Dios llama. Ayer, hoy, y mañana. Hombres y mujeres se
consagran. Sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos que dan un sí para
siempre, sin condiciones. El mundo es distinto con cada respuesta, con cada
entrega. Hay hombres y mujeres que quieren amar más, que reflejan, con su vida,
que Dios es fiel, que Dios nos quiere con locura.
Cada vocación es un misterio. Dios sonríe y espera un sí
libre, sincero. Quiere que le amemos, que le demos lo que somos, sin límites,
sin condiciones. Quiere que seamos felices en sus manos, que confiemos, que
sigamos sus huellas, camino del Calvario, hacia un Sepulcro vacío que nos habla
de Vida y de Esperanza.
Dar un sí a Dios no es fácil si falta amor. Dios no subyuga
con la fuerza ni con amenazas. Su voz es suave, discreta, respetuosa. Invita y
calla, susurra y deja tiempo. Hay quien le sigue pronto, sin miedos, y hay
quien retrasa su respuesta, meses, años, para seguir planes vacíos, proyectos
huecos, fuera del sueño de un Dios bueno.
Cuando sopla el viento de la tarde, Dios espera. Quizá hoy un
joven piensa, reza, y mira al cielo. Busca al Dios que lo buscaba, sueña en la
voz que resonó un día dentro de su alma. Puede ser un momento decisivo. Puede
ser el inicio de una nueva vida.
Otros esperan, cerca o lejos, el sí de cada nueva vocación.
El silencio de la noche revela voces que rezan a Dios, como Cristo un día, para
pedir que envíe más obreros, pues la mies es mucha, la cosecha está ya lista,
el cielo tiene abiertas sus puertas con el triunfo de la Pascua.
No hay anuncio sin anunciadores. No hay salvación sin fe en
el mensaje. Un mensaje que es llevado a todo el mundo a través de mensajeros
frágiles y decididos, que escuchan la voz de Dios, en una tarde de silencios:
“Ven y sígueme”... FP
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