Texto del Evangelio (Jn 5,12-16): Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre
cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó
diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó,
y dijo: «Quiero, queda limpio». Y al instante le desapareció la lepra. Y él le
ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: «Vete, muéstrate al sacerdote y
haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés para que les sirva de
testimonio». Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía
para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a los lugares
solitarios, donde oraba.
«Su fama se extendía cada vez más»
Comentario: Rev. D. Santi COLLELL i Aguirre (La
Garriga, Barcelona, España)
Hoy tenemos una gran
responsabilidad en hacer que «su fama» (Lc 5,15) continúe extendiéndose, sobre
todo, a todos aquellos y aquellas que no le conocen o que, por diversas razones
y circunstancias, se le han alejado.
Pero este contagio no
será posible si antes nosotros, cada uno y cada una, no hemos sido capaces de
reconocer nuestras propias “lepras” particulares y de acercarnos a Cristo
habiendo tomado conciencia de que sólo Él nos puede liberar de manera eficaz de
todos nuestros egoísmos, envidias, orgullos y rencores...
Que la fama de Cristo
se extienda a todos los rincones de nuestra sociedad depende, en gran medida,
de los “encuentros particulares” que hayamos tenido con Él. Cuanto más y más
intensamente nos impregnemos de su Evangelio, de su amor, de su capacidad de
escuchar, de acoger, de perdonar, de aceptar al otro (por diferente que sea),
más capaces seremos de darlo a conocer a nuestro entorno.
El leproso del
Evangelio que hoy se lee en la Eucaristía es alguien que ha hecho un doble
ejercicio de humildad. El de reconocer cuál es su mal y el de aceptar a Jesús
como a su Salvador. Cristo es quien nos da la oportunidad de hacer un cambio
radical y profundo en nuestra vida. Ante todo aquello que nos es impedimento
para el amor y que se ha enquistado en nuestros corazones y en nuestras vidas,
Cristo, con su testimonio de vida y de Vida Nueva, nos propone una alternativa
totalmente real y posible. La alternativa del amor, de la ternura, de la
misericordia. Jesús, ante quien es diferente a Él (el leproso) no huye, no se
lo saca de encima, no lo “factura” a la administración, ni a las instituciones
o a las “ong's”. Cristo acepta el reto del encuentro, y al “enfermo” le ofrece
aquello que necesita, la curación/purificación.
Nosotros tenemos que
ser capaces de ofrecer a los que se acercan a nuestras vidas aquello que hemos
recibido del Señor. Pero antes será necesario habernos encontrado con Él y
renovar nuestro compromiso de vivir su Evangelio en las pequeñas cosas de cada
día.
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