Texto del Evangelio (Lc 4,14-22): En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea por la fuerza del
Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus
sinagogas, alabado por todos.
Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su
costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la
lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el
volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está
sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha
enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para
dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se
sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a
decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy». Y todos
daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que
salían de su boca.
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido»
Comentario: Rev. D. Llucià POU i
Sabater (Granada, España)
Hoy recordamos que
«quien ama Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,21). ¿Cómo podríamos amar a
Dios a quien no vemos, si no amamos a quien vemos, imagen de Dios? Después que
san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú lo sabes todo, tú
sabes que te amo» (Jn 21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos
pregunta Jesús: «¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes
todo, Señor, tú sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a
demostrártelo, ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de
verdad a los otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».
La vocación del hombre
es el amor, es vocación a darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar
así la propia felicidad. Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos
juzgados en el amor». Vale la pena que nos preguntemos al final de la jornada,
cada día, en un breve examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y
puntualizar algún aspecto a mejorar para el día siguiente.
«El Espíritu del Señor
está sobre mí» (Lc 4,18), dirá Jesús, haciendo suyo este texto mesiánico. Es el
Espíritu del Amor que así como hizo del Mesías el «ungido para llevar la buena
nueva a los pobres» (cf. Lc 4,18), también “reposa” encima nuestro y nos
conduce hacia el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los
fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará
como hizo con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción,
otorgándonos sus frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del
Espíritu es: caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario