y la
envuelve por completo. No es unirse a otras personas buenas para hacer unas
cuantas cosas buenas; es proponerse cambiar el mundo, mejorarlo, y no porque
seamos superhombres, sino porque así entendemos que lo reclama Dios de
nosotros.
Con la
vocación, cambia la visión de la vida. Si me preguntáis -escribió San Josemaría
Escrivá- cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es
una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de
nosotros. La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de
nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de
nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá,
cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los
sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos a dónde
quiere conducirnos el Señor y nos sentimos como arrollados por ese encargo que
se nos confía.
Esta idea nos
recuerda una reflexión que, siendo aún una niña, se hacía Santa Teresa de
Lisieux. Le gustaba divertirse tomando en sus manos un caleidoscopio, y se
admiraba de cómo aquella especie de catalejo podía producir un fenómeno tan
fascinante. Un día, tras examinar el interior del mecanismo, vio que se trataba
simplemente de algunos pedacitos de papel y lana, echados acá y allá, cortados
de cualquier manera, y tres cristales en el interior del tubo. Esto fue para mí
-escribiría en sus memorias- la imagen de un gran misterio. Nuestras acciones,
aun las más pequeñas, mientras no se salgan del foco del amor, la Santísima Trinidad,
figurada por los tres cristales convergentes, da sobre ellas un reflejo y una
belleza admirables… Pero, si salimos de ese centro inefable del amor, ¿qué
queda? Briznas de paja… La vocación nos introduce en la óptica del amor, en una
nueva perspectiva que llena de color y de atractivo lo más ordinario. La
vocación es una luz de Dios que nos ayuda a ver de modo concreto, hoy y ahora,
personalmente, lo que Dios quiere de nosotros. La vocación no es, simplemente,
una idea que nos inspira, sino una determinación clara de la voluntad de Dios
para nosotros. Dios quiere de nosotros algo grande y lo hará, si no ponemos
obstáculos.
—Pero si la luz es de Dios, y todo depende de que
se encienda esa luz, no hay nada que hacer por nuestra parte, salvo esperar a
verla.
Santo Tomás de
Aquino ponía una interesante comparación. Dios es como la luz del sol, y
nosotros estamos dentro de una habitación en la que, si abrimos la ventana,
Dios nos inunda con su luz y tenemos claridad. La luz solar que entra en la habitación
no es efecto solo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol. Es
Dios quien actúa, pero es preciso que nosotros lo facilitemos, que no cerremos
la ventana, que no lo impidamos.
—¿Y si uno se siente con dudas de si será capaz de
mantener dignamente ese diálogo con el Señor que es la vocación?
Lo importante
es que cada uno estemos firmemente decididos a ser fieles a lo que Dios nos
pida. Luego, ya Dios suple nuestra debilidad. Así lo contaba Lázaro Linares, al
narrar la historia de su vocación, cuando, un día de abril de 1955, expuso esas
dudas al director del centro donde deseaba pedir la admisión en el Opus Dei. El
director le escuchó con atención, se aseguró de la claridad con que se había
planteado dar ese paso y, finalmente, le preguntó acerca de aquella duda: Lázaro…
¿tú crees que podrías perseverar un día? Hombre, sí; un día, sí, le contestó.
¿Y una semana? Sí, una semana pienso que también. ¿Y un mes? Hombre, un mes
puede ser muy largo, pero supongo que también. Entonces -concluyó-, si eres
capaz de perseverar un mes, eres capaz de perseverar toda la vida.
Había en todo
aquello, aparentemente simple, mucha profundidad y mucha sabiduría. Dios nos da
en cada momento la gracia necesaria para ser fieles. Cada día tiene su propio
afán y su propia gracia de Dios. Si no hay ningún obstáculo para vivir el día a
día, no tiene por qué haberlos después. Se trata de mantener la palabra dada a
Dios, de mantener vivo ese diálogo personal con el Señor, pues ese diálogo nos
hace ser receptivos a sus requerimientos.
Me recuerda lo
que sucedió a San Enrique, príncipe heredero de Baviera. A la muerte de su
padre, en el año 995, Enrique ocupó el trono con solo veintidós años. Era uno
de los príncipes más instruidos de su tiempo y su fama de buen gobernante se
difundió enseguida por toda Baviera, ganándose la simpatía de sus súbditos.
Había tenido como maestro a San Wolfgang, que le dio una esmerada educación
cristiana. Al poco de morir su maestro, tuvo Enrique un sueño, la noche del 1
de enero del año 996. En el sueño, San Wolfgang escribía en una pared esta
frase: Después de seis. Enrique se imaginó que, por medio de ese sueño, le
avisaba de que dentro de seis días iba a morir, y se dedicó con todo empeño a
prepararse para ese momento. Pero pasaron los seis días y no murió. Entonces,
pensó que serían seis meses, y procuró obrar en todo momento con ese mismo
pensamiento. Pero a los seis meses tampoco murió. Concluyó entonces que el
plazo era de seis años, y durante ese tiempo siguió actuando, en su vida
personal y en el gobierno de su reino, con la idea de que el tiempo que Dios le
concedía era ese. Pero, a los seis años, justo el 1 de enero de 1002, lo que le
llegó no fue la muerte, sino su proclamación como Emperador de Alemania. Los
seis años de preparación para el encuentro definitivo con Dios fueron la mejor
preparación para su misión en tan alto cargo, en el que estuvo hasta que
falleció en el año 1024. Fue un gobernante santo y prestó grandísimos servicios
a la evangelización de Europa. Sin duda, aquel sueño le fue de gran ayuda. A
nosotros también puede ayudarnos la idea de poner empeño en ser fieles a la
llamada de Dios pensando que el tiempo que tenemos por delante es corto, pues,
si somos fieles ahora, estaremos bien preparados para serlo siempre.
—¿Y crees que es especialmente difícil ser fiel al
celibato en la sociedad de hoy?
Juan Pablo II
decía que, para vivir el celibato de modo maduro y sereno, es particularmente
importante desarrollar profundamente en uno mismo la imagen de la mujer como
hermana o del varón como hermano. En Cristo, hombres y mujeres son hermanos y
hermanas, independientemente de los vínculos de la sangre. Se trata de un
vínculo universal, gracias al cual, el célibe puede abrirse a cada ambiente
nuevo, hasta el más diverso, con la conciencia del deber de ejercer en favor de
los hombres y de las mujeres a quienes es enviado una auténtica paternidad
espiritual, que le concede hijos e hijas en el Señor.
Y ponderaba de
modo especial la figura del celibato femenino, de esa entrañable figura de la
mujer-hermana, de tan notable importancia en nuestra civilización cristiana,
donde innumerables mujeres se han hecho hermanas de todos, gracias a la actitud
típica que ellas han tomado con el prójimo, especialmente con el más
necesitado. Una hermana es garantía de gratuidad: en la escuela, en el
hospital, en la cárcel y en otros sectores de los servicios sociales. Cuando
una mujer permanece soltera, con su entrega como hermana mediante el compromiso
apostólico o la generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar
maternidad espiritual. Esta entrega desinteresada de fraterna femineidad
ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es
capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el
bien ofrecido gratuitamente.
El celibato
siempre ha sido un testimonio necesario. Cuando Cristo afirmó que el hombre
puede permanecer célibe por el Reino de Dios -continúa Juan Pablo II-, los
Apóstoles quedaron perplejos (cfr. Mt. 19,10-12).
Un poco antes había declarado indisoluble el matrimonio, y ya esta verdad había
suscitado en ellos una reacción significativa: ‘Si tal es la condición del
hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse’. Como se ve, su reacción
iba en dirección opuesta a la lógica de fidelidad en la que se inspiraba Jesús.
Pero el Maestro aprovecha también esta incomprensión para introducir, en el
estrecho horizonte del modo de pensar de ellos, la perspectiva del celibato por
el Reino de Dios. Con esto trata de afirmar que el matrimonio tiene su propia
dignidad y santidad sacramental y que existe también otro camino para el
cristiano: camino que no es huida del matrimonio, sino elección consciente del
celibato por el Reino de los cielos.
El apóstol
Pablo, que vivía el celibato, escribe así en la Primera Carta a los Corintios:
‘Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de
Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra’ (1 Cor. 7,7). Para él no hay duda: tanto
el matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y
cultivar con cuidado. Subrayando la superioridad de la virginidad, de ningún
modo menosprecia el matrimonio. Ambos tienen un carisma específico; cada uno de
ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe
saber discernir en la propia vida. AA
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