Son muchas las personas que no conocen la felicidad ni la alegría de la
amistad. No se debe a que carezcan de amigos o amigas. Lo que sucede es que no
saben vivir amistosamente.
Son hombres y mujeres que sólo buscan su propio interés y bienestar.
Jamás han pensado hacer con su vida algo que merezca la pena para los demás.
Sólo se dedican a «sentirse bien». Todo lo demás es perder el tiempo.
Se creen muy «humanos». Al sexo practicado sin compromiso alguno lo
llaman «amor». La relación interesada es «amistad».
En realidad viven sin vincularse a fondo con nadie, atrapados por un
individualismo atroz. En todo momento buscan lo que les apetece. No conocen
otros ideales. Nada es bueno ni malo, todo depende de si sirve o no a los
propios intereses. No hay más convicciones ni fidelidades.
En estas vidas puede haber bienestar, pero no dicha. Estas personas
pueden conocer el placer, pero no la alegría interior. Pueden experimentarlo
absolutamente todo menos la apertura amistosa hacia los demás. Sólo saben vivir
alrededor de sí mismos. Para ser más humanos necesitarían aprender a vivir
amistosamente.
La verdadera amistad significa relación desinteresada afecto, atención
al otro, dedicación. Algo que va más allá de las «amistades de negocios» o de
los contactos eróticos de puro pasatiempo.
Al afecto y la atención al otro se une la fidelidad. Uno puede confiar
en el amigo, pues el verdadero amigo sigue siéndolo incluso en la desgracia y
en la culpa. El amigo ofrece seguridad y acogida. Vive haciendo más humana y
llevadera la vida de los demás. Es precisamente así como se siente a gusto con
los otros.
Se ha dicho que una de las tareas pendientes del hombre moderno es
aprender esta amistad, purificada de falsos romanticismos y tejida de cuidado,
atención y servicio afectuoso al otro.
Una amistad que debería estar en la raíz de la convivencia familiar y de
la pareja, y que debería dar contenido más humano a todas las relaciones
sociales.
Celebramos hoy la fiesta cristiana de la familia de Nazaret. Históricamente
poco sabemos de la vida familiar de María, José y Jesús. En aquel hogar
convivieron Jesús, el hombre en el que se encarnaba la amistad de Dios a todo
ser humano, y María y José, aquellos esposos que supieron acogerlo como hijo
con fe y amor.
Esa familia sigue siendo para los creyentes estímulo y modelo de una
vida familiar enraizada en el amor y la amistad. JAP
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