Cada día nacen
miles de hijos. En hospitales o en el propio hogar, con atenciones médicas o
sin ellas, acogidos por unos padres que gozan de una buena situación económica
o en medio de la pobreza.
Al ver tantas
diferencias en ese momento del parto, incluso antes del mismo, hay quienes
piensan que algunas existencias humanas son menos dignas, como si hubiera hijos
que no deberían haber nacido.
Este modo de
pensar surge desde mentalidades que establecen diferencias de “calidad” entre
los seres humanos. Aquellos que son concebidos y acogidos en condiciones
buenas, merecen ser respetados. Quienes inician a existir en situaciones
difíciles y entre el rechazo de algunos adultos, no son dignos de respeto.
Pensar así
implica adoptar una visión discriminatoria. Con el uso de una serie de
parámetros, los hijos quedan clasificados en dos grupos: los que superan un
test de calidad y de condiciones suficientes para nacer, y los que no. Los
primeros serán ayudados y promovidos. Los segundos, si nadie lo remedia, serán
marginados, o incluso abortados, bajo pretextos de todo tipo.
Sólo cuando
superamos modos de pensar que discriminan, sólo cuando miramos a cada ser
humano en su singularidad, seremos capaces de reconocer que la dignidad no
depende ni de circunstancias externas, ni de los deseos de los adultos, ni de
leyes que permiten el aborto bajo ciertas condiciones.
Un hijo vale
simplemente por ser hijo, aunque tenga defectos genéticos, aunque haya iniciado
su existencia en condiciones muy difíciles, aunque a su alrededor haya
estallado una guerra, aunque existan ideólogos que desprecian a aquellos seres
humanos que no tengan una determinada raza, o un sexo concreto, o unos niveles
de “perfección” más o menos arbitrarios.
Las sociedades
y los pueblos empiezan a ser justos cuando dejan de despreciar a algunos seres
humanos por considerarlos “menos dignos”, y cuando promueven el respeto hacia
todos, también hacia los más débiles, los más frágiles, los más necesitados.
Ese es uno de
los mensajes que han ofrecido al mundo los últimos papas (san Juan Pablo II,
Benedicto XVI y Francisco) y que puede llegar a todos los corazones. A quienes
creen, porque la dignidad humana nos pone en relación directa con Dios. Y a
quienes, sin fe, buscan la verdad y la justicia, porque reconocerán la
importancia de respetar a todos, especialmente a los más pequeños e indefensos
entre los seres humanos. FP
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