La
ensayista Christine Miserandino se hizo famosa en 2003 por su teoría de
las cucharas. Miserandino padece lupus, fibromialgia y dolor crónico, es decir,
su cuerpo, y su cabeza, están en una batalla constante. A la pregunta de una
amiga de cómo era vivir con la enfermedad, ella agarró las cucharas de la mesa
donde estaban, y explicó que cada tarea que hacía cada día, aunque fuera tan
sencilla como maquillarse o limpiar la casa, consumía una cuchara.
Las
cucharas representaban su energía, tanto mental como física. Al cabo del día,
si solo le quedaba una cuchara disponible, tenía que tomar decisiones
difíciles: por ejemplo, hacer la comida o comer, pero no las dos cosas. La
teoría se ha usado también para explicar la situación de personas que sufren
enfermedades mentales o discriminación, para mostrar la carga adicional que a
menudo tienen que soportar en su día a día.
Pensar
consume energía, y no en el sentido espiritual, sino de forma muy tangible.
Aunque solo representa el 2% del peso del cuerpo, el cerebro consume el 20% de
las calorías del cuerpo humano en reposo. Sin embargo, los experimentos han
comprobado que esta energía no varía por pensar con más intensidad. No hay
diferencia significativa entre la energía que nuestra cabeza consume cuando
estamos profundamente dormidos o cuando estamos resolviendo un difícil problema
matemático, y darle más glucosa a la gente no les hace pensar mejor.
Sin
embargo, para que las neuronas se comuniquen unas con otras (en eso consiste
pensar) hacen falta unos compuestos químicos especiales llamados
neurotransmisores, y se ha podido comprobar que, a veces, no hay suficientes.
La teoría de Miserandino se correspondería entonces con un fenómeno neurológico
llamado agotamiento de neurotransmisores.
Las
neuronas pasan mensajes de unas a otras usando mensajeros químicos llamados
neurotransmisores. Muchos son bien conocidos, como la serotonina, la dopamina o
la adrenalina. Esto se debe sobre todo a que en las últimas décadas se había
observado que determinados trastornos mentales estaban asociados a cantidades
anormales de neurotransmisores, o demasiado o demasiado poco.
Así
hace años se formuló la teoría del “desequilibrio químico” para explicar las
enfermedades mentales, una teoría de la que aún se habla. La depresión era una
falta de serotonina, el trastorno bipolar una falta o exceso de dopamina, y la
ansiedad una deficiencia de GABA, el neurotransmisor de la tranquilidad. Sin
embargo hoy en día esta explicación se considera superada.
Por
ejemplo, se ha visto que los antidepresivos del tipo ISRS hacen aumentar los
niveles de serotonina inmediatamente, pero los pacientes tardan semanas o meses
en mejorar. Esto quiere decir que es posible tener la serotonina alta y
estar deprimidos. Por otro lado, el medicamento para la tensión reserpina hace
descender los niveles de serotonina, pero no está tan claro que eso sea causa
de depresión, al contrario, puede resultar calmante, y uno de sus primeros usos
fue como antidepresivo.
La
falta de un neurotransmisor no es una explicación suficiente de por qué aparece
un trastorno mental. Entran muchos otros factores, como las experiencias y
traumas personales, el uso de alcohol, otras drogas y medicamentos, la genética
y la historia familiar, y el entorno en que nos encontramos.
En
definitiva, aunque en los trastornos se encuentran desequilibrios de
neurotransmisores, estos desequilibrios no son necesariamente la causa del
trastorno, y pueden ser un síntoma. Dicho esto, si nuestras neuronas no pueden
fabricar los neurotransmisores que necesitan, tenemos un problema.
Muchos
neurotransmisores se sintetizan en las neuronas a partir de aminoácidos,
moléculas sencillas que obtenemos a partir de las proteínas de la dieta. Una
dieta deficiente nos puede dejar sin materia prima para fabricar
neurotransmisores. En experimentos con ratones de avanzada edad, una dieta
muy baja en proteínas bastó para afectar a su memoria y capacidad mental.
En otro experimento se dio una dieta muy baja en triptófano, una proteína
presente en grandes cantidades en la carne y la leche, a personas que se habían
curado de depresión. La falta de triptófano en la dieta provocó que
cayeran otra vez en la depresión, pero sin embargo no afectó al estado de ánimo
de personas sanas, lo que indica que hay otros factores implicados.
El
estrés crónico puede agotar los neurotransmisores más rápido de lo que podemos
producirlos, en concreto la noradrenalina, dopamina y serotonina. En un
estudio con trabajadores sanitarios con el síndrome “burnout” (estar quemados
en el trabajo) se comprobó que sus niveles de neurotransmisores estaban
por debajo de lo esperado, lo que según los investigadores podría tener efectos
sobre su estado mental. La falta de sueño también afecta a la correcta
recepción de los neurotransmisores, es decir, que aunque haya suficientes,
puedan llegar a su destino, aunque el mecanismo exacto aún no se conoce.
El
estrés físico también afecta. La falta de oxígeno afecta temporalmente a
los niveles de diferentes neurotransmisores y entorpece su síntesis (pero
no, usar la mascarilla no provoca falta de oxígeno). Se ha visto que
la suplementación con tirosina, un aminoácido que es el precursor de la
adrenalina, ayuda a mejorar los niveles de neurotransmisores agotados por el
estrés mental o físico. La tirosina es un aminoácido que está presente en el
queso, la soja, la carne, el pescado y los frutos secos. Al revés, si falta
tirosina y fenilalanina (su precursor) en la dieta, se agota la
dopamina.
La vitamina
D regula la producción de serotonina. Su falta está relacionada con una gran
cantidad de trastornos mentales, desde el autismo hasta el déficit de atención,
cuyos síntomas mejoran con suplementos de vitamina D. Además, las
vitaminas, especialmente las B, C y E, y los minerales como selenio, zinc,
magnesio y otros son necesarios para la fabricación y regulación de
neurotransmisores en el cerebro.
Los
ácidos grasos Omega-3 presentes en el aceite de pescado, son imprescindibles
para el funcionamiento de la serotonina. El ácido graso EPA regula la
liberación de serotonina y el DHA su recepción. La falta de estos ácidos grasos
está asociada a todo tipo de trastornos neurológicos, incluyendo la depresión,
esquizofrenia y el trastorno bipolar.
Por
último, las bacterias intestinales son las principales productoras de
neurotransmisores en el organismo, incluyendo la serotonina (de la que fabrican
el 95%) la dopamina, acetilcolina, la noradrenalina y GABA, entre otros.
La alteración de la microbiota provoca una alteración en los niveles de
neurotransmisores, algo especialmente importante cuando tomamos antibióticos,
que arrasan con las poblaciones de bacterias de nuestro intestino. Se ha podido
comprobar que el uso de antibióticos está asociado a las alteraciones del
sueño y que el uso de antibióticos en la infancia aumenta el riesgo
de enfermedades mentales.
Aunque
en los trastornos mentales intervienen muchos factores, hay varias medidas que
podemos tomar para que, al menos en lo básico, nuestro organismo tenga lo
necesario para que no falten neurotransmisores: DP
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